Opinión
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El poder ya no está donde creemos
La ventaja, cada vez más exponencial, comienza a pertenecer a quienes controlan los datos, las plataformas, los modelos de inteligencia artificial, los sistemas de recomendación y las infraestructuras digitales que organizan nuestra atención cotidiana.
Esta columna nace a partir de mi lectura de la columna ensayística de Gerardo Muñoz, titulada ¿Por qué Nelly Richard le teme a la infrapolítica? En este texto, Muñoz analiza, problemáticamente, el libro “Tiempos y Modos”, publicado en el 2024 de Nelly Richard. Al terminar de revisar ambas posiciones, siento -reflexivamente- de que uno y otra permanecen dentro de un supuesto que hoy debiese revisarse, pues ambxs insisten (y muchos activistas, teóricos, intelectuales, etc.), en que el contexto de mundo “decisivo” sigue siendo la política (esto, histórico-coyunturalmente, a mi pesar por el momento).
Richard mencionaría que la infrapolítica corre el riesgo de ser, o convertirse, en un exclusivo ejercicio intelectual sin capacidad de intervención en las urgencias de la realidad. Muñoz responde que el problema consiste, precisamente, en haber convertido toda experiencia en política institucional, subordinando, incluso el pensamiento y el lenguaje, a la representación y la hegemonía. Sin embargo, Richard también defiende que la crítica cultural conserva eficacia cuando mantiene vínculos con las prácticas de transformación social.
Ambos tienen razón. Y, al mismo tiempo, quizás, ambos se presentan tarde.
Durante siglos se ha creído que la pregunta base era quién gobernaba. Para Platón eran los filósofos, para Hobbes, el soberano, Rousseau, el pueblo, Marx, la clase trabajadora, Gramsci, quien lograra construir hegemonía. Hoy, en pleno siglo XXI, estamos conminados a preguntarnos sobre qué tecnologías hacen posible aquello que llamamos gobierno y poder.
La guerra cultural suele entenderse como un enfrentamiento entre izquierdas y derechas, progresistas y conservadores, nacionalistas y cosmopolitas. Esto hoy, claramente, es insuficiente, pues hace confundir los contenidos con la infraestructura que hace posibles esos contenidos. Un ejemplo es lo que ocurre en Internet, donde todos/as observamos la pantalla, e “interactuamos” con la interfaz, pero muy pocas personas piensa en los servidores de base que la hacen posible. De manera simple, puedo mencionar que, mientras discutimos discursos, otrxs diseñan las plataformas donde esos discursos circulan. Mientras debatimos programas políticos, otrxs programan los algoritmos que decidirán cuáles de esos programas serán visto por millones de personas, y en que segmentaciones. Mientras analizamos y discutimos sobre los liderazgos, la economía de la atención ya reorganizó las condiciones mismas bajo las cuales prestamos atención -o no- a un liderazgo.
La guerra cultural tiene esa estructura, donde ya no vence quien tiene mejores ideas ni quien propone el programa político más plausible. La ventaja, cada vez más exponencial, comienza a pertenecer a quienes controlan los datos, las plataformas, los modelos de inteligencia artificial, los sistemas de recomendación y las infraestructuras digitales que organizan nuestra atención cotidiana. Es por eso que, por ejemplo, las disputas entre Estados Unidos y China ya no se dan, únicamente, alrededor de aranceles o territorios. La competencia por los semiconductores, la inteligencia artificial, los datos, las plataformas digitales y la computación cuántica nos muestra que la economía dejó de ser exclusiva en la producción de mercancías, para dirigirse hacia la producción de las condiciones mismas del conocimiento.
Stiegler ya había mencionado que el capitalismo había comenzado a industrializar la atención. Antes, Simondon nos hizo comprender que la técnica es un proceso que participa en la formación de los sujetos. Flusser de-mostró que los aparatos técnicos/lógicos terminan enseñándonos nuevas maneras de pensar, y Hui nos presentó el hecho de que toda tecnología incorpora una cosmología, es decir, una determinada forma de ordenar el mundo antes, incluso, de que aparezcan nuestras decisiones políticas. Desde estas últimas perspectivas, la diferencia entre Richard y Muñoz nos hace ver que el problema ya no consistiría, solamente, en decidir si la política debe recuperar centralidad o si conviene abrir un espacio infrapolítico para el pensamiento. La pregunta de base sería anterior, sobre qué infraestructura técnica produce hoy aquello que todavía seguimos llamando política.
Quizás la hegemonía no desapareció, sino que migró, y comienza mucho antes de construir instituciones y consensos mediante instituciones, ideologías o partidos y se desarrolla en donde se configuran los dispositivos que administran la atención, producen subjetividad, seleccionan la información disponible y delimitan el horizonte de lo imaginable. Gramsci pensó el intelectual orgánico como una figura capaz de organizar culturalmente a una sociedad. No podía imaginar que, un siglo después, parte de esa función sería desempeñada por sistemas algorítmicos capaces de anticipar comportamientos, orientar deseos y modelar percepciones a escala planetaria.
La guerra cultural continúa, pero las “batallas decisivas” ya no se dan solo en las ideas ni en las instituciones, sino que se libran en las infraestructuras técnicas que organizan la atención, producen las memorias y deslindan la proyección sobre lo imaginable El poder (político, en sus diversidades de amplitud o reducción) más eficaz es el que decide, técnica y “silenciosamente”, qué verdades podrán siquiera llegar a existir, e incluso ser reales.
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