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El sistema cuenta pacientes en listas de espera; el paciente, los días Opinión

El sistema cuenta pacientes en listas de espera; el paciente, los días

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Lo incómodo es que buena parte de esa brecha no es un problema clínico: es un problema de coordinación. No falta talento médico ni voluntad.


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Hace unos años atendí a una paciente que llevaba ocho meses esperando un control. Cuando por fin llegó, no venía por lo que la habíamos citado: en el intertanto había abandonado un tratamiento, se había automedicado y su cuadro era otro, más difícil y más caro de resolver. No falló el diagnóstico ni el equipo. Falló todo lo que pasó, o más bien, lo que no pasó entre una atención y la siguiente.

Cada invierno volvemos a la misma conversación. Las listas de espera reaparecen en los titulares, se anuncian planes de contingencia, se discuten cifras. Y la cifra importa: según el Ministerio de Salud, al cierre de 2024 más de 2,5 millones de personas esperaban una consulta de especialidad o una cirugía en el sistema público.

La espera promedio por una consulta bordea los 240 días; por una cirugía, casi 300. Y hay un número que debería incomodarnos más que ningún otro: solo en el período reportado, más de 17 mil personas murieron mientras figuraban en esa lista. Pero incluso esa foto, por dramática que sea, esconde un problema más silencioso: no medimos lo que ocurre en los espacios entre atenciones, que es justo donde la salud de una persona se gana o se pierde.

El sistema público y privado está diseñado para administrar eventos. La consulta, el examen, el procedimiento, el control: cada uno tiene su agenda, su código de prestación, su responsable. Pero el paciente no vive eventos aislados; vive un recorrido. Decide pedir ayuda, intenta contactar al centro, consigue una hora, asiste o no asiste, recibe indicaciones que olvida a medias, se hace exámenes, debería volver. Y entre cada uno de esos hitos hay un vacío que no le pertenece a nadie.

Los datos internacionales son elocuentes sobre el costo de ese vacío. La adherencia a los tratamientos crónicos de largo plazo no supera el 50%, según la Organización Mundial de la Salud. La inasistencia a citas ambulatorias promedia cerca de un 23% en la literatura revisada, con un costo directo estimado en casi 200 dólares por hora perdida. Y sabemos, desde hace décadas, que los pacientes olvidan entre el 40% y el 80% de la información médica que reciben de forma verbal.

Ninguno de esos números aparece en una lista de espera. Pero cada uno representa a alguien que se descompensó, que no volvió, o que volvió peor.

Lo incómodo es que buena parte de esa brecha no es un problema clínico: es un problema de coordinación. No falta talento médico ni voluntad. Falta una capa que se haga cargo de lo rutinario y sistemático: recordar el control, confirmar la hora, preguntar cómo siguió el paciente después del alta, detectar a tiempo al que dejó el tratamiento para que el equipo clínico pueda concentrarse en lo que sí requiere criterio humano.

Hoy esa tarea, cuando se hace, recae en alguien que llama a mano entre atención y atención, o simplemente no se hace.

Aquí es donde la tecnología puede aportar, y conviene decirlo con precisión, porque el entusiasmo con la inteligencia artificial en salud suele adelantarse a la evidencia. La IA no va a diagnosticar por nosotros ni debería. Pero es muy buena en lo que a los equipos les consume horas y no aporta valor: contactar de forma sistemática, a la hora correcta, por el canal que la gente efectivamente usa en Chile, WhatsApp y escalar al profesional cuando aparece una señal de alarma. Acompañar entre consultas, no reemplazar la consulta. La regla debería ser simple: que toda decisión clínica siga siendo de una persona, y que la tecnología amplíe la vigilancia, no la sustituya.

Nada de esto exige refundar el sistema. Exige mirar donde no estamos mirando. Podemos seguir contando pacientes en lista un número que crece y encoge según el titular del mes o podemos empezar a hacernos cargo de los días que ese paciente pasa solo, esperando, olvidando indicaciones, decidiendo en silencio si vuelve o no.

Porque el sistema cuenta pacientes en lista. El paciente, mientras tanto, cuenta los días.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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