Fuego en nuestras manos
¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo!
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, hora de Hiroshima, el mundo entró en la era atómica. Setsuko Thurlow tenía 13 años y estaba a 1,8 kilómetros del hipocentro. Décadas después, al recibir el Nobel de la Paz en nombre de los sobrevivientes, los hibakusha, lo describió así
“…vi un destello cegador, azulado y blanco, desde la ventana. Recuerdo la sensación de flotar en el aire […] Cada vez que recuerdo Hiroshima, la primera imagen que me viene a la mente es la de mi sobrino de cuatro años, Eiji, su pequeño cuerpo transformado en un trozo de carne derretida, irreconocible. Siguió pidiendo agua con voz débil hasta que la muerte lo liberó de la agonía”.
Este fue el desenlace de una historia que empieza en 1939, con una carta. Leo Szilard, físico húngaro que había intuido la reacción en cadena, temía que la Alemania nazi desarrollara la bomba primero. Necesitaba que alguien con autoridad se la hiciera llegar al presidente Roosevelt, así que la redactó él mismo y se la llevó a Albert Einstein para que la firmara. Einstein lo hizo, y si bien nunca trabajó en el Proyecto Manhattan, su carta fue uno de los ingredientes que le dieron vida.
La bomba lanzada en Hiroshima, acuñada Little Boy, contenía 64 kilos de uranio enriquecido. Su diseño era tan tosco que la propia explosión dispersó el material antes de que pudiera completar la reacción en cadena. Menos del 1 kilo del uranio se fisionó. El resto, casi 63 kilos de material radiactivo intacto, cayó sobre la ciudad como lluvia.
El debate sobre la responsabilidad de la ciencia en eventos tan trágicos nos acompaña desde siempre. Pero la responsabilidad es siempre de las personas. Y allí, como en todas las disciplinas, cunde la diversidad. En junio de 1945, antes de Hiroshima, el mismo Szilard junto a James Franck, premio Nobel de Física, y Glenn Seaborg redactó el Informe Franck: pedían detonar la bomba en un lugar deshabitado, frente a observadores internacionales, como advertencia disuasiva, sin matar a nadie.
- El mismo Robert Oppenheimer había dicho que “el efecto visual de un bombardeo atómico sería tremendo. Estaría acompañado de una luminiscencia brillante que se elevaría hasta una altura de tres mil a seis mil metros.”
Pero el comité que decidía el uso militar lo descartó. Días después, en otra reunión, a pesar de que se concluyó explícitamente que “no podíamos concentrarnos en un área civil”, en la misma frase se afirmaba que el blanco ideal era una planta bélica “rodeada de casas de obreros”. La ciencia advirtió. El poder no escuchó.
Hoy Hiroshima nos da muchas lecciones. Por el lado científico, la Radiation Effects Research Foundation lleva ocho décadas siguiendo a decenas de miles de sobrevivientes: de ahí salen los estándares de radioprotección que hoy rigen centrales nucleares y hospitales en el mundo entero.
Por el lado humano tenemos a los sobrevivientes. Setsuko Thurlow sigue viva. En 2017 recibió el Nobel de la Paz por su trabajo en ICAN (siglas en inglés para Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares), que logró el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares. Cerró su discurso con una promesa: dedicar su vida, hasta el último aliento, al desarme nuclear.
Ochenta y un años después de Hiroshima, y de las preguntas planteadas en la Comisión Franck, la misma tensión reaparece con otro nombre: hoy los propios creadores de la inteligencia artificial, como Geoffrey Hinton, el “padrino de la IA”, son quienes piden más cautela de la que el resto del mundo está dispuesto a tomarse.
En esta edición de Universo Paralelo nos acompañan Felipe Asenjo, doctor en Física y académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias de la Universidad Adolfo Ibáñez; Francisco Crespo, antropólogo social; Camilo Sánchez, geólogo y académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor; Ignacio Retamal, doctor en Ciencias; y la periodista Francisca Munita.
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EL PODER QUE CASI NOS DESTRUYE

Nube de hongo sobre Hiroshima y Nagasaki producida por la bomba atómica. Crédito: George R. Caron / Charles Levy / Wikimedia Commons
Este agosto se cumplen 81 años del ataque nuclear estadounidense en Hiroshima. Una bomba de tal energía que podría haber puesto a hervir instantáneamente cien piscinas olímpicas llenas de agua.
