CULTURA|OPINIÓN
Crédito: EFE
“La vida al final” de Bernhard Schlink: despedirse de la vida
Esta novela breve de Bernhard Schlink sorprende por su indagación profunda y humana sobre un gran tema: la muerte. Martin, un abogado de setenta y seis años, recibe el diagnóstico de un cáncer de páncreas y sabe que le quedan pocos meses de vida. Está casado con Ulla, una mujer mucho más joven, y tiene un hijo de seis años, David. Desde ese instante, el tiempo deja de ser una cosa cotidiana y se convierte en una condición limitada, contable, un final ineludible con fecha de término.
Comienzan así los descuentos de un hombre que sabe que va a morir mañana. Las grandes preguntas aparecen como un puñal amenazante: qué hacer con las horas restantes, qué decir, qué callar, qué ordenar, qué recordar y, sobre todo, qué significa dejar algo de uno mismo en quienes continuarán viviendo.
Esta elección supone un desplazamiento significativo dentro de la obra de Schlink. El autor de El lector quedó asociado a la memoria alemana, la culpa, la responsabilidad moral y las heridas de la historia. Allí el pasado individual se entrelazaba con el pasado colectivo. En La vida al final, en cambio, el gran escenario histórico desaparece. Schlink cambia la historia de Alemania por una habitación, la culpa nacional por la conciencia de la muerte y los grandes dilemas morales por una pregunta elemental: ¿cómo se vive cuando sabemos cuánto tiempo nos queda?
Schlink abandona aquello que lo convirtió en un escritor mundialmente reconocido para internarse en una experiencia que no pertenece a una nación, una generación ni una determinada época. La muerte nos iguala, pero la conciencia de morir nos obliga a preguntarnos qué hemos hecho con nuestra vida.
La novela encuentra su mayor fuerza en la relación entre Martin y David. El padre comprende que no podrá legarle a su hijo la presencia prolongada que había imaginado. Puede dejarle dinero, objetos, fotografías, recuerdos; pero ninguna de esas cosas equivale a la experiencia de haber sido padre. De allí nace una de las intuiciones más conmovedoras del libro: el verdadero legado no es necesariamente aquello que poseemos, sino aquello que permanece en la memoria afectiva de los otros.
El autor se niega a convertir la enfermedad en espectáculo. Su prosa contenida, sobria, incluso distante, constituye una forma de respeto hacia el personaje y hacia el lector. No busca manipular nuestras emociones. Hay una suerte de pudor narrativo: el dolor no necesita ser exhibido para ser verdadero.
Por eso resulta especialmente significativa la sobriedad de la novela. El libro podría haber sido construido con todos los recursos del melodrama: un padre enfermo, un niño pequeño, una esposa joven, una despedida inevitable. Schlink hace exactamente lo contrario. Esa elección tiene, sin embargo, un costo. La contención que constituye su principal virtud puede producir cierta distancia emocional. Martin aparece a veces demasiado cerebral, demasiado dueño de sí mismo ante una noticia que razonablemente debería provocar miedo, rabia, desconcierto o incluso desesperación. El personaje parece procesar la muerte con una lucidez quizá excesivamente ordenada.
Hay dos subtramas dentro de la novela: una es el intento de Martin de averiguar sobre el padre desaparecido de Ulla. Supuestamente la abandonó siendo ella una niña pequeña. La otra es la infidelidad de su mujer con un hombre joven (Ulla es pintora y posee una galería de arte. Un apuesto visitante la seduce). Ambos eventos se producen durante el desarrollo del cáncer de Martin. Estos tres pilares narrativos, bien estructurados y, sin abusar de ellos, generan un ritmo contrapuntístico respecto a la enfermedad terminal de Martin. ¿Cómo resolverá ambos conflictos?
Schlink en lugar de ofrecer una moraleja sobre la muerte, nos devuelve silenciosamente a la vida. Nos recuerda que despedirse no consiste únicamente en decir adiós, sino también en aprender a mirar de otra manera aquello que todavía tenemos: una conversación, una caminata, una comida compartida, la mano de un hijo, la presencia de quien amamos.
En una época en que la enfermedad, el duelo y la muerte pueden convertirse fácilmente en mercancía emocional, La vida al finalapuesta por bajar la voz. Y al hacerlo consigue algo infrecuente: hablar de la muerte sin explotarla y hablar de la vida sin idealizarla. Su última lección no es que debamos vivir como si cada día fuera el último —fórmula demasiado conocida—, sino algo más sobrio y más difícil: vivir sabiendo que cada día, aunque parezca ordinario, es irrepetible.
Ficha técnica:
La vida al final: despedirse de la vida
Bernhard Schlink
Editorial Anagrama
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