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Cuando la ola deja de obedecer Opinión

Cuando la ola deja de obedecer

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Ernesto Fernández León
Por : Ernesto Fernández León Comunicador Estratégico | Diseñador Gráfico Magíster en Comunicación Estratégica. Dirigente Regional PPD Metropolitano.
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La diferencia aparece al perder poder: el militante pregunta cómo seguir ayudando; el oportunista, qué cargo recibirá.


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La anunciada salida de dos vicepresidentes nacionales y de la presidencia de la Juventud PPD ha sido presentada como una decisión política profunda, casi como un acto de consecuencia histórica. Sin embargo, cuesta no advertir un detalle bastante menos heroico: mientras tuvieron el poder interno, manejaron la estructura, ocuparon cargos e influyeron en las decisiones, las diferencias parecían perfectamente soportables y el PPD seguía siendo una colectividad digna de sus esfuerzos. Bastó que otros asumieran la conducción para que descubrieran, con conmovedora rapidez, que el partido ya no los representaba.

La revelación llegó justo cuando se acabaron los cargos. Debe ser una de esas extraordinarias casualidades de la política.

Durante todo el tiempo que tuvieron poder no alcanzaron a notar la profundidad de los problemas. Tal vez la vista desde la mesa directiva no permitía observarlos o los sillones eran demasiado cómodos. Quizás la crisis del partido, según su particular calendario, comenzó exactamente cuándo dejaron de administrarlo: mientras mandaban, había que cuidar la unidad y discutir internamente las diferencias; cuando perdieron y otros comenzaron a mover las piezas, la unidad dejó de ser tan importante y el tablero entero pasó a ser inaceptable. No parece una diferencia ideológica, sino una dificultad para aceptar que el poder también se pierde.

La política se parece bastante al surf. A veces estamos arriba de la ola, convencidos de que dominamos el océano. Desde la cima es fácil sentirse indispensable y creer que el mar se mueve gracias a nosotros. Pero la ola cambia, la tabla se mueve y, de un momento a otro, terminamos bajo el agua.

El buen surfista sabe que caer forma parte del oficio: respira, recupera la tabla y vuelve a remar. El mal surfista culpa al océano, denuncia una conspiración de las mareas y, en un gesto de enorme dignidad acuática, anuncia que se retira porque el mar ha perdido sus principios.

No se van cuando detectan las supuestas desviaciones ni mientras ocupan cargos desde los cuales podrían corregirlas. No renuncian durante los años en que forman parte de la conducción que ahora cuestionan. Se van cuando dejan de mandar. Después explican que lo hacen por convicción: una convicción muy particular, que aparece tarde, pero coincide perfectamente con el término de la influencia.

Muchas veces he discrepado de la conducción del PPD y seguiré haciéndolo, porque militar no significa obedecer ni renunciar al pensamiento crítico. Pero una cosa es debatir y otra llevarse la pelota cuando otro gana el partido. Estoy en esta colectividad para construir desde el lugar que me corresponda, como autoridad o militante de base. Los cargos y las mayorías cambian; las convicciones, si son verdaderas, permanecen.

Eso fue lo que me enseñaron. Y no lo aprendí en la política ni en una sala de clases. Lo aprendí en el barrio.

En el barrio, cuando uno participa en un club deportivo, ayuda a construir el club. Puede tocar jugar, marcar la cancha, organizar una rifa o guardar las camisetas. No todos pueden ser siempre el capitán, y quien deja de serlo no se lleva la pelota, los arcos y la mitad del equipo para luego denunciar que el club perdió su rumbo.

Si uno integra un grupo folclórico, trabaja para que el conjunto crezca, aunque no baile en la primera fila. Si participa en una junta de vecinos, colabora, aunque no presida la directiva ni tenga el micrófono. En el barrio aprendemos algo que ciertos dirigentes olvidan apenas prueban el poder: pertenecer también significa trabajar cuando no se manda.

Donde uno está debe intentar entregar lo mejor de sí, no porque exista un cargo, una candidatura en negociación o una cámara esperando, sino porque hay una comunidad a la cual decidió pertenecer. Si me toca ser autoridad nacional, procuraré ser la mejor autoridad posible; si me corresponde ser dirigente territorial, el mejor dirigente posible; y si mañana vuelvo a ser militante de base, intentaré ser el mejor militante de base que pueda.

Trabajar desde las bases no es una degradación ni dejar un cargo una humillación. Sin embargo, algunos entienden cada responsabilidad como un peldaño y descubren todos los defectos del partido apenas pierden influencia. Después de años participando en su conducción, se presentan como víctimas de la organización que administraban: cuando mandan, hablan en nombre del partido; cuando pierden, aseguran que el partido cambió. Ellos, por supuesto, nunca cambian.

La salida podrá adornarse con declaraciones solemnes y palabras como “coherencia”, “dignidad” o “renovación”. La política conoce bien ese lenguaje: sirve para convertir una derrota interna en una epopeya y una pérdida de influencia en un sacrificio moral. Pero, por elegante que sea el comunicado, el momento elegido dice bastante.

Si el partido era tan malo, ¿por qué no renunciaron cuando lo dirigían? Si sus prácticas eran tan intolerables, ¿por qué convivieron con ellas mientras ocupaban cargos? Si había perdido su rumbo, ¿cómo lograron permanecer mientras el timón estaba en sus manos? Quizás el problema nunca fue el rumbo. Quizás el problema fue dejar de manejar el timón.

No toda renuncia es valentía ni todo portazo es consecuencia. A veces un portazo es solamente el ruido que hace el ego cuando descubre que la puerta ya no conduce al poder. Los partidos no pueden ser trampolines personales ni agencias de colocación donde la lealtad dura exactamente lo mismo que una vicepresidencia, una candidatura o una cuota de influencia.

La diferencia aparece al perder poder: el militante pregunta cómo seguir ayudando; el oportunista, qué cargo recibirá. Si no lo obtiene, descubre diferencias convenientemente irreconciliables. La democracia exige saber perder: defender las elecciones solo cuando se gana es defender el poder, no la democracia. A veces estaremos sobre la ola y otras bajo el agua; la verdadera convicción consiste en seguir remando y construyendo cuando se acaban los cargos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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