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Premio Nacional de Literatura Cynthia Rimsky: en Chile “todavía hay demasiado autoritarismo” CULTURA Crédito: Archivo

Premio Nacional de Literatura Cynthia Rimsky: en Chile “todavía hay demasiado autoritarismo”

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Marco Fajardo Caballero
Por : Marco Fajardo Caballero Periodista de ciencia, cultura y medio ambiente de El Mostrador
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En esta entrevista, reflexiona sobre sus inicios como periodista, su carrera, el golpe de 1973 y el estallido social. “Chile necesita hacer cambios, necesita escuchar con respeto, abrirse al otro”, asegura.


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Hace dos semanas, la escritora Cynthia Rimsky (Santiago de Chile, 1962) recibió el Premio Nacional de Literatura.

Se convirtió así en la séptima mujer en recibir este reconocimiento, uno de los máximos galardones que entrega el Estado de Chile a la trayectoria literaria.

Ganadora del Premio Herralde de Novela 2024 con su obra “Clara y confusa”, también ha publicado los libros Poste restante, La novela de otro, Los perplejos, Ramal, El futuro es un lugar extraño, Fui, En obra, La revolución a dedo, La vuelta al perro y Yomurí.

Además reside en Argentina desde 2012, “por motivos personales que nada tienen qué ver con la literatura”, según cuenta a El Mostrador.

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Consultada sobre la temática de su obra, cuenta que “me interesan muchos temas en mi vida”.

“Ahora, en literatura no trabajo sobre temas, es más, esquivo los temas, huyo de los temas, lo que me interesa es la forma de contar, inventar dispositivos que me permitan ir más allá de lo real, leer en lo real, lo que está oculto”, afirma.

“Hablar de carrera me genera urticaria. Mi trabajo ha sido muy paciente y consiste en escribir. Soy mala para hacer relaciones sociales, decir lo que hay que decir, me daba vergüenza, no encontraba las palabras para hablar con las personas adecuadas para tener una carrera. Así que opté por escribir y escribir. En algún momento, me dije, eso va a cuajar y será más importante que conseguir el correo de la organizadora de un festival. Y si no cuaja, habré escrito que es lo que más me gusta hacer”.

– ¿Cómo recibe el Premio Nacional de Literatura? ¿Lo esperaba?

No, no lo esperaba. Estaba en una entrevista que me hizo Andrés Fiorit para el Centro de Humanidades de la UDP y cuando terminamos de grabar había un mensaje en mi celular de Hugo Herrera Pardo, académico de la UCV que llevó adelante la postulación al Premio con su equipo, diciendo que el Ministro de Cultura quería tener una reunión conmigo y no decían para qué. Fueron minutos de intensas y divertidas elucubraciones.

– Usted fue periodista y se inició en El Mercurio de Valparaíso. ¿Qué recuerda de esa época? 

Hice la práctica de fotografía en ese diario porque quería vivir en Valparaíso. Era la primera vez que alquilaba sola, con una amiga, y era todo curiosidad, aventura, descubrimiento. Por supuesto, lo que había afuera era más importante que el diario. Estábamos en dictadura, Valpo había sido un enclave socialista, era una ciudad universitaria, fue muy intenso. Quería escribir literatura y también quería vivir. Ganó el deseo de vivir.

El periodismo que estudié estaba lleno de restricciones y mandatos, con muy poca libertad. Pasaron años hasta que me pude sacar esas restricciones de encima y valorar lo que estudié, fundamentalmente mi interés por el afuera, por cómo se vive, cómo las personas se relacionan con sus oficios, con los demás, la observación.

Lo que más detestaba del periodismo era esa especie de falsa “despersonalización”. Que no se le pueda preguntar una pregunta que el o la periodista tenga una curiosidad personal, subjetiva y, en cambio, se hacen las preguntas generales que “deben hacerse” y que en realidad no le importan a nadie.

– El viaje es un tema recurrente en su obra, ¿a qué se debe esto?

Desde niña, por mis lecturas, asocié el viaje a salir del molde de mi familia, la escuela, etc. El viaje era una forma de sacarme eso de encima y ser otra persona: una persona que es en la medida que se relaciona con otros, con el paisaje, que va siendo a  medida que vive, sin ese lastre de pertenecer a una clase, a un barrio, a un apellido. Ese estado es más propicio para vivir y ver sin tantos prejuicios.

Golpe y estallido social

– ¿Cómo y dónde vivió el estallido social? ¿Cuál es hoy su reflexión al respecto?

Estaba en París, invitada a un Seminario sobre literatura chilena. Había tenido un accidente en Italia y tenía el brazo lleno de clavos y tomaba calmantes. Después me vine a Argentina.

Lo seguí a la distancia, sorprendida y expectante, con miedo a que toda esa potencia no encontrara ningún canal, ningún interlocutor respetuoso, ninguna respuesta, y quedara nuevamente atorada como rabia e impotencia.

Chile necesita hacer cambios, necesita escuchar con respeto, abrirse al otro. Todavía hay demasiado autoritarismo y una práctica constante de imponer, de cambiar para que nada cambie, se sigue tensando la cuerda, pero el país es de todos y todas.

– Se conmemora un nuevo “11”. ¿Cómo y dónde lo vivió, y cómo recuerda la dictadura? ¿Cuál es su relación con esta efeméride?

Tenía 11 años, me subí a un muro a ver pasar los aviones, no entendía lo que estaba pasando. Luego entré a la universidad y me uní a los grupos que luchaban contra la dictadura. Esa fue mi juventud. Desde los 17 años, en vez de ir a fiestas, divertirme con tonteras, iba a peñas, tenía miedo de que me tomaran presa, iba a trabajara los boletines y pequeñas radios que tenían los grupos organizados en sindicatos y poblaciones, vivía con dolor las desapariciones, las torturas, sentía impotencia al leer los diarios, al escuchar al gobierno mentir y negar la realidad. En el reverso, viví plenamente lo colectivo con todos sus desastres y la posibilidad de una utopía, con todo su desastre.

Cuando llegué a Buenos Aires me sorprendió que acá  conmemoran el 24 de marzo, que fue el día en que en 1976 dieron el golpe de estado, con una gran marcha familiar en la plaza de Mayo, con choripanes, globos, alegría, porque celebran que en 1983 derrotaron a los militares, celebran el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Si en Chile fuese así, creo que lo celebraría.

Nos debemos esa alegría porque no fue la campaña publicitaria del NO la que venció a la dictadura, fueron años de organización, granitos a granito, personas que murieron, tendríamos que celebrar también cuando ganamos, no solo cuando perdimos.

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