Opinión
Ciencia 2030: las raíces del futuro
“Las grandes transformaciones comienzan mucho antes de que podamos ver sus resultados. Ciencia 2030 ya sembró una nueva forma de entender la ciencia, la innovación y la formación universitaria. Hoy el verdadero desafío es que Chile tenga la convicción de permitir que esa transformación eche raíces.”
Cuando plantamos un árbol, nadie espera sentarse bajo su sombra al día siguiente. Sabemos que antes de ver ramas, hojas o frutos deben crecer raíces. Durante meses, e incluso años, puede parecer que ocurre muy poco. Sin embargo, es precisamente en ese período silencioso cuando el árbol construye los cimientos que le permitirán resistir el viento, crecer con fuerza y ofrecer sombra a las generaciones que vendrán.
Las universidades funcionan de la misma manera.
Vivimos en una época en que todo parece medirse por la inmediatez. Esperamos resultados rápidos, indicadores crecientes y cambios visibles en plazos cada vez más breves. Sin embargo, los cambios más profundos de una universidad no ocurren en el tiempo que dura un proyecto. Ocurren cuando evolucionan las formas de enseñar, cuando nuevas generaciones comienzan a pensar distinto, cuando la colaboración reemplaza al trabajo aislado y cuando la innovación deja de ser una actividad excepcional para convertirse en parte de la cultura institucional.
Con esa convicción nació hace algunos años la Convocatoria Ciencia e Innovación para el 2030. Su diagnóstico era tan claro como vigente: las Facultades de Ciencias desarrollaban investigación de excelencia, pero aún existía un amplio espacio para fortalecer la innovación, la transferencia tecnológica, el emprendimiento de base científico-tecnológica y la vinculación con los desafíos del país.
El propósito nunca fue producir más publicaciones. Fue lograr que el conocimiento generado en nuestras universidades pudiera traducirse con mayor rapidez en bienestar para las personas y en oportunidades para Chile.
La apuesta era tan ambiciosa como necesaria. Porque la innovación no nace por decreto. Se construye formando personas con nuevas competencias, generando vínculos con el sector productivo, promoviendo el trabajo interdisciplinario, fortaleciendo el liderazgo de las mujeres en investigación y creando espacios donde el conocimiento pueda convertirse en soluciones concretas para la sociedad.
Todo ello exige modificar currículos, abrir nuevas oportunidades para el estudiantado y el cuerpo académico y, sobre todo, construir una cultura universitaria donde la ciencia dialogue naturalmente con la innovación.
Los resultados comienzan a ser visibles. Hoy miles de estudiantes se forman en entornos donde innovar, emprender, proteger propiedad intelectual o colaborar con empresas e instituciones públicas deja de ser una excepción para convertirse en parte de su experiencia universitaria. Existen nuevas metodologías de enseñanza, programas de investigación aplicada, redes de colaboración entre universidades y múltiples iniciativas que están ampliando el impacto de la ciencia chilena.
Hace unos días participé en el Directorio Estratégico del Consorcio Science Up, junto a representantes de las tres universidades que impulsan esta iniciativa. Más allá de los indicadores y de los desafíos propios de toda política pública, hubo una convicción compartida: los cambios culturales más importantes ya comenzaron. Y precisamente por eso, este es el momento en que más necesitan consolidarse.
Ese es, probablemente, el mayor legado de Ciencia 2030. Una estudiante de física ya no imagina necesariamente su futuro solo en un laboratorio. Un estudiante de biología puede pensar también en crear una empresa de base científica-tecnológica. Una investigadora entiende que una patente, una colaboración con la industria o el desarrollo de una tecnología también forman parte de su contribución al país. La ciencia sigue siendo ciencia, pero ahora dialoga de manera natural con la innovación, el emprendimiento y las necesidades de la sociedad.
Y ese beneficio no queda encerrado entre los muros de una universidad. Cuando un hospital incorpora una tecnología desarrollada en Chile, cuando la minería reduce su impacto ambiental gracias a investigación nacional, cuando surge un emprendimiento científico que genera empleos de alta especialización o cuando una innovación contribuye a enfrentar la escasez hídrica, detrás de esos avances hay personas capaces de transformar conocimiento en soluciones.
Ciencia 2030 busca precisamente formar ese capital humano. Aunque muchas veces pase inadvertido para la ciudadanía, sus beneficios terminan llegando a toda la sociedad.
Es precisamente aquí donde surge una pregunta que trasciende a un programa específico: ¿Qué ocurre cuando una política pública comienza a producir los cambios para los cuales fue concebida, pero su financiamiento se acerca a su fin?
Chile ya enfrentó ese desafío con Ingeniería 2030. En ese momento comprendió que cambiar la cultura de las universidades requería algo más que una etapa de implementación. Por eso creó una etapa de consolidación, permitiendo que las capacidades instaladas dejaran de depender de un financiamiento extraordinario para convertirse en parte permanente de las instituciones.
Hoy Ciencia e Innovación para el 2030 enfrenta un desafío similar. En los próximos meses, el país deberá decidir si abre un concurso de consolidación que permita desarrollar una tercera etapa, asegurando que las capacidades construidas durante estos años se integren definitivamente a las universidades.
No se trata simplemente de extender un programa. Se trata de consolidar una política pública que ya comenzó a cambiar la manera en que Chile forma a las y los profesionales que liderarán la ciencia, la innovación y el desarrollo tecnológico durante las próximas décadas.
Las universidades no producen resultados inmediatos. Forman personas. Construyen capacidades. Generan confianza. Instalan nuevas formas de colaboración. Y todo eso requiere tiempo.
Con demasiada frecuencia discutimos cuánto cuesta financiar la ciencia. Mucho menos discutimos cuánto cuesta interrumpir políticas públicas que ya demostraron su capacidad para generar capacidades permanentes. Ese costo rara vez aparece en una planilla presupuestaria. Se expresa en redes que se debilitan, innovaciones curriculares que pierden impulso, equipos que se dispersan y oportunidades que dejan de existir precisamente cuando comienzan a madurar.
En otras palabras, el mayor riesgo no es dejar de financiar un proyecto; es desaprovechar una inversión pública cuyo mayor retorno probablemente aún está por venir.
Las raíces no aparecen en las fotografías. Permanecen ocultas, trabajando silenciosamente mientras el árbol comienza a crecer. Con las políticas públicas ocurre exactamente lo mismo. Su verdadero éxito no consiste en inaugurar proyectos, sino en construir capacidades que permanezcan mucho después de que el financiamiento haya terminado.
La discusión ya no es si Ciencia 2030 fue una buena idea. La evidencia muestra que comenzó a cambiar la manera en que nuestras universidades forman científicas y científicos. La verdadera discusión es si tendremos la visión para consolidar ese cambio mediante un concurso que permita desarrollar una tercera etapa, tal como ocurrió con Ingeniería 2030, o si dejaremos que una política pública concebida para transformar el futuro concluya precisamente cuando sus raíces comienzan a afirmarse.
Las raíces no necesitan discursos. Necesitan tiempo. Chile ya tomó la decisión más difícil: apostar por una nueva manera de hacer ciencia desde sus universidades. Ahora corresponde dar el siguiente paso y consolidar esa apuesta.
Porque los países que lideran el conocimiento no son aquellos que inician más proyectos, sino los que tienen la convicción de sostener las buenas políticas públicas hasta que den sus frutos.
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