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Camilo Escalona y el tiempo largo de la política Opinión

Camilo Escalona y el tiempo largo de la política

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Jessica Cuadros Ibánez
Por : Jessica Cuadros Ibánez Economista, consultora internacional y ex consejera del BID
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Conocer a Camilo Escalona vuelve insuficientes las dos imágenes que disputan su memoria: la del hombre de aparato que redujo la política al poder y la del militante consecuente que dedicó su vida a una causa.


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Su trayectoria plantea un problema más difícil: cuánto puede cambiar la manera de hacer política sin que cambie también aquello para lo cual se hace.

Conocí a Camilo Escalona y me cuesta reconocerlo por completo en los retratos que siguieron a su muerte. La cercanía no concede un privilegio interpretativo; también puede deformar. Conservo, sin embargo, una impresión persistente: Escalona se tomaba la política en serio. Había ingresado a la Juventud Socialista a los trece años y murió siendo secretario general del mismo partido. Durante casi seis décadas cambiaron Chile, el socialismo y su propia manera de actuar. Él entendió esas transformaciones como expresiones de una misma fidelidad.

Nunca estuve segura de que esa continuidad fuera tan nítida como él parecía creer. Esa duda, más que la enumeración de sus cargos, es lo que vuelve interesante su trayectoria.

Escalona fue un hombre de poder. Construyó tendencias, contó votos, negoció candidaturas, armó mayorías y derrotó adversarios. Presidió varias veces el Partido Socialista y acumuló una influencia interna excepcional. Entendía las organizaciones y sabía utilizarlas. Su eficacia y el aparatismo que se le reprochó durante décadas nacían de una misma convicción: las ideas incapaces de organizar fuerza corren el riesgo de quedar reducidas a testimonio.

El Escalona que conocí no concebía el poder como un fin autosuficiente. Esa constatación no absuelve sus prácticas; vuelve más exigente el juicio sobre ellas. El problema no consiste en establecer si buscó poder, porque evidentemente lo hizo, sino en determinar hasta qué punto ese poder siguió siendo un instrumento de la causa que pretendía servir.

La derrota de 1973 marcó su respuesta. A los dieciocho años, el golpe lo convirtió en perseguido, clandestino y exiliado. Regresó clandestinamente años después para participar en la reorganización socialista, cuando el desenlace de la dictadura seguía abierto. Nosotros conocemos el final de esa historia; quien decidió volver no podía conocerlo. La memoria suele borrar el riesgo cuando ya sabe quién sobrevivió.

De aquella experiencia Escalona extrajo una lección que ordenó buena parte de su vida política: las convicciones no bastan sin mayorías capaces de sostenerlas. Desde allí se entienden su insistencia en la unidad socialista, el entendimiento con la Democracia Cristiana, la atención a las correlaciones de fuerza y, décadas después, el respaldo al gobierno de Gabriel Boric. Escalona condensó esa experiencia al recordar que los socialistas habían aprendido después del golpe que al presidente nunca se le deja solo. Recurrió a esa máxima cuando, tras la derrota constitucional de 2022, crecieron las críticas hacia La Moneda desde sectores del Socialismo Democrático.

No veo en ese recorrido una simple moderación producida por la edad. Veo una concepción de la política construida desde la derrota: transformar exige disponer de fuerza suficiente para hacerlo y conservar las condiciones que permiten continuar intentándolo. El muchacho de la voluntad se convirtió en el dirigente de la correlación de fuerzas.

Ese aprendizaje tuvo un costo. Quien conoce el precio del voluntarismo puede terminar concediendo demasiado a la prudencia. La unidad puede disciplinar el desacuerdo y las restricciones del presente adquirir la apariencia de límites permanentes. Escalona comprendió mejor que muchos que la voluntad no elimina las relaciones de fuerza. Le costó más reconocer los momentos en que esas relaciones comenzaban a cambiar.

Su posición frente a la Asamblea Constituyente mostró ese límite. En 2012 descartó ese camino mediante su conocida advertencia contra «fumar opio». Después de 2019 respaldó el proceso constituyente y reconoció que había utilizado una mala frase. El episodio no invalida su realismo, pero impide convertirlo retrospectivamente en clarividencia. Escalona sabía reconocer restricciones; algunas veces les concedió una duración que la historia no confirmó.

Pedro Lemebel introdujo una crítica más incómoda porque desplazó el problema desde el poder hacia la representación. Regresó a la población de la infancia y contrapuso al muchacho surgido entre familias obreras del sur de Santiago con el dirigente que había llegado al Parlamento y a la presidencia de su partido. Su crónica exageraba deliberadamente esa distancia y podía ser injusta con Escalona, pero señalaba una fractura real: quienes llegan al Estado desde el mundo popular pueden conservar su identidad política mientras ese mundo deja de reconocerse en ellos.

