Opinión
Imagen referencial, creada con IA
El votante fantasma: cómo la propaganda de bots llegó a Chile
La democracia no se defiende sola. Se defiende con instituciones sólidas y ciudadanos alertas y debidamente informados.
La detención del consultor argentino Fernando Cerimedo en Bolivia, por una causa penal no vinculada a Chile, destapó el hallazgo de una presunta “granja de bots” y reactivó las preguntas sobre su rol en la última campaña presidencial.
Este reconoció públicamente, en una entrevista de 2023, administrar decenas de miles de cuentas artificiales, con presencia declarada también para Chile. Su firma, Numen, ya había participado en la campaña del Rechazo de 2022.
Es inevitable pensar en lo sucedido a Evelyn Matthei durante la campaña presidencial. La excandidata de Chile Vamos denunció una operación de bots que le atribuyó falsamente un diagnóstico de alzheimer. Ella misma ha señalado públicamente que no cree las explicaciones que J. A. Kast le entregó al respecto. Esto llevó a diputados de oposición pedir al Servel fiscalizar para conocer los vínculos de los asesores de La Moneda respecto de Cerimedo.
Nada de esto permite hoy, cuestionar jurídicamente el resultado electoral. Eso hay que decirlo. Pero sí exhibe algo más profundo: procesos decisivos para el país, un plebiscito constitucional y una elección presidencial, se desarrollaron en un ecosistema informativo contaminado, y las instituciones chilenas no tenían las herramientas para vigilarlo en tiempo real.
¿Cómo entender este fenómeno? Las democracias ya no se deciden solo en las urnas. Se deciden antes, en el incesante scroll que los votantes hacen en sus teléfonos. Cada like es un voto silencioso. Cada bot, una voz que no existe, pero que influye. Entender esto ya no es opcional para quien ejerce la política. Es un dato de la realidad.
El fallecido filósofo Jürgen Habermas imaginó la esfera pública como un espacio de deliberación racional. Las redes sociales prometieron ampliar ese espacio. En la práctica, lo fragmentaron. Presenciamos una realidad donde el algoritmo nos muestra lo que ya creemos. Se produce un diálogo circunscrito a quienes piensan igual.
Los investigadores Samuel Woolley y Philip Howard bautizaron el fenómeno central de esta columna: “propaganda computacional”. Esto significa el uso de algoritmos, automatización y tutela humana para manipular deliberadamente la opinión pública a través de las redes sociales. No es una propaganda tradicional. Es propaganda a escala industrial, barata y difícil de rastrear.
El resultado es lo que muchos autores llaman la “política de la posverdad”. No importa la verdad o si un dato es falso. Importa si circula, si emociona, si moviliza. La legitimidad política ya no depende solo de la verdad. Depende de la “viralidad”.
Esta nueva forma cambió la manera de la contienda electoral. Hoy los bots son verdaderos “soldados” invisibles de una campaña. Un bot no vota, pero puede parecer que millones de personas piensan igual. Esa es su función política real: fabricar una mayoría o consenso donde no lo hay. Amplifica un tema hasta instalarlo en la agenda. Ataca a un adversario sin dejar huella de autoría. Satura la conversación hasta desplazar el debate genuino.
Su efecto no es solo cuantitativo. Es también de manipulación psicológica. El votante promedio no distingue una cuenta real de una cuenta artificial. Cree ver una tendencia orgánica. Vota, en parte, sobre una ilusión.
Ya hemos sido testigos de algunas experiencias en este asunto. Un ejemplo de esto fue la elección de Estados Unidos, en el 2016, cuando Donald Trump enfrentó a Hillary Clinton. Se dice que es el caso fundacional. Como sabemos, la consultora Cambridge Analytica “influyó” en la opinión de millones de votantes. Cuentas vinculadas a operaciones externas a Estados Unidos amplificaron la desinformación en momentos clave. Los estudios posteriores no probaron que los bots decidieran la elección por sí solos. No obstante, sí probaron algo más inquietante: que la conversación pública fue deliberadamente distorsionada, y que nadie estaba preparado para detectarlo a tiempo.
Más cerca nuestro, en Brasil, 2018, Bolsonaro llegó al poder con una ofensiva masiva de WhatsApp y cuentas coordinadas. La desinformación migró del feed público al chat privado, un terreno aún más difícil de fiscalizar.
El patrón se repite en cada caso. Primero se satura la conversación. Después se polariza. Al final, se normaliza lo que antes era marginal.
Obviamente nuestro país no tiene por qué ser la excepción. Fue, quizás, un laboratorio tardío del mismo fenómeno.
¿Qué podemos hacer con este fenómeno? Chile necesita actuar, no solo debatir. Primero, implementar una fiscalización real. El Servel debe tener facultades explícitas para auditar el gasto en propaganda digital, incluyendo contratos con consultoras extranjeras. Segundo, conocer la trazabilidad de la información. Toda cuenta con comportamiento coordinado debe poder ser identificada y sancionada y también con la debida responsabilidad de las plataformas. Tercero, mejorar la alfabetización digital ciudadana. Ninguna ley reemplaza a un votante que sabe reconocer una campaña artificial cuando la ve.
La democracia no se defiende sola. Se defiende con instituciones sólidas y ciudadanos alertas y debidamente informados. El fenómeno de los algoritmos en la política ya llegó. Ahora se requiere la voluntad para que la deliberación pública quede protegida de la manipulación de los votantes fantasmas.
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