- En el lugar mismo de la detonación, la radiación absorbida por las personas fue equivalente a la de un millón de radiografías dentales. Jamás el ser humano había manipulado o lidiado con esta cantidad de energía.
Las consecuencias fueron catastróficas y la humanidad pudo contemplar de forma atónita el tipo de poder que el conocimiento en bruto puede entregar. Un tipo de conocimiento que nos acercó a manipular la energía de las estrellas, pero que también nos hizo entender el devastador impacto a gran escala que esta nueva tecnología podría causar.
En los meses y años que siguieron a los ataques, se instaron varios esfuerzos para contener y dirigir estos saberes y tecnologías en favor de fines más pacíficos (o al menos no explícitamente beligerantes). Buena parte de la humanidad se ha organizado y esforzado desde entonces para que estos desastres no vuelvan a ocurrir.
Aunque en los últimos años la amenaza nuclear ha vuelto a renacer – por nuevas guerras como la de Rusia contra Ucrania o de Estados Unidos v/s Irán- quisiera pensar que las acciones humanas tomadas tras los lanzamientos de las bombas nucleares en Japón, son una de las pocas señales con las que la humanidad ha demostrado que ha sido capaz de reflexionar sobre los errores del pasado. Todo esto por el temor a la aniquilación total. Un temor muy bien justificado en diversos sucesos históricos que nos hablan de civilizaciones que han sido aniquiladas por sus propios avances mal utilizados.
- Ejemplos de estos colapsos hay varios. La civilización Maya creó uno de los portentos culturales y científicos de América. Su desarrollo tecnológico le permitió tener millones de vidas en prosperidad, gracias a la creación de vastos sistemas de agricultura y obtención de agua, entre otros avances maravillosos. Pero fue el mismo avance tecnológico el que permitió construir ciudades de millares, el que no fue suficientemente dinámico para adaptarse a cambios climáticos severos. Esto, junto a las guerras que estallaron debido a este estrés social, desembocaron en su colapso como civilización.
Otro ejemplo es el imperio romano. Su desarrollo tecnológico-militar-cultural les permitió conquistar gran parte del viejo mundo, con nuevas formas de ingeniería, arte y arquitectura. Sin embargo, esta gran maquinaria requirió durante mucho tiempo un esfuerzo humano enorme para ser mantenida. Un esfuerzo que requería conocimientos y acuerdos sociales, pero que se vio diluido por diversos poderes políticos que creyeron tener el control total del imperio y su tecnología. Esto desembocó en la escasa capacidad de mantención de este gran desarrollo, provocando migraciones de sus ciudades, un aumento de su población iletrada y un rápido declive de sus avances como imperio. Esto causó un daño incalculable en el resto del mundo que tomó varios cientos de años poder reparar.
- Este y otros ejemplos nos han hecho aprender que el descontrol de tecnologías poderosas puede desembocar en el fin de una civilización. Ya sabemos reconocer el patrón histórico de estos sucesos. El objetivo, por lo tanto, no es frenar el desarrollo científico de una sociedad, sino que tener un pensamiento reflexivo crítico sobre lo que estos avances implican.
Tal vez, una de las lecciones que podamos sacar de Hiroshima y Nagasaki es que el ser humano es capaz de recapacitar, aprender de los errores pasados, esquivando así su propia destrucción. Esta lección es importante, porque nos ayuda a mantenernos atentos ante cualquier desenfreno tecnológico futuro. Actualmente la dominación de la IA nos llama nuevamente a hacer este análisis.
Espero que como grupo social planetario seamos lo suficientemente sensatos para estudiar y entender las consecuencias de esta poderosa tecnología, y así sepamos bien prevenir antes que curar.
LAS CARTAS DE PROTESTA DE HIROSHIMA

Crédito: Imagen generada por IA.
Desde el año 1968 el alcalde de Hiroshima emite una carta formal de protesta a cada país que realiza una prueba nuclear. Hasta la fecha se han enviado 616 cartas formales para todo tipo de prueba nuclear, incluso por tests “subcríticos” en los cuales no se genera una reacción nuclear en cadena, el “champinón” si usted prefiere.
