Opinión
Imagen referencial. Crédito: Agencia Uno
Pobreza rural: si medimos con ojos urbanos, dejamos de verla
La pobreza rural, además, tiene características propias. La distancia a un centro de salud, la disponibilidad de transporte, el acceso a servicios básicos o la conectividad tienen un significado distinto cuando las personas viven dispersas y lejos de los centros urbano.
Hace más de diez años Chile dio un paso importante: dejó de mirar la pobreza solo desde los ingresos y comenzó a medir también las privaciones que enfrentan simultáneamente las personas en educación, salud, trabajo, vivienda y redes. La reciente visita a Chile de Sabina Alkire, una de las creadoras del método de pobreza multidimensional que nuestro país adoptó, es una buena oportunidad para recordar la importancia de ese avance y, sobre todo, para volver a hablar de pobreza.
Medir la pobreza no es solo describir una realidad o un ejercicio estadístico. Las cifras permiten dimensionarla, identificar dónde se concentra y orientar las respuestas del Estado. Sobre ellas se construyen diagnósticos, se priorizan territorios, se focalizan programas y se asignan recursos. Por eso, cuando cambia la forma de medir, no solo cambian los números: también puede cambiar quién aparece como prioritario para la política pública.
Las metodologías, por supuesto, deben actualizarse. Las sociedades cambian, aparecen nuevas carencias y otras adquieren distinta relevancia. La nueva medición multidimensional incorpora avances importantes. Pero todo cambio metodológico también redefine qué privaciones se hacen visibles y cuánto pesan en el diagnóstico. El desafío es que esos criterios no reproduzcan un histórico sesgo urbano, tomando como referencia formas de acceso, distancias, servicios y condiciones de vida propias de las ciudades para medir realidades territoriales muy distintas.
El dato más elocuente está en 2022, año para el cual contamos con estimaciones bajo ambas metodologías. Con la medición anterior, la pobreza multidimensional rural alcanzaba 28% y la urbana 15,5%: una brecha de 12,5 puntos porcentuales. Al aplicar la nueva metodología al mismo año, la pobreza rural baja a 25% y la urbana sube a 19,4%. La brecha se reduce a 5,6 puntos. No cambió la realidad de esas personas; cambió la forma de medirla.
Esto no invalida la nueva metodología ni cuestiona a la Casen. Sí nos obliga a mirar con atención qué realidades ganan o pierden visibilidad. Por ejemplo, el antiguo indicador de servicios básicos —que registraba carencias en 20,9% de los hogares rurales frente a 3,4% de los urbanos— deja de existir como indicador independiente y pasa a formar parte del déficit cualitativo de vivienda. También cambian criterios de escolaridad que tienen efectos particulares en una población rural más envejecida. A la vez, redes y cohesión social duplica su peso en el índice e incorpora indicadores que reflejan con mayor intensidad algunas problemáticas urbanas, aunque la conectividad digital mantiene una fuerte brecha en contra del mundo rural.
El punto es especialmente relevante porque los indicadores de pobreza no terminan en una publicación. Si una región o una comuna aparece estadísticamente como menos pobre, puede perder prioridad relativa en la focalización de programas, en la justificación de inversiones y en la asignación de recursos, aun cuando sus problemas de acceso a agua, transporte, salud, conectividad o servicios no hayan mejorado. Lo que no contamos corre el riesgo de desaparecer no solo de las estadísticas, sino también de las soluciones.
La pobreza rural, además, tiene características propias. La distancia a un centro de salud, la disponibilidad de transporte, el acceso a servicios básicos o la conectividad tienen un significado distinto cuando las personas viven dispersas y lejos de los centros urbanos. No se trata de pedir una medición más benévola para lo rural, sino una que sea capaz de reconocer esas diferencias.
La pobreza tiene rostro, y también tiene localidad. Medirla bien es clave para focalizar y asignar mejor las políticas públicas, pero superarla exige también acompañar a las personas desde sus historias, capacidades y prioridades, para que puedan salir de ella y permanecer fuera. Chile avanzó al incorporar una mirada multidimensional; el desafío es que esa mirada siga reconociendo la diversidad de realidades y territorios. Si no contamos la pobreza rural, dejamos de verla, y si dejamos de verla, corremos el riesgo de dejar también de disponer de las soluciones que sus habitantes necesitan.
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