Opinión
Crédito imagen: por jcomp en Magnific
El desafío de criar en tiempos de pantallas y apuestas online
Criar niños y adolescentes nunca ha sido sencillo, pero hay algo que parece haber cambiado en la percepción de los adultos: hoy una parte importante de las amenazas ya no está necesariamente fuera de la casa. Está dentro, al alcance de la mano y muchas veces en una pantalla.
En el GPS Ciudadano quisimos conocer cómo las personas perciben actualmente la crianza de los menores de edad, qué dificultades identifican y cuáles consideran que son las principales amenazas para su desarrollo. Y la respuesta resulta bastante categórica: cuando se pregunta por los mayores desafíos para una crianza adecuada en Chile, el exceso de pantallas y redes sociales aparece en primer lugar, mencionado por un 62,4% de los entrevistados. Le siguen la falta de disciplina o límites, con 51,3%, y la falta de tiempo de padres y cuidadores, con 46,8%.
Dentro de este nuevo escenario existe además un fenómeno más específico y relativamente reciente que comienza a adquirir nombre propio en la conversación pública: las apuestas en línea.
Un 57,2% de las personas consultadas declara sentir “mucha” o “bastante” preocupación porque las apuestas online puedan convertirse en un problema para los menores de 18 años. Si agregamos a quienes manifiestan “alguna preocupación”, la cifra llega al 79,8%. Solo un 4,1% dice no sentir ninguna inquietud frente al tema.
Es un nivel de preocupación bastante transversal. Sin embargo, el aparente consenso comienza a desarmarse apenas cambiamos la pregunta desde “¿esto le preocupa?” hacia “¿qué deberíamos hacer frente a ello?”.
Un 58,4% de los entrevistados considera que el Estado debería mantener prohibidas las apuestas en línea, mientras un 41,6% cree que deberían autorizarse y regularse. Y aquí empiezan a aparecer diferencias relevantes: las mujeres son bastante más restrictivas que los hombres: 67,3% prefiere mantener la prohibición, frente a 49,1% de ellos. En tanto, las personas de entre 35 y 44 años se muestran más abiertas a la regulación: 52,3% la prefiere, frente a solo un 31,5% entre los mayores de 55 años.
Dicho de otra forma, tenemos bastante acuerdo respecto de la existencia de un problema, pero mucho menos respecto de la forma de enfrentarlo. No es un consenso sobre las soluciones; es un consenso sobre el malestar.
Y esa ambivalencia se vuelve todavía más interesante cuando diferenciamos entre quienes efectivamente tienen a su cargo el cuidado cotidiano de menores de edad y quienes no.
Un 37,9% de los entrevistados se declara cuidador principal de un menor de 18 años en su hogar. Cuando observamos sus respuestas, descubrimos que la experiencia concreta de la crianza parece ordenar de manera diferente algunas prioridades.
Por ejemplo, los cuidadores principales atribuyen bastante más importancia a la posibilidad de compatibilizar el trabajo con la crianza (23,2%, frente a 14,4% entre quienes no son cuidadores) y menos a las preferencias personales respecto de la maternidad, la paternidad y el estilo de vida (14,7%, frente a 26,5%).
Pero quizás el dato más llamativo aparece cuando dejamos de preguntar por percepciones y observamos las propias conductas de los adultos. Un 26,2% de los cuidadores principales reconoce haber apostado dinero a través de internet o de una aplicación durante los últimos 12 meses. Entre quienes no cuidan menores en su hogar, la cifra es de 13,5%. Es casi el doble.
El dato desordena un poco el sentido común. Podríamos imaginar que quien tiene niños o adolescentes bajo su responsabilidad estaría más alejado de una conducta que identifica como potencialmente riesgosa para ellos. Sin embargo, encontramos precisamente lo contrario: quienes viven bajo el mismo techo que menores de edad son también quienes declaran apostar online con mayor frecuencia.
La paradoja continúa cuando preguntamos por la preocupación. Contra lo que probablemente muchos esperarían, quienes no son cuidadores principales se muestran más inquietos por el efecto que las apuestas online podrían tener sobre niños y adolescentes: un 61,7% declara sentir mucha o bastante preocupación, frente a un 49,8% entre quienes sí tienen a menores bajo su cuidado.
