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Chile no puede llegar a Shenzhen sin una agenda tecnológica Opinión Archivo

Chile no puede llegar a Shenzhen sin una agenda tecnológica

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Rodrigo Ramírez Pino
Por : Rodrigo Ramírez Pino Exsubsecretario de Telecomunicaciones, Director Programa políticas digitales en FLACSO.
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La verdadera soberanía digital chilena no consiste en desconectarnos del mundo, sino exactamente en lo contrario, estar suficientemente conectados, abiertos, diversificados y preparados para mantener independencia, seguridad y resiliencia sobre los activos digitales y nuestra infraestructura.


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En noviembre próximo, los líderes de las 21 economías que integran el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico APEC volverán a encontrarse. Esta vez será en Shenzhen, China. La elección de la ciudad difícilmente podría ser más simbólica. Shenzhen fue una de las primeras zonas económicas especiales creadas por el gigante asiático hace poco más de cuatro décadas y hoy es uno de los principales ecosistemas tecnológicos e industriales y el clúster de innovación número uno del planeta.

Allí, la inversión en investigación y desarrollo supera el 6% del PIB de la ciudad, existen más de 25.000 empresas nacionales calificadas como de alta tecnología y es la cuna de referentes tecnológicos del mundo. Una ciudad cuyo PIB pasó de apenas 270 millones de yuanes en 1980 a 3.68 billones en 2024 representando uno de los procesos de transformación productiva y tecnológica más vertiginosos de la historia reciente.

Chile debería preguntarse entonces qué significa participar en una reunión económica internacional de esta magnitud precisamente en Shenzhen. Porque viajar hasta el corazón de uno de los principales polos tecnológicos del mundo para llevar una minuta y discutir solamente aranceles, exportaciones tradicionales, acceso a mercados o facilitación comercial sería no comprender que en la APEC hoy no hay espacio para las categorías económicas del siglo pasado.

Las economías integrantes de APEC representan cerca del 60% del PIB mundial y China decidió colocar precisamente el foco en apertura, innovación y cooperación como las tres prioridades de su presidencia 2026. La economía digital y la inteligencia artificial forman expresamente parte del programa. En julio de este año, además, los ministros del área aprobaron en China una declaración bajo el concepto de “Tecnologías Digitales e Inteligencia Artificial para el empoderamiento de una comunidad Asia-Pacífico”, por eso Chile debería llegar a Shenzhen con algo más que una delegación, debe llegar con una agenda tecnológica y digital.

Nuestro país tiene un antecedente que demuestra que es posible. Cuando Chile presidió APEC en 2019 hubo un trabajo previo que definió a la “Sociedad Digital” como una de las cuatro prioridades del foro. Durante ese proceso se impulsó la creación del Digital Economy Steering Group, encargado de articular la implementación de la hoja de ruta de Internet y Economía Digital de APEC. También se creó un fondo para innovación digital y se profundizó la discusión sobre reforma estructural y economía digital.

Uno de los hitos durante esa APEC ocurrió cuando Chile, Singapur y Nueva Zelandia anunciaron el inicio de las negociaciones del Digital Economy Partnership Agreement, DEPA, acuerdo que se convirtió en uno de los pactos internacionales pioneros dedicados específicamente a establecer reglas para la economía digital, comprendiendo comercio sin papel, identidad digital, interoperabilidad, protección de datos, innovación, inteligencia artificial, pequeñas empresas, pagos electrónicos y circulación internacional de información. APEC posteriormente ha destacado al DEPA, junto con otros acuerdos digitales desarrollados por sus economías, como parte de una nueva generación de reglas para el comercio digital.

Otros países entendieron muy bien esta lógica. Corea del Sur utilizó su presidencia de APEC 2025 para impulsar su agenda Artificial Intelligence Initiative 2026-2030; Perú promovió la digitalización con inclusión económica y transición desde la informalidad hacia la economía formal y global; Singapur, por su parte, lleva años construyendo mediante acuerdos digitales una arquitectura internacional de interoperabilidad, identidad digital, comercio electrónico y circulación de datos; y Australia siguió la misma trayectoria para construir capacidades tecnológicas nacionales.

Chile necesita recuperar esa ambición. Nuestro país debe llegar a APEC 2026 con la Agenda Shenzhen, una política tecnológica y digital para el Asia-Pacífico que transforme nuestra diplomacia económica en una herramienta de desarrollo productivo.

Esa agenda debiera articular al menos seis prioridades, desde fomentar la inversión en infraestructura digital y energética, para consolidar a Chile como hub digital del cono Sur de conectividad, procesamiento y centros de datos.

A ello deben sumarse inteligencia artificial y capacidad de cómputo, vinculando universidades, empresas y Estado con los ecosistemas tecnológicos de APEC; economía digital y gobernanza de datos, aprovechando el camino iniciado por el DEPA; innovación y transferencia tecnológica, conectando nuestras industrias estratégicas —minería, energía, agricultura, astronomía y servicios públicos— con los centros de investigación y empresas del Asia-Pacífico; y talento avanzado, mediante programas de formación, intercambio de investigadores y cooperación universitaria en IA, semiconductores, robótica, ciberseguridad y tecnologías emergentes.

Una sexta dimensión que Chile debería incorporar explícitamente en su Agenda Shenzhen es sobre la soberanía tecnológica y digital, entendida no como aislamiento ni como la pretensión ilusoria de producir toda la tecnología que utilizamos, sino como la capacidad y autonomía de un país para decidir en un mundo crecientemente dependiente y organizado por tecnologías que no desarrolla ni controla.

Para Chile, ser soberano tecnológicamente significa contar la capacidad y neutralidad que nos permitan elegir proveedores, tecnologías y alianzas sin quedar atrapados en dependencias irreversibles, sino construir autonomía mediante diversificación, cooperación, capacidades propias y respetando los derechos fundamentales.

La verdadera soberanía digital chilena no consiste en desconectarnos del mundo, sino exactamente en lo contrario, estar suficientemente conectados, abiertos, diversificados y preparados para mantener independencia, seguridad y resiliencia sobre los activos digitales y nuestra infraestructura tecnológica.

Durante décadas Chile desarrolló una política extraordinariamente exitosa para abrir mercados. Construimos tratados, redujimos aranceles y conectamos nuestra economía con prácticamente todas las grandes economías del planeta. Esa arquitectura fue fundamental para nuestro desarrollo. Pero la siguiente etapa exige algo distinto.

Shenzhen puede ser mucho más que la ciudad anfitriona de una nueva cumbre, puede marcar el momento en que nuestra política exterior deje de preguntarse solamente dónde vender lo que producimos y comience también a preguntarse qué capacidades debemos construir para seguir siendo relevantes en la economía que viene.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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