Opinión
Lo que la máquina no puede preguntarse
Incorporar las humanidades al debate sobre inteligencia artificial no es un gesto de nostalgia ni un contrapeso simbólico.
El rector Carlos Peña hace una advertencia que vale la pena tomarse en serio: sin humanidades, la ciencia no sabe lo que hace. No es un lamento de académicos desplazados. Es una observación sobre la ceguera que produce el conocimiento puramente técnico: sabe cómo, pero ignora para qué, y casi nunca pregunta a quién le cuesta.
Esa ceguera adquiere hoy una escala nueva. Los sistemas de inteligencia artificial no son herramientas en el sentido clásico —pasivas, neutras, esperando instrucciones—, son entornos. Configuran lo que se ve y lo que no se ve, qué preguntas parecen razonables y cuáles excéntricas, qué respuestas se reciben en segundos y cuáles requieren esfuerzo propio. Quien pasa el día dentro de ese entorno no sale igual. Y quien crece dentro de él, desde la infancia, es formado por él de maneras que aún estamos aprendiendo a identificar y describir.
El neurodesarrollo no espera. Entre la gestación y el final de la adolescencia, el cerebro humano construye las estructuras que sostendrán la vida entera: la regulación emocional, la capacidad de tolerar la demora, el reconocimiento del otro como alguien opaco e impredecible. Cada una de esas adquisiciones requiere fricción. Requiere momentos en que la respuesta no llegue de inmediato, en que el vínculo no sea cómodo, en que la identidad se ponga a prueba sin que nadie la confirme rápidamente.
Los sistemas de IA están diseñados para hacer exactamente lo contrario: anticipar, suavizar, personalizar, confirmar. Son ambientes óptimos para la satisfacción y, por esa misma razón, entornos de riesgo para ciertos procesos del desarrollo que necesitan resistencia, no fluidez.
No se trata solo del tiempo de pantalla. Se trata de algo más sutil: qué tipo de relación con el conocimiento, con la incertidumbre y con los demás aprenden a tener los niños y adolescentes cuando sus interlocutores más frecuentes son sistemas que nunca dudan, nunca se fatigan y nunca piden nada a cambio.
La pregunta no es tecnológica. Es antropológica. Y las disciplinas entrenadas para hacerla —la filosofía, la literatura, la psicología del desarrollo, la historia— han sido sistemáticamente marginadas en los currículos con el argumento de que no producen empleabilidad inmediata.
Esa marginación tiene un costo que recién empieza a hacerse visible. Los ingenieros que diseñan los modelos de lenguaje más influyentes del mundo toman decisiones con consecuencias éticas profundas —sobre sesgos, sobre privacidad, sobre el tipo de subjetividad que sus sistemas favorecen— sin haber recibido formación para reconocerlas como tales. No porque sean irresponsables, sino porque nadie les enseñó a mirar ahí.
La ciencia sin humanidades, como señala el rector Peña, no sabe lo que hace. Pero a veces tampoco sabe que no sabe, y esa es la forma más peligrosa de ignorancia.
Las humanidades no ofrecen soluciones en el sentido en que las entiende la ingeniería. Ofrecen algo distinto: la capacidad de sostener preguntas que no tienen respuesta limpia. La literatura construye tolerancia a la ambigüedad al habitar personajes que el lector no puede juzgar fácilmente. La filosofía entrena la resistencia a los argumentos que parecen demasiado bien armados. La historia muestra que cada tecnología que prometió liberación produjo también formas de dependencia que sus creadores no previeron —y que quienes las padecieron raramente escribieron los manuales—. Son competencias que no se miden bien en pruebas estandarizadas. Tampoco se miden bien los daños de su ausencia, hasta que ya es tarde.
El caso chileno no es excepcional, pero sí ilustrativo. La presión hacia carreras con retorno económico rápido ha recortado horas de filosofía, reducido la literatura a instrumento de comprensión lectora y convertido la historia en memorización de fechas. Se forma así una generación técnicamente competente para operar los sistemas que otros diseñaron, pero con herramientas insuficientes para preguntarse si esos sistemas deberían existir tal como existen, a qué precio funcionan y quién paga ese precio sin figurar en la factura.
Una generación que no tiene oportunidades para aprender a tolerar la incerteza, y que no valora la inteligencia colectiva, que nos muestra el filósofo y sociólogo Pierre Lévy, esa inteligencia que surge del análisis de varios cerebros humanos, que enriquece el pensamiento transformando la idea de “yo pienso” a “nosotros pensamos”, pues “nadie lo sabe todo, todos saben algo, el conocimiento está en la humanidad”.
Incorporar las humanidades al debate sobre inteligencia artificial no es un gesto de nostalgia ni un contrapeso simbólico. Es reconocer que las preguntas más urgentes de este momento —¿Qué le hacemos al neurodesarrollo de los niños?, ¿Quién decide los valores que los algoritmos optimizan? ¿Cómo sostenemos formas de vida que no caben en ningún modelo de lenguaje?— no son preguntas técnicas. Son preguntas sobre el tipo de humanidad que queremos seguir siendo.
Y esas preguntas, no tienen respuesta sin humanidades. Solo tienen consecuencias.
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