Opinión
Por qué sería crisis
Se vota con los cuerpos: se tienen los hijos que las personas estiman que pueden criar en condiciones aceptables.
Al parecer, el mandato bíblico “creced y multiplicaos” no se está cumpliendo en nuestro país.
Para temor de muchos actores, la actual ecuación entre tasa de fecundidad, mortalidad y migraciones augura que la población chilena podría comenzar a disminuir a partir de 2036.
Con eso también desobedecemos el mandato moderno capitalista de crecimiento permanente, sin freno.
Bueno, la población, la sociedad chilena está decidiendo detener su crecimiento. No se trata de una compleja operación política, ni oscuras conspiraciones en contra del natural despliegue de la raza chilena en el territorio nacional. Se vota con los cuerpos: se tienen los hijos que las personas estiman que pueden criar en condiciones aceptables.
¿Por qué las personas están decidiendo tener menos hijos o incluso no tenerlos? En la Encuesta Bicentenario UC 2024 se señala que “Las principales razones que las personas declaran para no tener más hijos incluyen la dificultad para compatibilizar la paternidad con la vida laboral, la percepción de tener un número adecuado de hijos y los gastos asociados a su crianza”.
Mientras la posibilidad de traer hijos a este mundo estuvo determinada por causas “naturales”, o la voluntad de dios, la tensión entre los hijos que se podían criar y los que nacían se resolvía con aborto (sí, históricamente la tasa de abortos en Chile era alta y esa fue una de las razones por las que se implementó el control de la natalidad en el sistema de salud en los 60), infanticidio, abandono de menores, y la sobrevivencia de los más fuertes, especialmente para la mayoría de la población, que vivía en muy pobres condiciones.
El promedio de hijos por mujer en Chile hasta los años 70 del siglo XX osciló entre 5,39 (1960) y 4,05 (1970), al mismo tiempo que la mortalidad infantil cayó de 256,5 en 1920 a 82.4 en 1970. Es decir, las mujeres tuvieron menos hijos e hijas, pero esas criaturas sobrevivieron mucho más tiempo, con lo que la población creció a pesar de la disminución de la fecundidad.
Recordemos que en esos años los gobiernos de centroizquierda extendieron los derechos sociales, de modo que las condiciones laborales mejoraron, así como los servicios de salud, educación, vivienda y previsión social. Más familias pudieron criar mejor a sus hijos, siguiendo el modelo familiar moderno, biparental y patriarcal, con roles diferenciados para hombres y mujeres, con una complementariedad funcional que ocultaba desigualdades de poder a favor de los hombres proveedores. Pero esa desigualdad no era cuestionada y predominaba cierto optimismo respecto a la posibilidad de construir un futuro mejor.
Observamos un cambio radical a partir de 1980. Desde luego el cambio político: el gobierno democráticamente electo fue derribado por un golpe de estado y se instauró una dictadura cívico militar represiva, que implantó el modelo económico neoliberal que aún se mantiene. Cierre de fábricas, desempleo, represión a los sindicatos y partidos de izquierda, restricciones a los derechos laborales, debilitamiento de los sistemas de educación, salud y vivienda y mercantilización radical de la previsión social, cuyos fondos fueron puestos a disposición de los capitalistas financieros mediante las AFP.
Dentro de las familias los roles tradicionales se vieron horadados por esta transformación. La mayoría de las mujeres chilenas eran dueñas de casa, y ante el desempleo o subempleo de los hombres se vieron obligadas a complementar los disminuidos ingresos familiares, o hacerse cargo ante el abandono de los maridos. Las mujeres entraron masivamente al trabajo remunerado, manteniendo la responsabilidad de las tareas domésticas, con el apoyo generalmente de familiares mujeres, o en el caso de los sectores medios, trabajadoras domésticas remuneradas. El impacto en la fecundidad fue inmediato: pasamos de los 4,05 hijos por mujer en 1970 a 2,76 en 1980 y 2,50 en 1992.
Como el regreso a los gobiernos democráticamente elegidos solo trajo cambios muy modestos a los servicios sociales, el período de bonanza económica de los primeros gobiernos de la concertación trajo una acentuación de la tendencia a disminuir el tamaño de las familias y de mayor participación de las mujeres en el mundo público.
En tanto se integraron a la fuerza de trabajo, y a la educación superior, las mujeres empezaron a exigir mayor ciudadanía y reconocimiento. En un contexto neoliberal eso inevitablemente lleva a la reducción del número de hijos, en tanto no se dispongan de los apoyos sociales y estatales para llevar la economía doméstica y criar las nuevas generaciones.
Así, pasamos a 1,94 hijos por mujer en 2002 a 1,92 en 2008. Ya en 1999 estábamos en 2,07, hasta llegar a la tasa en 2025 de 0,99 hijos por mujer.
El actual Gobierno ha creado una Comisión Asesora Presidencial, que sería “un equipo técnico que tiene como tarea encontrar soluciones urgentes ante la histórica baja de la natalidad en Chile y el envejecimiento de la población”.(Plan Chile Renace: Creamos comisión contra la crisis de natalidad – Gob.cl)
Podemos darles algunas indicaciones: trabajo estable, legislación laboral que proteja los derechos de los y la trabajadoras, solucionar el problema de la vivienda (cada vez más cara e inalcanzable), la atención de salud de calidad y oportuna, la educación que realmente forme a las futuras generaciones, los cambios culturales en los modelos de crianza y cuidados.
No necesitan inventar demasiado, apenas hacer mejores las condiciones de vida de la población, y las y los chilenos estarían bastante felices de poder tener, al menos dos hijos y solucionar esta tremenda amenaza de extinción de la raza chilena.
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