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La toxicidad de los extremos Opinión

La toxicidad de los extremos

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Marcela Hernando
Por : Marcela Hernando Médica cirujana, diputada de la República (PRSD).
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La centroizquierda no puede seguir atrapada en esta dinámica destructiva. Debe comprometerse en que el país recupere la capacidad de planificación y construir una oferta de gobernabilidad a largo plazo, con una visión de desarrollo a 40 o 50 años.


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Parlamentar en la Cámara de Diputadas y Diputados se ha vuelto una tarea nociva. Hasta el periodo 2018-2022, un proyecto de resolución -aquella herramienta que presenta un parlamentario para solicitarle al Ejecutivo impulsar medidas que den solución a las necesidades de la ciudadanía- solía contar con el apoyo transversal de toda la Sala.

Fue precisamente a través de proyectos de acuerdo de mi autoría que logramos visibilizar e incorporar las bombas de insulina en las Garantías Explícitas de Salud (GES). De igual forma, impulsamos la cobertura en Fonasa para las abdominoplastias de personas con “guatita en delantal”, un beneficio al que hoy acceden cientos de personas cada año para recuperar su confianza y dignidad.

Sin embargo, hoy en día la Cámara se ha transformado en una trinchera desde la cual los extremos recurren a descalificaciones, faltas de respeto y provocaciones que no buscan debatir ni mucho menos persuadir o convencer, sino agredir verbalmente a cualquiera que piense diferente, todo con el único fin de imponer sus posiciones ideológicas. La Sala pareciera haberse convertido en una extensión de Sin Filtros o de cualquier otro programa de confrontación televisiva.

Por lo general, las disputas se originan cuando una bancada se opone a las propuestas ideológicas de algunos sectores del oficialismo tales como la “condena al accionar político durante el estallido social” o la “solicitud de suspensión de beneficios de indulto y pensiones de gracia”, las que llevaron a varios colegas a mostrar su peor cara. Esta dinámica de constantes faltas de respeto solo le da la razón a la ciudadanía que tiene la peor opinión de la labor parlamentaria, la c    ual algunos intentamos dignificar día a día.

A lo largo de mi vida profesional y parlamentaria me he caracterizado por trabajar con probidad, legislar por el bien común y actuar con estricto respeto a las normas; para mí, eso es lo mínimo. Me he empeñado en estudiar de manera continua -hice cuatro MBA en diferentes menciones y universidades y muchos diplomados presenciales- porque creo firmemente que la preparación académica es la base para encontrar las mejores soluciones. Es lo mínimo que merecen los ciudadanos que confían en nuestra capacidad para mejorar sus vidas.

Hoy hay quienes creen que los extremos definen a Chile. Yo mantengo la esperanza y la voluntad de que no sigamos en esa trayectoria y de que el péndulo deje de condicionar la gobernanza de nuestro país. En estos meses en la Cámara he comprobado que la lógica de los extremos le hace un daño profundo al debate público y termina paralizando el progreso. Ningún extremo debe asumir el liderazgo de la nación, especialmente cuando se vuelve urgente recuperar una política de acuerdos que busque el bienestar de la mayoría.

La centroizquierda no puede seguir atrapada en esta dinámica destructiva. Debe comprometerse en que el país recupere la capacidad de planificación y construir una oferta de gobernabilidad a largo plazo, con una visión de desarrollo a 40 o 50 años.

Para lograrlo, necesitamos atender las necesidades de todo el territorio -en especial de las regiones- y construir alianzas público-privadas que impulsen un crecimiento equitativo. Esto implica concretar grandes obras como la doble vía entre Arica y Caldera, reindustrializar y modernizar el país con fundiciones y refinerías de altos estándares ambientales, diseñar una política portuaria integrada que nos permita sumar esfuerzos en lugar de competir entre nuestras propias regiones, solo por citar algunos ejemplos.

Sobre estas certezas de desarrollo es donde debemos reconstruir y ofrecer una mejor calidad de vida a la ciudadanía.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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