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La traidora que dijo la verdad Opinión

La traidora que dijo la verdad

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Jorge Sepúlveda Haugen
Por : Jorge Sepúlveda Haugen Ingeniero. Patagonia, Puerto Aysén, Chile
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Sedini hizo autocrítica, “me dejé amarrar”, dijo y esa honestidad vale más que cien declaraciones de principios. Reconoció el costo de haberse sometido y decidió no seguir pagándolo.


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Hay palabras que funcionan como cerraduras. “Traición” es una de ellas: se pronuncia y la conversación se clausura, el mensajero queda ejecutado y el mensaje, enterrado. Eso acaba de ocurrir con Mara Sedini.

La exministra relató, con nombre propio y voz serena, lo que cualquiera que haya rozado el poder reconoce de inmediato: la maquinaria de domesticación que opera dentro de los gobiernos. 

Le ordenaron ser “fome”. Le ordenaron no contestar. Le sugirieron que, como actriz, actuara. Y cuando se negó a entregar un cargo público exigido por alguien ajeno al gobierno, recibió la amenaza sin eufemismos: «salgo a destruirte en los medios». Nada de esto es anécdota. Es doctrina. Una doctrina no escrita que convierte a los ministros en piezas mudas y a los cargos públicos en moneda de canje.

Lo revelador no es solo lo que Sedini contó, sino la reacción que provocó. Nadie desmintió los hechos. Nadie exigió investigar quién condiciona nombramientos desde fuera del Ejecutivo. La respuesta fue otra: una diputada la acusó de traicionar a la patria y reclamó “silencio y lealtad eterna”. Léase con atención esa frase, porque es la confesión involuntaria de todo un sistema: las situaciones de Estado, dice, merecen silencio. Es decir, el abuso, la presión y la amenaza —cuando ocurren adentro— no se denuncian: se sepultan bajo el orgullo del cargo.

Ahí está la inversión que esta columna se niega a aceptar. Traición no es contar lo que pasó. Traición es amenazar a una ministra por no entregar un puesto público. Traición es exigirle a una autoridad que actúe un personaje en lugar de servir a un país. Traición es construir gobiernos donde la primera regla es callar. Quien confunde la lealtad al Estado con la lealtad a las trastiendas del poder no defiende la patria: defiende el patio trasero.

Sedini hizo autocrítica, “me dejé amarrar”, dijo y esa honestidad vale más que cien declaraciones de principios. Reconoció el costo de haberse sometido y decidió no seguir pagándolo. Eso, en política chilena, es un acto de rareza casi estadística. Por eso incomoda a todos los bandos a la vez: porque no acusa a un color, acusa a una arquitectura. Y las arquitecturas no tienen militancia; tienen beneficiarios.

Lo que merece silencio eterno no son las víctimas de estas prácticas. Son las prácticas. Un país que llama traidora a la que habla y soldado ejemplar a la que calla está entrenando a sus autoridades para la obediencia, no para el servicio. Y un Estado servido por mudos es un Estado gobernado por quienes hablan en la sombra.

Mara Sedini no rompió una confianza. Rompió un pacto de omertá. Que la palabra “traición” haya sido la respuesta solo confirma cuánta verdad dijo.

La lealtad que exige silencio no es lealtad: es complicidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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