Opinión
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Industrias creativas: ¿Cómo transformar el conocimiento en desarrollo económico?
En un escenario marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la acelerada generación de datos, esta capacidad de análisis y síntesis propias de las industrias creativas adquiere una relevancia inédita.
Durante décadas asumimos que el desarrollo de un país dependía exclusivamente de su infraestructura física. Carreteras, puertos, aeropuertos o redes de telecomunicaciones eran las condiciones habilitantes para impulsar la productividad. Hoy, en una economía basada en el conocimiento, esa infraestructura sigue siendo indispensable, pero es insuficiente. Existe otra, mucho menos evidente, que determinará la competitividad de las próximas décadas: la capacidad de articular conocimiento, creatividad, tecnología, empresas y sociedad para generar innovación real.
Las industrias creativas forman parte de esa infraestructura. Históricamente han sido el espacio de la producción cultural, el pensamiento crítico y la creación artística. Ese rol sigue siendo ineludible, pero hoy su impacto trasciende muchas veces esos ámbitos. También constituyen un sistema productivo capaz de transformar conocimiento en nuevos productos, servicios, experiencias y modelos de negocio, articulando creatividad, ciencia, tecnología y mercado. En ese proceso, desempeñan un papel fundamental para convertir la invención en innovación y la innovación en desarrollo.
La evidencia económica confirma esta transformación. El informe “Perspectivas de la Economía Creativa 2024” de la UNCTAD muestra que las exportaciones mundiales de servicios creativos alcanzaron los US$1,4 billones, creciendo un 29% en 5 años y representando hoy cerca del 19% de las exportaciones mundiales de servicios. Se han consolidado como uno de los sectores más dinámicos de la economía global. El BID, en la misma línea, identifica a la economía creativa como la principal vía para que América Latina diversifique su matriz productiva y aumente su competitividad mediante propiedad intelectual.
En Chile, las industrias creativas representan aproximadamente el 2,2% del Producto Interno Bruto, sin embargo, medir su aporte solo en estas métricas es subestimar su impacto real. Su principal contribución no reside únicamente en los bienes y servicios finales que producen, sino en su capacidad para catalizar la innovación en el resto de la economía y transformar las ideas en algo real. Cuando el diseño transforma conocimiento en productos y servicios transferibles, la arquitectura mejora la calidad de los espacios que habitamos, el cine amplía nuestra capacidad para comprender fenómenos complejos mediante narrativas audiovisuales, la animación digital desarrolla simulaciones y entornos inmersivos para la industria, el valor generado trasciende ampliamente a las propias industrias creativas e impacta sectores tan diversos como la salud, la educación, la minería, el turismo o la manufactura. De esto se cuentan numerosos casos y evidencias.
Esta capacidad de irradiar innovación puede resultar particularmente relevante para comprender uno de los principales desafíos económicos de nuestro país. El Índice Mundial de Innovación, publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), mantiene a Chile como la economía más innovadora de América Latina, ocupando el puesto 51 a nivel global. El informe reconoce los avances en investigación científica, institucionalidad y capital humano. No obstante, revela una falla estructural persistente: mientras Chile ocupa el puesto 43 en los insumos para la innovación (inputs), se desploma al puesto 63 cuando se evalúan sus resultados (outputs).
Esta diferencia de veinte puestos refleja la distancia entre inventar e innovar. Entre producir conocimiento y transformarlo en desarrollo. Entre registrar una idea y construir una empresa competitiva. Entre descubrir algo nuevo y lograr que ese descubrimiento cambie la realidad.
Durante años hemos explicado esta brecha como un problema de financiamiento o de transferencia tecnológica. Ambos factores importan, pero el desafío más profundo es la articulación. La innovación ocurre cuando el conocimiento deja de avanzar en paralelo y comienza a conectarse: cuando las universidades trabajan con las empresas, cuando la tecnología responde a necesidades humanas reales y cuando distintas disciplinas convergen para construir soluciones con impacto. Innovar, en definitiva, no consiste solo en crear conocimiento, sino en articularlo para generar valor.
Es precisamente allí donde las industrias creativas adquieren su carácter estratégico. Más que un sector económico, constituyen un espacio donde convergen pensamiento crítico, ciencias sociales, tecnología y conocimiento aplicado para construir nuevas propuestas de valor. Su fortaleza radica en la capacidad metodológica para conectar saberes, disciplinas y actores que tradicionalmente operan de manera fragmentada.
Durante mucho tiempo, el quehacer de este sector fue relegado a disciplinas asociadas exclusivamente a la estética, el entretenimiento o el consumo cultural. Hoy su alcance es sistémico. Las disciplinas creativas investigan comportamientos, interpretan necesidades, facilitan procesos colaborativos y eliminan la distancia entre lo técnicamente posible y lo socialmente deseable (lo factible v/s lo viable). Su aporte no consiste únicamente en generar bienes culturales o hacer productos más atractivos, sino en orquestar sistemas complejos. Mientras la ciencia descubre, la ingeniería desarrolla soluciones tecnológicas y la economía construye modelos, las industrias creativas integran estas capacidades alrededor y centradas en las personas; generan conexiones que permiten transformar conocimiento diverso en innovación. Y la innovación si es un motor de movilidad.
En un escenario marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la acelerada generación de datos, esta capacidad de análisis y síntesis propias de las industrias creativas adquiere una relevancia inédita. Nunca había sido tan fácil producir información. Nunca había sido tan complejo transformarla en valor.
Por esto, la pregunta estructural que Chile debe hacerse ya no es cuánto conocimiento es capaz de generar, sino cuánto conocimiento es capaz de articular. Las economías más competitivas del siglo XXI no serán únicamente aquellas que inviertan más en ciencia o desarrollen mejores tecnologías. Serán aquellas capaces de conectar disciplinas, integrar capacidades y transformar ese conocimiento en valor económico y social.
Ese es el mayor aporte que hoy pueden ofrecer las industrias creativas: no limitarse a imaginar futuros posibles, sino construir las articulaciones metodológicas que permitan hacerlos realidad.
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