Estas cartas pueden ser visualizadas en el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima como la materialización de un acto simbólico. Muchas personas lo consideran sobrecogedor.
- En su sitio web se pueden encontrar las transcripciones de las cartas desde más o menos 1990 en adelante. Su lectura revela componentes rituales: repeticiones de frases, pero también un destacable toque personal en cada carta – que hace alusión a la situación geopolítica – y lo que presumo es el estilo literario de cada alcalde de la ciudad. Las cartas son más que un “copiar/pegar”. Son el compromiso con una larga tradición nacida de la cicatriz del único uso (junto con Nagasaki, que tendemos a olvidar) militar real de esta tecnología.
La mitología está llena de personajes “astutos” que robaron el poder del fuego a los dioses para entregárselos a los humanos: Prometeo para los griegos, Maui en la polinesia, Coyote para algunas tradiciones de Norteamérica, o Waa en Australia. En todas estas historias existe una transgresión, en muchas un castigo.
No quiero excederme con la metáfora, pero para los antropólogos siempre es relevante cuando algo se repite a través de múltiples culturas, muchas de ellas desconectadas entre sí. La energía nuclear es quizás uno de los ejemplos contemporáneos más tangibles del poder que la ciencia ha robado a los dioses: “me he convertido en la muerte, destructora de mundos” es – mal que mal – una cita del Bhagavad Gita, un texto sagrado del hinduismo. Uno extraña a este tipo de físicos.
- En términos más mundanos la energía nuclear está en el centro de uno de nuestros problemas más acuciantes: el calentamiento global y el potencial de generación de energía limpia. Yo no pretendo ser experto en la materia, pero sí es importante recalcar que existe un debate relevante en la comunidad científica sobre como la energía nuclear puede contribuir a un futuro más limpio para nuestro planeta, incluso considerando la generación de desecho radioactivo.
Desde Hiroshima hemos creado algo que sobrevivirá a todas las instituciones humanas conocidas. La vida media de un isotopo de Uranio 238 puede llegar a ser de cuatro mil millones de años, aunque es relevante destacar que se han realizado muchos avances para el desarrollo de isotopos con vidas medias muy inferiores. Algunos especialistas hablan de “energía nuclear de legado” para referirse a centrales como Chernobyl o Fukushima.
Cuatro mil millones de años podría bien ser la eternidad en nuestra precaria civilización. Es, efectivamente, el fuego de los dioses; ahora solo nos queda ver si habrá castigo.
NOTICIAS: LA SEMANA EN CIENCIA

El Homo heidelbergensis podría ser el “ancestro fantasma” de todos los humanos actuales. Crédito: Science Photo Library.
¿Sabías que tú, yo y todos los seres humanos llevamos en nuestro ADN el rastro de un “ancestro fantasma”? Este es uno de los descubrimientos que nos trae la ciencia esta semana, junto con la revelación de una antigua civilización amazónica, nuevos avances en la lucha contra el alzheimer y un sorprendente hallazgo en momias chilenas.
- Un ancestro desconocido vive en nuestro ADN
Un equipo de investigadores descubrió que todos los humanos actuales conservamos fragmentos de ADN de un antiguo linaje humano aún no identificado. Gracias a una nueva técnica computacional, estimaron que este “linaje fantasma” se mezcló con nuestros antepasados en África hace más de 50 mil años, revelando que nuestra historia evolutiva fue mucho más compleja de lo que se pensaba.
Dato curioso: si se reúnen los fragmentos presentes en millones de personas, se podría reconstruir gran parte del genoma completo de este ancestro perdido.
Publicado el 30 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- La Amazonía escondía una gran civilización
Un estudio con tecnología LiDAR reveló cientos de geoglifos ocultos bajo la selva amazónica brasileña, pertenecientes a la antigua civilización Aquiry. Los investigadores estiman que pudo reunir entre 1,25 y 3 millones de habitantes, desafiando la idea de que la Amazonía era una selva prácticamente intacta antes de la llegada de los europeos.
