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La Asturias americana: una diáspora que construyó instituciones Opinión Crédito foto: bandera Asturias

La Asturias americana: una diáspora que construyó instituciones

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Manuel Férez
Por : Manuel Férez Candidato a doctor en sociología, Universidad Alberto Hurtado
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La diáspora asturiana en América Latina no es una historia de números fríos ni estadísticas abstractas. Es, sobre todo, un relato de partidas, maletas, cartas y vínculos que, más de un siglo después, siguen uniendo ambos lados del Atlántico.


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Entre mediados del siglo XIX y la primera mitad del XX, alrededor de 300.000 asturianos abandonaron una región que no podía ofrecerles perspectivas de futuro. Lo que comenzó con decisiones familiares e individuales terminó convirtiéndose en un fenómeno colectivo que transformó Asturias y dejó una huella profunda en las sociedades americanas.

La emigración tuvo causas concretas. Precariedad del mundo rural, crisis agrarias, fragmentación de la propiedad y dificultades para absorber una población creciente empujaron a miles de jóvenes a buscar oportunidades fuera. También pesaban el largo servicio militar y las redes migratorias que reducían la incertidumbre: quien tenía un hermano, un vecino o un paisano en La Habana, Buenos Aires o Ciudad de México sabía que ahí podía encontrar ayuda.

Los puertos de A Coruña y Vigo fueron durante décadas grandes puertas de salida, a las que se sumó Gijón. El viaje suponía un esfuerzo económico y muchas familias recurrieron al crédito para financiarlo. Algunos emigrantes partían siendo adolescentes. La promesa era trabajar, ahorrar y regresar pero si bien muchos volvieron, otros se quedaron definitivamente iniciando una vida transatlántica en la que el regreso fue un proyecto o mera nostalgia.

Cuba fue durante décadas el principal destino. La isla ofrecía oportunidades en el comercio, los servicios y la agricultura, aunque la llegada no garantizaba prosperidad. Los recién desembarcados enfrentaban empleos precarios, enfermedades y explotación. La experiencia de centros de cuarentena como Triscornia recuerda que el viaje americano no comenzaba necesariamente con el éxito imaginado.

Los cambios políticos y económicos de finales del siglo XIX redirigieron parte de los flujos hacia Argentina y México que se consolidaban como destino gracias a las redes familiares y comerciales. Chile, Uruguay, Venezuela y Puerto Rico también formaron parte de este mapa migratorio. Las cifras permiten medir su dimensión: se calcula que unos 200.000 asturianos salieron entre 1850 y 1900, y unos 100.000 lo hicieron a inicios del siglo XX.

Allí donde llegaron los asturianos crearon sociedades de beneficencia, mutuales, casas regionales y centros culturales. Antes de los modernos sistemas públicos de protección social, estas organizaciones ofrecían atención médica, ayuda económica, contactos laborales y apoyo a los inmigrantes.

El Centro Asturiano de La Habana se convirtió en una de las instituciones más importantes de la colectividad española en Cuba. En Argentina, el Centro Asturiano de Buenos Aires, fundado en 1913, se integró en una ciudad donde las asociaciones de inmigrantes desempeñaban un papel central. En México, el proceso siguió un camino particularmente interesante: el Centro Asturiano de México nació en 1918 a partir de la iniciativa de crear un equipo de fútbol, el Club Asturias, que sirviera como punto de unión. Fundado el 7 de febrero de 1918, el Club Asturias llegó a ser uno de los equipos pioneros del fútbol mexicano. El proyecto deportivo terminó dando origen a una institución social, cultural y recreativa más amplia: el fútbol funcionó como espacio de encuentro y como forma de transformar el paisanaje en comunidad organizada.

Esta historia tiene, además, una dimensión personal. Soy pariente de Ramón Zavala Valdéz, quien jugó en el Asturias de México. Esa conexión familiar ofrece una ventana a la dimensión humana de la diáspora. Detrás de las grandes cifras y de las instituciones había trayectorias individuales: jóvenes que emigraban, encontraban trabajo, formaban familias y, en algunos casos, incorporaban el deporte y la vida asociativa a una nueva experiencia americana. El Asturias fue, para muchos de ellos, más que un equipo: era un espacio donde la pertenencia regional encontraba una expresión pública en tierras mexicanas.

Los centros cumplían una función semejante en otros ámbitos. Proporcionaban información, empleo y una primera red de confianza, relaciones sociales y contactos comerciales mientras que las actividades culturales mantenían una memoria común. La pertenencia asturiana no impidió una incorporación profunda a las sociedades de acogida. Los emigrantes se casaron, formaron familias, invirtieron y participaron en la economía de sus nuevos países. Sus hijos y nietos fueron argentinos, mexicanos, cubanos, chilenos, pero conservando una relación con Asturias a través de la familia y las asociaciones. Más que sustituirse, las identidades se superponían.

