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La ciudad cambió, las barreras también: los scooter Opinión

La ciudad cambió, las barreras también: los scooter

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José Ignacio Cuadra Verdejo
Por : José Ignacio Cuadra Verdejo Periodista, consultor en comunicación estratégica e inclusión laboral.
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Cada vez que una innovación llega a nuestras ciudades solemos preguntarnos cuántas personas la utilizarán. Tal vez también deberíamos preguntarnos a quiénes podría dejar fuera si no pensamos su implementación desde la accesibilidad.


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En los años noventa y a comienzos de los 2000, quienes vivimos con discapacidad visual convivíamos con un enemigo silencioso: las cabinas de los teléfonos públicos.

El bastón blanco permite detectar aquello que está a ras de suelo gracias a su movimiento de lado a lado, pero no los obstáculos que aparecen a media altura. Más de una vez terminé golpeándome con una cabina que surgía inesperadamente en medio de la vereda.

Durante años estas cabinas telefónicas fueron uno de los mayores riesgos para quienes usamos bastón blanco. Desaparecieron gracias a la masificación de la telefonía móvil y creímos que la ciudad había aprendido. No fue así. Las barreras no desaparecen; simplemente cambian de forma. Hoy tienen batería, aplicación móvil y dos ruedas.

Cuando el enemigo cambia de forma: los scooters

Los scooters representan un avance en materia de movilidad. Ofrecen una alternativa de transporte más eficiente para recorridos cortos y forman parte de la transición hacia ciudades menos contaminantes. El problema no es su existencia. El problema aparece cuando una innovación pensada para facilitar el desplazamiento de unos termina dificultando el de otros.

Basta recorrer cualquier comuna para encontrar scooters atravesando veredas, apoyados sobre el pavimento podotáctil, bloqueando rebajes o instalados justo en medio del espacio destinado al tránsito peatonal. Para muchas personas esa puede parecer una simple molestia. Para quienes utilizamos bastón blanco, silla de ruedas, andador, muletas o empujamos un coche de bebé, puede convertirse en un riesgo concreto.

La legislación chilena reconoce a los scooters eléctricos dentro de la categoría de ciclos y establece normas para su circulación. Sin embargo, todavía existen desafíos respecto del uso que se hace del espacio público una vez finalizado el viaje. Más allá de las responsabilidades que puedan recaer sobre los usuarios o las empresas que operan estos sistemas, la realidad demuestra que el problema continúa presente en muchas ciudades.

Esta discusión tampoco debería reducirse únicamente a las sanciones. Siempre será posible aumentar las multas o fortalecer la fiscalización, pero ninguna norma alcanzará a reemplazar algo mucho más importante: la conciencia de que compartimos un mismo espacio. Las ciudades funcionan cuando entendemos que nuestra libertad de movernos termina donde comienza el derecho de otra persona a hacerlo con seguridad.

Con frecuencia hablamos de accesibilidad como si dependiera exclusivamente de grandes inversiones, nuevas leyes o complejos proyectos urbanos. Sin duda, esas transformaciones siguen siendo necesarias. Pero la experiencia cotidiana demuestra que muchas veces la diferencia entre una ciudad accesible y una ciudad excluyente depende de decisiones mucho más simples.

Dejar un scooter en medio de una vereda puede significar apenas unos segundos para quien termina su recorrido. Para otra persona puede implicar desviarse hacia la calle, perder la referencia del recorrido, enfrentar un accidente o simplemente renunciar a transitar de manera autónoma. Esa diferencia rara vez la percibe quien no ha tenido que vivirla.

Quizás el mayor desafío de las ciudades del futuro no sea únicamente incorporar nuevas tecnologías o promover formas de transporte más sostenibles. El verdadero desafío consiste en lograr que cada innovación considere, desde su diseño y también desde su uso cotidiano, la diversidad de personas que habitan esos mismos espacios.

Cada vez que una innovación llega a nuestras ciudades solemos preguntarnos cuántas personas la utilizarán. Tal vez también deberíamos preguntarnos a quiénes podría dejar fuera si no pensamos su implementación desde la accesibilidad.

Una ciudad verdaderamente inclusiva no es aquella donde las personas aprenden a sortear obstáculos permanentemente. Es aquella donde, entre todos, dejamos de crear barreras que nunca debieron existir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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