Opinión
¿Solo somos lo que hacemos?
Porque quizás una de las formas más silenciosas de exclusión comienza justamente cuando dejamos de preguntarle a alguien qué quiere hacer y empezamos a asumir que, por su edad, ya sabemos cuál es su lugar.
Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, rara vez respondemos solamente con nuestro nombre. Decimos: soy profesora, soy madre, soy dirigente, soy arquitecto, soy estudiante. Hablamos de nosotros a través de nuestros roles porque, en buena medida, ellos organizan nuestra vida, nos vinculan con otros y también construyen nuestra identidad.
Desde la terapia ocupacional sabemos que desempeñar roles significativos no es un asunto accesorio. Tener un lugar, una responsabilidad, algo que aportar y algo que otros esperan de nosotros forma parte de una vida con sentido.
Durante buena parte de nuestra vida, esos roles están bastante claros. En la infancia se espera que juguemos y aprendamos; luego somos estudiantes, amigos, hijos, hermanos. En la adultez, el trabajo toma un lugar central y, para muchos, se suman la maternidad, la paternidad y muchas responsabilidades familiares y sociales.
Hasta que llega un momento en que uno de esos roles —quizás el que durante más años estructuró nuestros días y explicó buena parte de quiénes éramos— desaparece, dejamos de trabajar. A veces por decisión propia. Otras, porque una edad escrita en alguna parte determina que llegó el momento de retirarse.
Y entonces pasa algo sobre lo que hablamos poco, la sociedad deja de ofrecer roles con la misma intensidad con que antes los asignaba.
Por supuesto, las personas mayores siguen siendo madres, padres, abuelos, amigos, vecinos, dirigentes. Muchas asumen además un papel fundamental como cuidadoras de nietos, parejas, familiares enfermos o personas en situación de dependencia. Es un aporte enorme, muchas veces invisible y pocas veces reconocido. Pero cabe preguntarse si cuidar es uno de los roles posibles o si, en demasiadas ocasiones, termina siendo uno de los pocos que dejamos disponibles.
Hablamos mucho de envejecimiento activo, inclusión y participación de las personas mayores. Creamos talleres, actividades y beneficios. Todo ello puede ser valioso. Pero participar no es solamente tener cosas que hacer. También es tener un lugar desde el cual ser necesario para otros.
Envejecer no debería significar la pérdida de la capacidad de ser alguien de quien se esperan decisiones, ideas, productividad y liderazgo, para restringir su rol al descanso o cuidado de otros. Quizás parte del desafío de una sociedad longeva esté precisamente ahí.
Necesitamos ampliar los roles posibles en la vejez. Ser mentor, trabajador, estudiante, voluntario, emprendedor, ciudadano que decide, vecino que transforma su comunidad. Y también roles que todavía no hemos imaginado, porque seguimos pensando la vejez con categorías construidas para sociedades mucho menos longevas que la nuestra.
El desafío no consiste en mantener ocupadas a las personas mayores. Consiste en construir una sociedad que siga esperando algo de ellas y les entregue oportunidades reales para aportar, elegir y pertenecer.
Porque quizás una de las formas más silenciosas de exclusión comienza justamente cuando dejamos de preguntarle a alguien qué quiere hacer y empezamos a asumir que, por su edad, ya sabemos cuál es su lugar.
Y hay una razón adicional para resolverlo: esa vejez no es la de otros. Si tenemos la suerte de vivir lo suficiente, será también la nuestra.
La pregunta, entonces, no es solamente qué rol tienen hoy las personas mayores, sino qué abanico de opciones de roles queremos que exista para nosotros cuando lleguemos allí.
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