Opinión
La escuela no debe evitar el once de septiembre
Dejar de tratar el once de septiembre como un problema que administrar y abordarlo como una oportunidad para enseñar. Elegir mirar el pasado para actuar en el presente, en formas que nos conduzcan a los futuros que queremos habitar.
Cada año, en la medida que se acerca el 11 de septiembre, la misma escena se repite en escuelas muy distintas entre sí. Frente a la pregunta de si abordar la fecha y lo que esta significa para nuestro país, muchos directivos optan por “hacerle el quite”. La instrucción implícita es clara: el tema es sensible y, a más de cincuenta años, sigue generando tensión; por lo tanto, lo mejor es evitar el conflicto. No se trata de cobardía o falta de compromiso democrático necesariamente. A veces es solo pragmatismo. Los equipos directivos de este país hoy cargan con una lista de urgencias que no para de crecer: convivencia, salud mental, resultados académicos, múltiples exigencias burocráticas, nuevas leyes que aplicar. No hablar sobre el once de septiembre puede ser, simplemente, optar por no añadir un nuevo tema a la lista de situaciones complejas a gestionar.
Pero es un error por al menos dos razones.
Y ambas debieran importarle mucho a quienes dirigen las escuelas de nuestro país.
La primera tiene que ver con el sentido temporal de esta fecha. El 11 de septiembre es un día sobre el pasado y la memoria, pero es también una pregunta sobre el futuro y el tipo de democracia queremos construir. Cuando una escuela decide que el tema es demasiado delicado para ser conversado, no está protegiendo la neutralidad. Está enseñando, sin decirlo, que hay preguntas sobre nuestra vida en común que es mejor no hacerse.
La escuela, por cierto, no solo debe hacer preguntas sino también entregar herramientas para responderlas. Y aquí es importante enfatizar un punto clave: no todo en el once de septiembre es controversial (en el sentido de debatible), ni todo debe tratarse como si lo fuera. Es algo que nos enseña la educación democrática: la defensa irrestricta de la democracia y de los derechos humanos no es una posición más dentro de la discusión; es la condición que hace posible que la diferencia exista. Lo que sí admite (y necesita) discusión es cómo llegamos hasta ahí, qué hizo posible lo que ocurrió, qué tensiones sociales y políticas venían acumulándose. Todo eso puede hacerse sin relativizar la centralidad del compromiso democrático. Dicho de otro modo: no es lo mismo preguntarse por qué hubo personas que apoyaron, promovieron o incluso celebraron el golpe, que justificar esa posición desde un punto de vista ético y político. Lo primero es comprensión histórica y es indispensable, porque un fenómeno que no se entiende no se puede prevenir. Lo segundo es una opción distinta, y la escuela no está obligada a ella. Una educación verdaderamente democrática debe ser capaz de sostener ambas cosas en un mismo movimiento: comprender sin justificar. Eso es difícil y, por eso mismo, hay que enseñarlo.
La segunda razón es incluso más práctica y, quizás por eso, más urgente. Al ignorar una situación tensa para evitar generar un conflicto, la escuela también pierde la oportunidad de preparar a su comunidad para aquellos conflictos de convivencia que vive todos los días y que son hoy la principal preocupación de directivos, docentes y apoderados. Como ya hemos dicho, el abordaje del once de septiembre desde una educación democrática entrega un modelo especialmente valioso para eso. Muestra cómo puede convivir la comprensión de un fenómeno complejo (¿qué conflicto no lo es?) con la definición y la defensa de aquello que una comunidad considera intransable. Enseña así que no cualquier mecanismo para terminar con un conflicto es válido, porque algunos destruyen precisamente aquello que nos permitía coexistir en primer lugar. Esa es una lección que se aplica directamente a las situaciones cotidianas de convivencia escolar y la razón por la que el diálogo democrático no es un privilegio, sino que una herramienta para el funcionamiento de una escuela.
Esta lección no se adquiere por ósmosis. La democracia no es un estado natural de las cosas, sino un sistema que construimos y que tenemos que sostener constantemente. Las herramientas para habitar el desacuerdo sin destruirnos (escuchar antes de responder, distinguir la persona del argumento, reconocer qué es aquello que no podemos poner en discusión pues arriesga destruir la posibilidad misma de discutir) se aprenden. Cuando eso no ocurre, la sociedad entera padece las consecuencias. La escuela no es la única responsable de ello, pero no puede tampoco ignorar su rol en esta tarea colectiva.
Por supuesto, no podemos pedirle a cada escuela que resuelva esto sola ni de un día para otro. Los equipos directivos necesitan apoyo concreto para abordar temas controversiales desde una educación democrática, y ese es un desafío pendiente que nos involucra a todos quienes trabajamos en formación ciudadana. Pero el punto de partida es una decisión que sí está en manos de cada comunidad escolar: dejar de tratar el once de septiembre como un problema que administrar y abordarlo como una oportunidad para enseñar. Elegir mirar el pasado para actuar en el presente, en formas que nos conduzcan a los futuros que queremos habitar. Ese es el sentido último de la enseñanza de la Historia, y no hay mejor semana en el año para recordarlo.
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