Dato curioso: el LiDAR utiliza pulsos láser lanzados desde un avión que atraviesan la vegetación y permiten reconstruir el terreno oculto bajo el bosque.
Publicado el 30 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- La viruela deja su huella en momias chilenas
Por primera vez, científicos encontraron evidencia genética directa de que la viruela llegó a América con los europeos. El ADN del virus fue identificado en dos momias del norte de Chile, confirmando que pertenecía a una variante europea y ayudando a resolver uno de los grandes debates sobre las epidemias que diezmaron a los pueblos indígenas.
Dato curioso: el ADN del virus encontrado en ambas momias era casi idéntico, lo que sugiere que ambas personas se infectaron durante un mismo brote de viruela.
Publicado el 31 de julio de 2026. Conoce MÁS.
- Descubren un nuevo blanco contra el alzheimer
Investigadores identificaron unas estructuras nunca antes descritas, llamadas placas mitocondriales, que aparecen en neuronas dañadas y podrían surgir incluso antes que las clásicas placas de amiloide, relacionadas con el desarrollo del alzheimer. El hallazgo abre una nueva vía para comprender cómo progresa esta enfermedad y desarrollar futuros tratamientos.
Dato curioso: las mitocondrias son las encargadas de producir la energía que necesitan prácticamente todas las células de nuestro cuerpo para funcionar.
Publicado el 31 de julio de 2026. Conoce MÁS.
ÓRBITAS PARALELAS
Crean el primer cristal fotónico temporal
Por primera vez, científicos lograron fabricar un cristal fotónico temporal, un material capaz de modificar el comportamiento de la luz en fracciones de segundo extremadamente pequeñas. El avance podría abrir el camino a nuevos láseres ultrarrápidos, mejores telecomunicaciones y futuras tecnologías ópticas mucho más eficientes.
Más información.
Confirman el extraño “tiempo negativo” de los fotones
Un experimento confirmó que los fotones pueden atravesar una nube de átomos con un “tiempo negativo” (es decir, completan el recorrido antes de lo que predicen los cálculos habituales), un efecto cuántico que durante décadas se creyó una ilusión matemática. El resultado no significa que viajen al pasado ni contradice la relatividad, pero revela que uno de los efectos más extraños de la mecánica cuántica es físicamente medible.
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LA IMAGEN DE LA SEMANA

Sombra humana “impresa” en una piedra por la bomba atómica de Hiroshima. Crédito: Wikipedia.org.
SOMBRAS EN LA CIUDAD
La edad del planeta y de muchos de los procesos geológicos que conocemos pueden estudiarse mediante la química de ciertos minerales. Algo tan pequeño como un cristal contenido en una roca puede hablarnos de lo ocurrido hace miles o millones de años en la historia de la Tierra.
Para ello se utilizan minerales que contienen isótopos radiactivos, cuyos núcleos inestables se transforman espontáneamente en otros más estables. El ritmo de esta desintegración y la proporción entre los isótopos originales y sus productos permiten estimar la edad de rocas, meteoritos, erupciones volcánicas o de depósitos minerales. Esta área de la geología se denomina geocronología y se sustenta en el fenómeno fisicoquímico de la radiactividad, término acuñado por Marie Curie.
- La radiactividad abrió un campo científico hasta entonces insospechado. No solo permitió calcular la edad de materiales geológicos y aproximarnos a la edad de la Tierra, sino que también encontró aplicaciones en la medicina, la producción de energía y la industria. Sin embargo, el conocimiento sobre el núcleo atómico también hizo posible la fabricación de armas nucleares.
El 6 y el 9 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Sus efectos contribuyeron a la rendición de Japón y al término de la Segunda Guerra Mundial, pero marcó el inicio de una nueva era de amenaza nuclear.
- La Imagen de la Semana en Universo Paralelo recoge uno de los vestigios más impactantes de aquel momento, la denominada “sombra humana”.
