Opinión
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La ilusión de Becas Chile: exportamos talento, pero no construimos dónde recibirlo
El éxito de una política de desarrollo científico no consiste en enviar cada vez más estudiantes al extranjero, sino en convertir al propio país en un destino atractivo para investigadores y estudiantes de todo el mundo.
La suspensión del financiamiento para cursar magísteres en el extranjero ha sido presentada como una de las decisiones más controvertidas del actual gobierno. A primera vista, resulta comprensible la preocupación que ha generado: durante casi dos décadas, las Becas Chile representaron una de las principales vías mediante las cuales miles de jóvenes pudieron acceder a universidades de excelencia internacional, muchas de ellas ubicadas entre las mejores del mundo.
Sin embargo, una evaluación seria de esta política pública no puede limitarse al impacto inmediato que produce el recorte presupuestario. También debe preguntarse si el diseño original del programa logró cumplir el propósito estratégico para el cual fue creado.
El objetivo de Becas Chile nunca debió consistir únicamente en financiar estudios en el extranjero. Su verdadero propósito era fortalecer las capacidades científicas, universitarias y tecnológicas del país mediante la formación de capital humano avanzado. Desde esa perspectiva, el criterio relevante no es cuántos profesionales obtuvieron un grado académico internacional, sino cuánto contribuyeron posteriormente al desarrollo de Chile.
Los mecanismos de retorno exigidos por el programa —consistentes principalmente en regresar al país y permanecer en él durante un determinado período de tiempo— constituyen una condición administrativa, pero difícilmente pueden considerarse un verdadero retorno estratégico para la República.
El problema de fondo es que Chile envió durante años a cientos de personas a formarse en las mejores universidades del mundo sin desarrollar, al mismo tiempo, las capacidades institucionales necesarias para absorber ese conocimiento. Las universidades, los centros de investigación y el sistema científico nacional no crecieron al ritmo del capital humano que el propio Estado financió.
Como consecuencia, una parte importante de esos profesionales regresó a un sistema incapaz de ofrecer oportunidades acordes con su formación, mientras otros optaron por desarrollar sus carreras en el extranjero. El resultado es una política costosa cuyos beneficios para el fortalecimiento estructural de la investigación y la educación superior chilena han sido significativamente inferiores a los esperados.
Desde esta perspectiva, la suspensión de las becas de magíster en el extranjero posee una racionalidad que merece ser considerada. Más que interpretarla exclusivamente como un recorte presupuestario, puede entenderse como el reconocimiento de que el modelo de formación internacional requiere una profunda revisión. Continuar expandiendo indefinidamente este programa sin modificar las condiciones institucionales del país significaría prolongar una política cuyo impacto estratégico resulta cada vez más discutible.
En el largo plazo, Chile debería avanzar hacia una transformación más ambiciosa. El objetivo no debiera ser seguir exportando sistemáticamente a sus mejores estudiantes de posgrado, sino aprovechar el extraordinario capital humano que ya ha formado durante casi dos décadas para construir universidades y centros de investigación capaces de competir internacionalmente. El éxito de una política de desarrollo científico no consiste en enviar cada vez más estudiantes al extranjero, sino en convertir al propio país en un destino atractivo para investigadores y estudiantes de todo el mundo.
El desafío ya no consiste en financiar más becas, sino en construir un sistema universitario y científico capaz de transformar el conocimiento adquirido en el exterior en una ventaja permanente para el desarrollo nacional. Solo cuando Chile sea capaz de atraer talento, producir investigación y formar capital humano de excelencia dentro de sus propias instituciones podrá afirmarse que la política de internacionalización ha cumplido plenamente su propósito.
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