Esa objeción me interesa más que la acusación de aparatismo. La izquierda de la transición aprendió a construir acuerdos, administrar instituciones y asegurar gobernabilidad en una democracia condicionada por enclaves y poderes heredados de la dictadura. Eran capacidades necesarias, pero no aseguraban conservar la relación con los grupos sociales que habían constituido su referencia histórica. La continuidad de una identidad partidaria y la continuidad de una representación social son cosas distintas.

Allí encuentro el punto más incómodo de la crítica de Lemebel. Escalona podía permanecer sinceramente fiel al socialismo y, al mismo tiempo, haberse alejado del mundo social desde el cual esa identidad había adquirido originalmente su significado. Una cosa no refuta la otra. Precisamente por eso la contradicción resulta políticamente relevante.

El enfrentamiento con Gabriel Boric en 2016 trasladó esa tensión al juicio sobre la transición. Boric reprochaba a la Concertación haber aceptado demasiadas restricciones; Escalona exigía incorporar al análisis las relaciones de fuerza y las condiciones bajo las cuales se había recuperado la democracia. La discusión excedía a Aylwin. Trataba sobre quién podía definir lo políticamente posible.

Con los años, ambas posiciones perdieron parte de su autosuficiencia. La generación de Escalona había enfrentado restricciones efectivas, pero podía convertirlas en una explicación demasiado cómoda de aquello que no cambió. La generación de Boric percibió mejor el agotamiento de ese arreglo y luego enfrentó, desde el gobierno, límites que desde fuera parecían más fáciles de remover.

Escalona no utilizó esas dificultades para reivindicarse. Respaldó a un gobierno encabezado por quienes habían cuestionado a su generación y, después de la derrota constitucional de 2022, volvió a defender la necesidad de sostener al presidente. El juicio de Boric sobre la generación de la transición también se volvió más matizado. Al despedirlo destacó precisamente que Escalona había apoyado a su gobierno cuando habría sido más fácil mantenerse al margen. Las diferencias no desaparecieron; dejaron de necesitar la caricatura del adversario.

Hasta sus últimos meses Escalona intervino en las disputas del Partido Socialista e insistió en la unidad cuando volvieron a tensionarse sus sectores internos. Casi seis décadas después de ingresar a la Juventud Socialista seguía intentando mantener cohesionada la misma organización. Sería tentador llamar consecuencia a esa permanencia y dejar el juicio allí. No lo haré. Las organizaciones convierten convicciones en capacidad colectiva, pero desarrollan intereses propios; el poder permite realizar proyectos y genera incentivos para conservarlo. Escalona conoció esa dimensión material de la política mejor que muchos de sus críticos y, probablemente, confió demasiado en ella.

Tampoco idealizo por contraste aquella forma de militancia. Los antiguos partidos produjeron jerarquías, exclusiones y aparatos que contribuyeron a su descrédito. Nuestra política ha debilitado esas organizaciones sin demostrar que haya eliminado las ambiciones que las atravesaban. Tenemos identidades más portátiles, estructuras más frágiles y carreras personales capaces de sobrevivir a las convicciones que alguna vez las justificaron. No estoy segura de que eso constituya un progreso.

Por eso me resisto a ordenar retrospectivamente la vida de Escalona hasta hacerla coherente. El joven perseguido por el Estado terminó presidiendo el Senado; el socialista formado bajo expectativas revolucionarias defendió acuerdos con el centro; el dirigente que cuestionó a quienes impugnaban la transición sostuvo después el gobierno encabezado por esa generación. Lemebel añadió la contradicción más difícil: el muchacho surgido de una población obrera podía conservar su identificación socialista mientras aumentaba la distancia respecto del mundo del que provenía.

Conocerlo no resuelve esas tensiones. Me impide resolverlas demasiado fácilmente.

Acepto que Escalona creyó haber mantenido una continuidad entre el adolescente socialista, el clandestino, el dirigente de aparato, el concertacionista, el presidente del Senado y el secretario general que todavía reclamaba unidad al final de su vida. No le concedo, sin embargo, la última palabra sobre el significado histórico de esa continuidad.

Ahí sitúo su legado. No en la fidelidad abstracta a un partido ni en la reivindicación tardía de la Concertación, sino en una contradicción que la izquierda chilena todavía no resuelve: necesita organizaciones capaces de construir poder sin permitir que su conservación sustituya a la causa; necesita reconocer restricciones sin transformarlas en excusas; necesita gobernar sin perder la relación con aquellos en cuyo nombre pretende hacerlo.

Camilo Escalona dedicó casi toda su vida a enfrentar esas tensiones. Algunas veces encontró respuestas eficaces y otras confundió los límites de su tiempo con los límites de la política.

Lo conocí lo suficiente para no convertirlo ahora en un personaje más cómodo de lo que fue.

Y para pensar que la forma menos complaciente de recordarlo es seguir discutiendo con él.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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