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Soberanía: nuestro lugar en el mundo Opinión Archivo

Soberanía: nuestro lugar en el mundo

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Teólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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El vocabulario del corolario nos suena familiar porque es el nuestro. Seguridad, civilización, frontera, presencia efectiva: con esas mismas palabras el Estado chileno justificó la ocupación de la Araucanía.


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El 23 de agosto, el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Valverde, declaró que “Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía”. El 2 de septiembre Kast le respondió desde Punta Arenas. Al día siguiente Milei llegó a La Moneda, conversó 40 minutos con su par chileno y ambos firmaron un comunicado donde Argentina reconoce la soberanía chilena sobre el Estrecho y la plena vigencia de los tratados de 1881 y 1984. La prensa lo leyó como una distensión. El papel dice otra cosa.

Buenos Aires repitió lo que los tratados ya establecen. El Decreto 457, que aprueba la Directiva de Política de Defensa Nacional argentina y describe el Estrecho y el Mar de Drake como espacios de exploración, estudio y control conjunto, sigue vigente desde julio de 2021. Chile protestó ese mismo año mediante la Nota 7285. En marzo de 2025 el gobierno de Milei reconoció por escrito que la formulación constituía un error y prometió dejarla sin efecto con una nueva directiva que hasta hoy no existe.

El ministro Fernando Barros alcanzó a anunciar que el texto derogatorio esperaba la firma presidencial. Milei viajó a Santiago sin firmarlo. A cambio de esa promesa reiterada, Kast ratificó el respaldo chileno a los derechos de soberanía argentinos sobre Malvinas y comprometió gestiones para impedir actividades logísticas unilaterales en la zona disputada, que se ejecutan desde Magallanes. Veinticuatro horas más tarde, el canciller Pablo Quirno describía a su país como bioceánico.

En estos seis meses de gobierno, la Cancillería no ha hecho más que enviar notas y repetir recordatorios en cada reunión. Apretar a Milei significaría dañar la pieza central del proyecto internacional del gobierno y ninguna burocracia diplomática exige con firmeza aquello que sus superiores decidieron no arriesgar. Lo que paraliza a la Cancillería es la afinidad. Detrás de esa parálisis está la creencia de que el alineamiento con Washington cubre por sí solo el resto de nuestros asuntos.

El episodio austral muestra lo cara que sale esa creencia. Milei es el aliado predilecto de la Casa Blanca en la región, el que recibió una línea de crédito de 20 mil millones de dólares en 2025, el que encabeza el bloque ideológico al que Kast también pertenece. Cuando la controversia se da entre dos socios del mismo club, el patrón no arbitra a favor del más leal. Y ese mismo día, antes de entrar a La Moneda, Milei se reunió en Santiago con la subsecretaria de Estado para la Diplomacia Pública de Estados Unidos para hablar de Malvinas, después de que Trump declarara que Washington está revisando todas sus posiciones sobre el diferendo. El respaldo chileno a la causa argentina, sostenido durante décadas por razones propias, es hoy una carta que se juega en otra parte.

Nada de esto empezó en marzo. Para tener política exterior hay que saber qué se es, y en Chile la pregunta se da por zanjada desde hace dos siglos.

La respuesta oficial dice que somos un país occidental, y tiene su fundamento. La lengua, el derecho romano que Bello codificó, la forma estatal republicana no llegaron aquí como injerto tardío, sino como acta de nacimiento. Eso vale para el Estado, no para la sociedad que ese Estado decía representar.

La colonia se prolongó bajo formas republicanas durante casi todo el siglo XIX. La frontera del Biobío, que la Corona reconoció en Quilín en 1641, siguió siendo frontera para la república hasta la ocupación militar de 1861 a 1883. Magallanes fue ocupado en 1843 para adelantarse a Buenos Aires y durante décadas se administró desde muy lejos. Al norte de la frontera había haciendas, inquilinos sin tierra y una religiosidad popular que los curas ilustrados encontraban francamente pagana. Sobre esa base sincrética, una élite muy pequeña ejecutó un proyecto deliberado de occidentalización. Góngora tenía razón cuando dijo que aquí el Estado fue la matriz de la nación.

Chile es un país en occidentalización, fórmula que admite dos lecturas equivocadas. La primera la entiende como retraso, como si existiera una escala cuyo extremo es Occidente y nosotros estuviéramos a mitad de camino, con tareas pendientes. Es la gramática del desarrollismo y también la de nuestra diplomacia: todavía no llegamos, hay que portarse bien. Pero llevamos 200 años entregando las condiciones materiales de la acumulación occidental, primero plata y salitre, hoy cobre y litio, y recibiendo la modernidad como producto terminado. 200 años en el mismo lugar no son una etapa de tránsito. La segunda lectura imagina que bajo la capa occidental duerme un Chile auténtico que bastaría con despertar. Bajo la capa hay más mezcla y hay un conflicto abierto, porque la cuestión mapuche demuestra que nuestra occidentalidad sigue siendo una empresa inconclusa que el Estado administra por medios policiales.

La doctrina que hoy se reactiva en el hemisferio nunca nos consideró parte de Occidente. La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 anunció un corolario Trump a la Doctrina Monroe. En enero vino la operación sobre Venezuela y la captura de Maduro. En marzo, 12 gobiernos afines firmaron en Miami el Escudo de las Américas, con Kast todavía como presidente electo, ubicado en la segunda fila de la foto.

En agosto, Pete Hegseth ofreció en Panamá el paquete completo a 19 países: operaciones conjuntas, más gasto militar, salida de la Corte Penal Internacional. Monroe, en 1823, no dijo que las repúblicas americanas fueran pares de Estados Unidos. Definió un espacio reservado frente a potencias extrahemisféricas. La ambigüedad de “América para los americanos” nunca fue un problema de traducción.

Por eso la apuesta del gobierno falla en sus propios términos. Kast fue a Miami a buscar un asiento y volvió con encargos, una declaración conjunta sobre minerales críticos y una sobretasa arancelaria de 12,5% que alcanza incluso al salmón.

El vocabulario del corolario nos suena familiar porque es el nuestro. Seguridad, civilización, frontera, presencia efectiva: con esas mismas palabras el Estado chileno justificó la ocupación de la Araucanía. Y el Magallanes que hoy se invoca como símbolo de soberanía sigue tratado como periferia, a la que se le pide logística sin consultarle los compromisos que se ejecutarán en su territorio.

Un país que concentra reservas decisivas de cobre y litio tiene más margen del que ejerce. Puede usar los minerales críticos como capacidad de presión, sostener la relación con China, que es su principal socio comercial, reconstruir alguna articulación regional aunque el momento sea adverso y llevar los compromisos de seguridad al Congreso antes de contraerlos. Con Argentina significa ponerle plazo al Decreto 457 y dejar de tramitarlo como favor pendiente entre amigos ideológicos.

Nada de esto exige audacia. Exige un gobierno dispuesto a incomodar a sus amigos. Por ahora, la política exterior de Chile consiste en esperar una firma.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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