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Soberanía se escribe con “R” de Región: el eslabón perdido del desarrollo chileno Opinión

Soberanía se escribe con “R” de Región: el eslabón perdido del desarrollo chileno

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Luperfina Rojas Escobar
Por : Luperfina Rojas Escobar Rectora de la Universidad de La Serena y Presidenta Alterna AUR
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La promesa de la descentralización ha sido el caballito de batalla de innumerables campañas propagandísticas, pero los avances siguen siendo indiscutiblemente lentos y los resultados mezquinos.


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La agenda internacional hoy cruza un terreno minado de conflictos bélicos y amenazas latentes. Un panorama inestable, alimentado por rencores históricos mal resueltos y por liderazgos que, para blindarse puertas adentro, optan por atizar el fuego con sus vecinos. En este complejo tablero, la tradicional diplomacia chilena, impulsada históricamente bajo una mirada de Estado orientada a la buena vecindad y la prevención de conflictos, ha sido un escudo valioso. Sin embargo, no podemos pecar de ingenuos: Chile es un país estructuralmente vulnerable y su seguridad a largo plazo requiere de una soberanía robusta que se construya, urgentemente, desde el interior de sus propias fronteras.

Esa vulnerabilidad es una realidad geográfica y social insoslayable. Compartimos más de 7.801 kilómetros de frontera terrestre con tres países vecinos.  Una línea limítrofe inmensa donde hoy se cruzan desafíos tan delicados como la migración desregulada, el avance de bandas criminales transnacionales, la administración de recursos hídricos compartidos y el control de decenas de pasos habilitados y clandestinos. A esto debemos sumar la presión constante de flotas pesqueras extranjeras sobre nuestra riqueza marítima y la inminente reactivación de las legítimas aspiraciones antárticas, cuyo tratado internacional enfrenta años decisivos para su renovación.

Frente a este mapa de presiones externas, nuestra fragilidad interna se vuelve compleja. Chile es una delgada franja de 4.300 kilómetros de largo con un ancho promedio de apenas 180 kilómetros. Dependemos casi exclusivamente de un hilo conductor, la Ruta 5, para mantener la conectividad terrestre de la nación; una arteria que, ante cualquier catástrofe natural, sismo o temporal, corre el riesgo de fracturarse y dejar al país aislado.

Esta característica física se agrava por una centralización crónica. El 40% de la población vive concentrada en Santiago, donde también se acumulan el aparato productivo, los beneficios del desarrollo y la toma de decisiones políticas y económicas.  Un diseño que podría considerarse anómalo y geopolíticamente peligroso, porque ignora la inmensa riqueza que el resto de las regiones aporta diariamente al país. Chile, fuera de Santiago, es una potencia mundial en cobre, litio, celulosa, agricultura de exportación, pesca y acuicultura; además de albergar un potencial único en astronomía, energías renovables y patrimonio natural.

La promesa de la descentralización ha sido el caballito de batalla de innumerables campañas propagandísticas, pero los avances siguen siendo indiscutiblemente lentos y los resultados mezquinos. La gran contradicción es que, a pesar de contar con un Congreso donde el 60% de las y los legisladores representa formalmente a las regiones afectadas por el centralismo, se siguen aprobando leyes y políticas públicas diseñadas con un molde capitalino.

Para afianzar la soberanía nacional es indispensable dotar de presupuestos reales, mayores competencias y autonomía fiscal a los Gobiernos Regionales y municipios. Son las autoridades locales quienes mejor conocen las necesidades de su territorio y pueden dinamizar la infraestructura y la economía local. El desarrollo económico armónico y territorialmente equilibrado es la base de nuestra seguridad nacional, demostrado por la experiencia categórica de los países más desarrollados; aquellos que ocupan su territorio de manera equilibrada y descentralizan el gasto público, gozan de menores tensiones sociales, mayor estabilidad y, por consiguiente, una soberanía más sólida.

Pero este nuevo pacto territorial requiere de un motor intelectual y técnico in situ. Los territorios más prósperos del mundo son aquellos que cuentan con universidades locales robustas, y con un fuerte respaldo de sus gobiernos. En Chile, las universidades creadas por y para las comunidades regionales han demostrado, a pesar de presupuestos históricamente exiguos y un centralismo dominante, una excelencia académica sobresaliente y reciben un respeto incuestionable por parte de la población.

Estas instituciones aportan la formación de capital humano especializado que las regiones necesitan para dejar de depender de la capital; también producen investigación pertinente para resolver problemas locales, resguardan el patrimonio cultural y se articulan de manera directa con los servicios públicos y los sectores sociales, culturales y productivos de cada zona.

La conclusión es evidente, si Chile aspira a un desarrollo económico real, a un equilibrio territorial justo y a resguardar de forma efectiva su soberanía y seguridad frente a los desafíos globales, el camino no es seguir engrosando el centro, la única alternativa es fortalecer de manera decidida a las regiones y, en especial, a las universidades regionales que sostienen el desarrollo y la identidad de nuestro territorio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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