¿Cómo interpretar esa diferencia? Una posibilidad es que la cercanía con la crianza cotidiana transforme el temor abstracto en una evaluación más práctica de los riesgos. Quienes crían se enfrentan diariamente a múltiples preocupaciones (tiempo, trabajo, límites, redes sociales, seguridad, educación, etc.) y las apuestas online pasan a formar parte de un conjunto mucho más amplio de dificultades. Quien observa el fenómeno desde fuera puede, en cambio, asignarle un peso distinto.
Algo parecido podría estar ocurriendo con la regulación. Los cuidadores principales están más dispuestos a que el Estado autorice y regule las apuestas online: un 46,6% se inclina por esa alternativa, frente a un 38,5% entre quienes no tienen esa responsabilidad. Entre estos últimos, un 61,5% prefiere mantenerlas prohibidas.
Nuevamente aparece una tensión interesante. Quien vive la crianza de cerca parece algo más dispuesto a confiar en una regulación que module un fenómeno que ya existe y que convive cotidianamente con plataformas digitales, publicidad y aplicaciones a las que los adultos -y muchas veces también los menores- están expuestos.
Esta discusión no está ocurriendo solo en las familias o en las encuestas. También llegó al Congreso. Desde marzo de 2022 se tramita un proyecto de ley destinado a regular las plataformas de apuestas en línea. Entre otras materias, la iniciativa contempla modificaciones a la institucionalidad encargada de su fiscalización, un régimen tributario para las plataformas, un Registro Nacional de Autoexclusión y restricciones a la publicidad. En la propia discusión legislativa ha aparecido explícitamente la preocupación por los problemas de ludopatía y su eventual afectación en niños, niñas y adolescentes.
Y no se trata únicamente de una preocupación moral o cultural. La salud mental lleva tiempo observando estos fenómenos. El trastorno por juego o gambling disorder forma parte de la Clasificación Internacional de Enfermedades y se caracteriza, entre otros aspectos, por la pérdida de control sobre las apuestas, la creciente prioridad que estas adquieren frente a otras actividades y la persistencia de la conducta a pesar de sus consecuencias negativas.
Recientemente, la Organización Mundial de la Salud incorporó también el llamado trastorno por videojuegos o gaming disorder, definido a partir de patrones semejantes de pérdida de control y predominio progresivo de la conducta sobre otros intereses y actividades. La OMS advierte que solo una proporción pequeña de quienes juegan desarrolla este trastorno. Sin embargo, niños y adolescentes constituyen una población que merece especial atención, precisamente porque se encuentran en una etapa de desarrollo cognitivo y emocional en que el control de impulsos todavía se está formando.
Por eso, la preocupación que vemos entre los entrevistados no surge en el vacío. Es la expresión de una transformación más amplia del entorno en el que estamos criando.
Durante décadas, buena parte de la preocupación adulta estuvo puesta en los espacios físicos que habitaban niños y adolescentes: dónde estaban, con quiénes se relacionaban, a qué hora volvían a casa. Hoy una proporción considerable de su vida también ocurre en un espacio digital. Y eso obliga a hacernos nuevas preguntas.
Ya no basta con saber cuánto tiempo pasan frente a una pantalla. También importa saber qué encuentran dentro de ella, qué conductas se normalizan, qué publicidad reciben, qué modelos observan y cómo los adultos acompañamos esa experiencia.
En ese sentido, quizás la principal pregunta que deja este GPS Ciudadano no sea si nos preocupa que las apuestas online puedan afectar a los menores. Los datos muestran que sí, y bastante. La pregunta más incómoda es qué distancia existe entre esa preocupación y nuestras propias prácticas.
Porque los resultados muestran una brecha: quienes no crían manifiestan mayor alarma, mientras quienes sí lo hacen apuestan online en mayor proporción y están algo más abiertos a regular la actividad en vez de prohibirla.
Esa distancia entre lo que nos preocupa, lo que hacemos y lo que esperamos que haga el Estado es probablemente donde está la discusión más interesante. Y cualquier política pública que pretenda abordar este fenómeno tendrá que hacerse cargo de esas tres dimensiones: de la preocupación social, de las prácticas que ya existen y de un entorno digital en el que prohibir, regular y educar son debates que inevitablemente terminarán cruzándose.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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