Hiroshima, lunes 6 de agosto de 1945. Eran las 8:15 de la mañana y, pese a la guerra, la ciudad comenzaba un nuevo día. Una persona esperaba sentada en los escalones de granito frente al banco Sumitomo, a unos 260 metros del hipocentro de la explosión. En un instante, la intensa radiación térmica emitida por la bola de fuego alcanzó la superficie de la ciudad. Según el Dr. Ilya Obodovskiy de la National Research Nuclear University MEPHI (2019), los principales factores destructivos de una explosión nuclear son la onda de choque, la emisión luminosa, la radiación penetrante, la contaminación radiactiva del territorio y el pulso electromagnético. Esto se manifiesta en la forma de una masa intensamente caliente y luminosa: una bola de fuego.
- El pulso de calor de la bola de fuego alteró y decoloró superficialmente el granito expuesto. La zona “protegida” por el cuerpo de la persona en la escalinata del banco recibió “menos” radiación térmica y conservó una tonalidad diferente, dejando la silueta visible sobre la roca. Según los informes posteriores al estallido, marcas de sombras explosivas fueron reconocidas en Hiroshima y Nagasaki.
En 1971, los bloques de granito fueron retirados de la sucursal bancaria y trasladados al Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, donde permanecen como testimonio de la destrucción nuclear. Un registro en la superficie de la roca que nos recuerda cómo los fenómenos fisicoquímicos que nos permiten entender la historia de la Tierra también pueden grabar, en apenas un instante, uno de los episodios más autodestructivos de la historia de la humanidad.
BREVES PARALELAS

Imagen generada por IA
Armas biológicas e IA
En 2022, científicos modificaron MegaSyn, un sistema de inteligencia artificial creado para descubrir nuevos medicamentos, y le pidieron hacer precisamente lo contrario: buscar sustancias lo más tóxicas posible.
- En solo seis horas, el modelo propuso cerca de 40 mil moléculas potencialmente peligrosas, algunas similares a agentes nerviosos conocidos.
El experimento encendió las alarmas sobre el uso malicioso de la IA y abrió el camino a nuevas herramientas de bioseguridad, como VirusHunter, desarrolladas precisamente para anticipar y prevenir amenazas biológicas.
¿Y si el fin del mundo no llegara por una guerra?
No solo las armas biológicas y atómicas representan una amenaza para la humanidad. Bajo el Parque Nacional Yellowstone, en Estados Unidos, se esconde un supervolcán capaz de expulsar miles de kilómetros cúbicos de ceniza y roca.
- A diferencia de un volcán común, no posee un cono volcánico, sino una gigantesca caldera alimentada por una enorme cámara de magma, que hace unos 640 mil años expulsó más de mil kilómetros cúbicos de material, suficiente para cubrir vastas regiones de Norteamérica.
Si volviera a entrar en erupción, la enorme cantidad de ceniza y gases podría bloquear parte de la luz solar durante años, enfriar el planeta y provocar un “invierno volcánico” que afectaría la producción mundial de alimentos.
RECOMENDACIÓN: ONCE

Crédito: Wikimedia.org.
Glen Hansard murió en un accidente de moto a los 56 años. Esta semana recomiendo una sola cosa: que vean Once.
Es una película preciosa que se filmó en 17 días, con poco más de cien mil euros, en las calles de Dublín. Los protagonistas ni siquiera tienen nombre, en los créditos figuran como “Guy” y “Girl”. John Carney, el director, había sido bajista de The Frames, la banda de Hansard; le encargó las canciones y, cuando Cillian Murphy se bajó del papel, le pidió que, además, lo interpretara.
- Por eso la película y la vida de Glen se confunden: un músico callejero irlandés, una guitarra rota, canciones que dicen lo que él no puede. “Falling Slowly”, el dúo con Markéta Irglová, ganó el Óscar en 2008.
Sobre su música van a leer columnas de sobra. Lo que me interesó de los homenajes es que casi ninguno menciona premios. Hablan de otras cosas: que no podía pasar frente a alguien durmiendo en la calle sin detenerse a preguntar si estaba bien, y que cada noche de Navidad organizaba un busking en Grafton Street: juntaba a otros músicos a tocar en la vereda y todo lo que caía en la gorra iba a los sin techo de Dublín.
Vean Once. Sigan con The Frames, The Swell Season, los discos solistas. Tomen una cerveza mientras escuchan a Hansard. Las cosas simples son lo mejor; él lo dejó dicho en su música.
Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo. Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador.cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.
- Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.
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