José Menéndez Menéndez, nacido en Asturias, construyó una importante fortuna comercial y ganadera en la Patagonia y pasó a la historia como el “rey de la Patagonia”. Su trayectoria ilustra las posibilidades de ascenso económico abiertas por la emigración, aunque también forma parte de una historia más compleja vinculada a la expansión empresarial en los territorios australes.

En México, los asturianos tuvieron una presencia especialmente significativa en el comercio. Las redes de paisanaje funcionaban como mecanismos de incorporación: un joven podía llegar recomendado por un familiar o vecino, encontrar su primer empleo y, con los años, convertirse en socio o propietario. Algunos crearon grandes empresas; muchos más construyeron pequeños y medianos negocios de importancia colectiva.

En Chile y Argentina la presencia asturiana dejó también una red institucional. En Santiago, organizaciones como la Colectividad Asturiana de Santiago de Chile han contribuido a preservar una memoria específicamente asturiana dentro de una colectividad española más amplia. Argentina mantiene una geografía asociativa extensa, con centros en Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Mendoza y otras ciudades. El Centro Asturiano de Comodoro Rivadavia, uno de los más australes del mundo, muestra hasta dónde llegaron esas redes.

La cultura fue otro vehículo de continuidad, y pocas fechas expresan mejor ese vínculo que el 8 de septiembre. Ese día se celebra la festividad de la Virgen de Covadonga, la Santina, patrona de Asturias, y desde 1984 es también oficialmente el Día de Asturias. Para las comunidades emigradas, esta coincidencia convierte la fecha en un punto de encuentro anual con la tierra de origen. La devoción a Covadonga se extendió por los Centros Asturianos fuera del Principado. Las celebraciones permiten reproducir, adaptadas al contexto americano, prácticas del calendario asturiano: encuentros, comidas, música, danzas y actos organizados por las asociaciones. La gaita, la sidra, la fabada o las referencias a Covadonga funcionan como una conexión periódica con el lugar de origen. No se trata de conservar intactas unas costumbres, sino de recrearlas a miles de kilómetros y transmitirlas a generaciones que quizá nunca han vivido en Asturias.

El fenómeno de los llamados indianos completa el círculo. Quienes regresaron con capital de la aventura americana dejaron una huella visible en pueblos y ciudades. Las casas de indianos son su símbolo más conocido, pero su impacto incluyó también escuelas, obras de beneficencia e inversiones. Incluso quienes no regresaron definitivamente siguieron transformando sus lugares de origen mediante remesas.

Hoy la Asturias exterior tiene un rostro diferente. Hay más de 150.000 personas inscritas como asturianas en el extranjero, y aproximadamente tres cuartas partes residen en América. Argentina, México y Cuba concentran buena parte de esas inscripciones. Las cifras actuales reflejan cada vez menos una emigración contemporánea y cada vez más la continuidad de comunidades creadas hace generaciones.

Ese cambio plantea nuevos retos. Muchas asociaciones latinoamericanas envejecen y ya no reciben un flujo comparable de emigrantes nacidos en Asturias. Al mismo tiempo, la inscripción de hijos, nietos y otros descendientes amplía formalmente la Asturias exterior. El desafío consiste en mantener una relación efectiva con generaciones que nunca han vivido en la región y renovar instituciones fundadas para una realidad migratoria muy distinta. La respuesta pasa por intercambios culturales, viajes de descendientes, actividades educativas y programas de retorno. También requiere encontrar nuevas maneras de activar una pertenencia heredada. En ese sentido, una celebración anual como la del 8 de septiembre o la continuidad de instituciones centenarias siguen cumpliendo una función esencial: dar un lugar concreto a una comunidad separada de su tierra de origen por miles de kilómetros.

La diáspora asturiana demuestra que emigrar no significa simplemente abandonar un lugar para llegar a otro. Los asturianos que cruzaron el Atlántico transformaron los países donde se instalaron y, al mismo tiempo, cambiaron la Asturias que habían dejado atrás. Construyeron instituciones de ayuda mutua, facilitaron la incorporación de nuevos emigrantes y transmitieron una herencia que sobrevivió incluso cuando el retorno dejó de ser posible.

Por eso los centros que todavía funcionan en América Latina no son únicamente reliquias de una emigración desaparecida. Son el resultado de un proceso histórico que sigue adaptándose. Cada casa de indiano en Asturias, cada celebración de Covadonga y cada institución creada al otro lado del Atlántico cuentan, desde una perspectiva distinta, la historia de una comunidad que encontró formas de mantener vivo su vínculo con Asturias.

Esa quizá sea la principal lección de esta diáspora: su legado no depende de conservar intacto un pasado, sino de la capacidad de transmitirlo y darle nuevos significados. Más de un siglo después de las grandes partidas, Asturias sigue presente al otro lado del Atlántico.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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