Opinión
Fallo sistémico
Asistimos a una crisis mayor: lo que está en juego es lo humano. El ser humano, la humanidad, la dignidad de cada mujer y de cada varón que habitan el planeta quedan entre paréntesis.
Tenemos un problema mundial. Chile es solo uno de los involucrados, no hay que perder la perspectiva.
Hay cuatro amenazas mayores y ninguna nos afecta exclusivamente. Y hay una quinta que las atraviesa todas.
La primera es ecológica y medioambiental. Está a la vista: lluvias torrenciales en el norte y el sur; monocultivos en la Araucanía con impactos en la flora, la fauna y las comunidades; relaves mineros; incendios forestales favorecidos por el calor; basura; contaminación del aire; ruido y luz en exceso.
La segunda es un sistema financiero que no gobierna nadie, a no ser que la IA decida poner orden. Ni los empresarios, ni los inversionistas, ni los gobiernos controlan su funcionamiento: todos van detrás. Se separó de la sociedad y dejó de producir vínculos; circula, se multiplica y no deja detrás sino deuda. Eso no es un sistema social injusto: hoy por hoy es inimputable; a nadie se puede acusar.
La tercera es la guerra comercial abierta entre Estados Unidos y China. Con Donald Trump salió a la luz un enfrentamiento por la hegemonía mundial. Más allá del personaje y de los aranceles, se busca alinear a los demás países de un lado o de otro y enfrentarlos entre sí. El orden político internacional —la ONU en particular— ha perdido todo poder para gestionar los conflictos. La confianza, la buena fe y la negociación ceden el lugar al matonaje: la confianza, la buena fe y la negociación ceden el lugar a la imposición: abierta y arancelaria en el caso norteamericano; más silenciosa y económica en el caso chino. Nosotros somos, en esa disputa, moneda de cambio.
La cuarta son las migraciones, casi imposibles de controlar. Millones se desplazan por hambre, por clima, por guerras, y las sociedades que los reciben responden con miedo y muchas veces con crueldad. Personas y familias enteramente inocentes buscan sobrevivir, se les impide hacerlo y se las trata como delincuentes.
Y encima, en muy poco tiempo, ha irrumpido la inteligencia artificial. No es una amenaza más: es el ícono de la autonomía de la ciencia y de la técnica, que está por quitarnos las llaves de la casa y convertirnos en sus sirvientes. León XIV ha advertido en Magnifica humanitas, su primera encíclica, que la técnica no es neutral: “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. Pero incluso quienes invierten en su desarrollo saben que el muñeco puede arrancárseles con los tarros. Existe el peligro cierto de que la IA capture a la humanidad —máquinas decidiendo qué merece atención y quién es sospechoso— o de que la haga fracasar del todo. Igual de estremecedor es que el más maravilloso de todos los inventos del Homo sapiens pueda llevar las amenazas anteriores a su peor deriva. El escenario fatal se parecería a un manicomio donde ya no se distinga la verdad del error ni la realidad del simulacro, y donde lo humano acabe en ruinas que decoren la tierra como el Foro Romano en la Ciudad Eterna.
Estamos a un tris de un fallo sistémico: basta que uno se descontrole para que se activen los otros. La sequía expulsa, el expulsado asusta, el miedo vota, el gobierno que nace de ese miedo se desentiende del vecino y del derecho, y el mundo gira cada vez a mayor velocidad. En el barrio latinoamericano se suman el narcotráfico, que ya no es delincuencia sino poder paralelo, y la desigualdad. En Chile, dos cosas. Una, el iliberalismo que da mordiscos a la democracia. Otra, chispazos de inhumanidad con los migrantes, los jóvenes pobres y los “sospechosos”.
Asistimos a una crisis mayor: lo que está en juego es lo humano. El ser humano, la humanidad, la dignidad de cada mujer y de cada varón que habitan el planeta quedan entre paréntesis.
¿Qué hacer?
Revalorizar precisamente al ser humano, exaltar sus mejores logros, que no son simples herramientas —aunque en cierto sentido también lo sean— sino fines cuyo cultivo nos hace seres trascendentes: la fraternidad, la diplomacia, la magnanimidad, las buenas maneras, el respeto a los adversarios, el derecho y la gobernanza internacionales capaces de ponerle el cascabel a los tigres. Estas son preseas civilizatorias aquilatadas por siglos e incluso miles de años. Queda en manos de las sociedades que no se resignan, de las iglesias, de los países decentes, pues el ser humano puede perder todas las batallas, pero ganar la guerra si actúa a la altura de su vocación. La humanidad no tiene precio, aunque la pongan a la venta.
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