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Patriotismo y lenguaje político
Decir que una medida conviene al sector que uno representa y que además, por estas razones concretas, conviene al país, es una frase que se puede discutir, refutar con datos y perder honestamente.
Cada año, en Chile, la semana en que se discute lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973 es la misma en que empieza a colgar la bandera para el 18. Dos gestos que apuntan en direcciones distintas conviven en siete días, y la costumbre los ha vuelto tan naturales que la contradicción ya no se nota.
Este año quedó más a la vista: el gobierno anunció que no habrá acto oficial por los 53 años del golpe, mientras un partido de su propia coalición organizaba por su cuenta un acto para la misma fecha. La discusión que siguió fue la de siempre: quién tiene derecho a hablar en nombre del país, y ahí conviene detenerse, pues decir quién quiere más a Chile tropieza con un problema anterior y desconoce el framing que involucra cualquier respuesta.
La derecha busca figurar como dueña natural del patriotismo, heredera de la bandera, el himno y la cueca del 18, los símbolos de lo que suele llamarse la tradición chilena, mientras la izquierda parece incómoda con esos mismos símbolos, como si amar a Chile fuera sospechoso. Michael Billig llamó a esto nacionalismo banal: la bandera que no se agita sino que cuelga, y que opera justamente porque nadie la mira, porque ya es parte del paisaje y nadie la vigila.
La bandera casi nunca aparece sola: respalda algo concreto, y ahí es donde puede medirse el amor a Chile. El proyecto de seguridad que el gobierno ingresó en agosto se presentó como defensa del país frente al crimen organizado, con un estado de excepción nunca antes visto en democracia. La resistencia sorpresiva vino desde su propia coalición: un sector advirtió que dañaba la institucionalidad, otro que ponía en riesgo el Estado de derecho.
Constitucionalistas de distinto signo coincidieron en que el plazo era desproporcionado frente a los 15 días que rigen otros estados de excepción, y a fines de agosto el proyecto quedó en pausa. Lo que falló ahí no fue el bloqueo del adversario: fue que la medida no pasó la prueba de servirle al país entero, aplicada por gente que comparte la misma y excluyente bandera.
En la izquierda opera un mecanismo distinto pero igualmente automático. El pueblo funciona en su discurso como la bandera en el de derecha: suena a interés general por defecto. Laclau lo explicó bien: es un significante que hoy día necesita contenido, vacío, cuya fuerza viene precisamente de que puede alojar contenidos muy distintos sin perder legitimidad.
Cada sector lo explica en su propio idioma, gobernabilidad de un lado, representación organizada del otro, pero el efecto más verificable es el mismo: proteger a los que ya están adentro de los que intentan entrar. Izquierda y derecha no son equivalentes aquí: cada una usa su idioma para el mismo fin, y esta vez ni la bandera ni el pueblo hicieron falta. Orwell distinguía el patriotismo, apego a un lugar sin ánimo de imponerlo, del nacionalismo, inseparable del deseo de poder.
Chile tiene un motivo particular para tomarse esto en serio: ya pagó dos veces por no hacerlo. Ambos procesos constitucionales fracasaron por muchas razones, y una de ellas es que cada sector ofreció como país un texto que sólo su propio sector habría firmado, presentándolo como el interés de todos. La ciudadanía aprendió a descontar el lenguaje antes de escuchar el contenido, que es más o menos lo que muestran las mediciones cuando ubican a los partidos, elección tras elección, en el último lugar de la confianza institucional.
El patriotismo debe ser una disciplina: defender lo que le sirve a gente que no va a votar por uno nunca, pudiendo explicar por qué sin falacias. Como diría Rawls, la exigencia mínima no es renunciar al interés propio, porque la política se hace con intereses y no contra ellos; es declararlo. Decir que una medida conviene al sector que uno representa y que además, por estas razones concretas, conviene al país, es una frase que se puede discutir, refutar con datos y perder honestamente.
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