Opinión
Oscar Guerrero/AgenciaUno
El día después de mañana: una victoria con diagnóstico incierto
Chile perdió algo más importante que un consenso económico. Perdió una teoría del desarrollo. Ese vacío explica el carácter crecientemente provinciano del debate nacional: discutimos con enorme intensidad los instrumentos del pasado mientras el resto del mundo reorganiza sus condiciones.
La aprobación de la megarreforma fue presentada como el inicio de un nuevo ciclo económico. El gobierno celebró una reforma destinada a recuperar la inversión; los gremios destacaron la mejora en la competitividad y la oposición concentró sus críticas en sus efectos fiscales y distributivos.
El debate terminó concentrándose en una sola pregunta: si la rebaja del impuesto corporativo, la invariabilidad tributaria y la simplificación regulatoria bastarán para devolver a Chile a la senda del crecimiento.
Mientras el Congreso discutía impuestos, permisología e incentivos a la inversión, las minutas del Banco Central y el último Informe de Política Monetaria insistían en otro problema: la persistente debilidad del crecimiento potencial y el estancamiento de la productividad.
La diferencia parece técnica, pero refleja dos diagnósticos distintos. La política parte del supuesto de que el crecimiento depende principalmente de atraer inversión, pero el Banco Central advierte que el desafío consiste en recuperar la capacidad de crecimiento de la economía.
La megarreforma aprobó también un diagnóstico: que recuperar la inversión basta para recuperar el crecimiento. Ese supuesto describió adecuadamente la economía de la hiperglobalización, pero resulta insuficiente para explicar la competencia económica actual.
No toda inversión transforma una economía de la misma manera. Algunas amplían la capacidad instalada; otras generan conocimiento, fortalecen proveedores, difunden innovación y elevan la productividad futura. El crecimiento de largo plazo depende menos del volumen de capital que recibe una economía que de las capacidades que ese capital consigue construir. En ese sentido, expresa una arquitectura generativa capaz de producir continuamente nuevas capacidades productivas, tecnológicas e institucionales.
La pregunta decisiva ya no es, por tanto, si la megarreforma atraerá inversión, sino qué tipo de inversión incentivará y qué capacidades permitirá desarrollar. Si ese diagnóstico resulta incompleto, la principal reforma económica del gobierno podría terminar obteniendo una victoria pírrica: mejorar las condiciones para invertir sin modificar las capacidades que sostienen el crecimiento de largo plazo.
La oposición perdió antes de votar
Si el gobierno ganó la votación de la megarreforma, la centroizquierda perdió algo bastante más importante: la capacidad de disputar el diagnóstico que organizó el debate económico.
Durante tres décadas gobernó con una explicación coherente sobre cómo crecer e insertarse en el mundo. Ese marco dio consistencia a las reformas, facilitó acuerdos amplios y acompañó uno de los períodos de mayor crecimiento de la historia reciente del país. El problema no fue que ese diagnóstico hubiera sido erróneo, sino no haber construido otro cuando dejó de explicar adecuadamente el mundo.
Desde entonces, la centroizquierda se refugió en la administración de ese legado y renunció a elaborar una estrategia alternativa. La discusión sobre la megarreforma lo confirmó. Respondió a la rebaja tributaria y a la invariabilidad, pero nunca formuló una explicación distinta sobre cómo recuperar el crecimiento de largo plazo. La estrategia fue reemplazada por la reacción y el desarrollo quedó reducido a una discusión sobre instrumentos.
Esa renuncia entregó al Gobierno su principal ventaja política. La mayor victoria de la megarreforma no fue aprobar una reforma tributaria, sino imponer el diagnóstico desde el cual terminó discutiéndose toda la política económica. La oposición objetó los mecanismos, pero aceptó implícitamente el marco conceptual del proyecto.
Cuando una fuerza política deja de producir pensamiento estratégico, termina discutiendo dentro del lenguaje de sus adversarios. Esa fue la verdadera derrota del Socialismo Democrático. No perdió solo una votación parlamentaria; perdió la iniciativa intelectual para definir el horizonte del desarrollo chileno.
El país que dejó de pensar el desarrollo
La principal consecuencia de la megarreforma no fue la aprobación de una rebaja tributaria ni la derrota circunstancial de la oposición. Fue dejar al descubierto una carencia más profunda: Chile dejó de pensar estratégicamente el desarrollo y terminó reduciendo esa discusión a una disputa permanente sobre instrumentos.
Cuando la explicación que había orientado el crecimiento durante décadas dejó de interpretar adecuadamente la economía mundial, nunca fue reemplazada. La política siguió discutiendo impuestos, regulación, subsidios o permisología como si todavía dispusiera de una estrategia compartida. El debate no perdió intensidad, perdió horizonte.
El resultado es un país que confunde la administración de incentivos con una estrategia de desarrollo. Mientras las economías más dinámicas reorganizan su competitividad alrededor del conocimiento, la tecnología y la construcción deliberada de capacidades, Chile continúa concentrado en perfeccionar instrumentos cuya eficacia depende precisamente de una estrategia que ya no posee.
Chile perdió algo más importante que un consenso económico. Perdió una teoría del desarrollo. Ese vacío explica el carácter crecientemente provinciano del debate nacional: discutimos con enorme intensidad los instrumentos del pasado mientras el resto del mundo reorganiza las condiciones que definirán la productividad y el poder económico de las próximas décadas.
Las economías no fracasan únicamente porque invierten poco. Fracasan cuando dejan de comprender cómo cambia el desarrollo. Ese es el verdadero problema económico de Chile.
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