Opinión
Alfredo Zamudio Concha (el quinto de izquierda a derecha) en la cárcel de Arica.
Memoria y reconciliación
Nos llevaron a un albergue, limpio, tranquilo, todo amable. Nuestros vecinos eran refugiados de Vietnam y de otros lugares. La amabilidad que se sentía era como una medicina, me sentía tranquilo. Dejé de tartamudear dos semanas después. Las pesadillas tardarían un poco más en desaparecer.
En un día como hoy, hace 50 años, mi padre Alfredo Zamudio Concha y yo llegamos a Oslo, Noruega. Hasta unas horas antes, había sido un preso político durante tres años, sobreviviendo golpes, humillación y hambre.
Todo había empezado tres años antes, el 12 de septiembre de 1973. Nosotros vivíamos al norte de Arica, cerca de la frontera con el Perú. Era un día miércoles pero no había clases, y tampoco era un día de alegría. Algo terrible había pasado en Santiago. Mi papá me mandó a comprar al almacén porque nos íbamos a ir caminando al Perú.
Alcancé justo a verlo cuando se lo llevaban en una camioneta. Me fui casi corriendo a mi casa, con la ilusión de que tal vez me había equivocado, que estaría ahí y que me preguntaría cuánto había salido todo. Abrí la puerta, pero no estaba. Vi todo el desorden que habían dejado. Las pocas cositas que teníamos estaban todas desparramadas, hasta habían rajado los colchones.
Encima de su cama había una camisa. La levanté y busqué su olor, como para sentirlo cerca. Con el tiempo entendí que justo en ese momento se terminó mi infancia, a los 12 años.
De un día para otro me había quedado solo y había que sobrevivir como se podía. Algunas veces me quedaba con amigos. Unos familiares abrieron sus puertas por algunos meses. Otros dijeron que no, por miedo quizás.
Una vez, cuando no daba más de hambre, confieso aquí que robé una gallina de una parcela, aunque no tuve el corazón de matarla y se la regalé a un viejito. Para dormir, un día hice un hoyo en la arena de un río. Casi no tenía ropa y saqué una camisa de un colgador. Todavía recuerdo la profunda sensación de vergüenza por haber hecho estas cosas, la soledad de vivir el día sin tener nada, mirar hacia adentro en muchas casas y esperar a que me dieran algo. Recuerdo los muchos encuentros con la violencia.
Los militares mataron a Gastón Valenzuela, Oscar Rippol y Manuel Donoso, amigos de mi papá. A mi papá lo condenaron a 11 años de cárcel. Estuvo preso en Arica, luego lo llevaron a La Serena, hasta llegar a Santiago. Yo lo visitaba y nos escribíamos cartas. En una de ellas le dije algo así como “Papá, por favor no me mande ropa, usted necesita la ropa más que yo”.
No recuerdo bien cómo ni cuándo, pero conseguí un documento que me permitía visitar a mi papá. Me habían dicho que a los presos les gustaba recibir cigarros, así que compré los más baratos que encontré. Los cigarros se llamaban Liberty (Libertad). “¿Cómo estás?”, me preguntó mi papá. No nos podíamos abrazar, parados de frente a frente. “Bien, todo está bien”, creo que le dije, casi sin pensarlo. No podía contarle que pasaba hambre.
Después de tres años, se abrió para los dos una puerta de esperanza, gracias a diplomáticos como Roberto Kozak, Lissen Elkin, ambos de lo que hoy es la OIM, y Frode Nilsen, el legendario embajador noruego. Mi papá podría salir en libertad, pero saldría expulsado de Chile.
Mi padre no tenía estudios superiores ni hablaba otros idiomas, pero el embajador Nilsen vio que mi papá necesitaba protección e hizo lo necesario para que Noruega nos recibiera. Después de meses de espera, llegó el aviso de que nos darían visas como refugiados. Un organismo de ayuda de las iglesias me dijo dónde podía sacar un pasaporte y ponerme una vacuna, y me dieron un cambio de ropa.
El 15 de septiembre de 1976 era el día de salida. No tenía plata, así que me fui a dedo y llegué un poco atrasado. Alrededor de mi papá había gendarmes y carabineros. Cuando llegué, se puso en modo papá y me dijo: “Llegaste tarde”.
Le quitaron las esposas, los grilletes y la cadena en la cintura. Aún recuerdo la mirada avergonzada de mi papá ante esta última humillación. El embajador Nilsen tomó a mi papá del brazo y les dijo: “Ahora me hago cargo yo”, y nos llevó al avión. Al día siguiente, en un vuelo que pasó por Buenos Aires, Río de Janeiro, Monrovia, Zúrich, Copenhague, aterrizamos en Oslo.
“¿Señor Zamudio?”, preguntó el funcionario del Consejo Noruego para Refugiados que nos esperaba. “Sí”, le respondimos los dos al mismo tiempo.
Nos llevaron a un albergue, limpio, tranquilo, todo amable. Nuestros vecinos eran refugiados de Vietnam y de otros lugares. La amabilidad que se sentía era como una medicina, me sentía tranquilo. Dejé de tartamudear dos semanas después. Las pesadillas tardarían un poco más en desaparecer, pero un día también se fueron. Empecé en el colegio y me enamoré por primera vez. Tenía 15 años.
Después de algunos buenos años de trabajo y libertad, mi papá cayó gravemente enfermo. Un día vimos las noticias de cuando Pinochet fue detenido en Londres y el exdictador parecía frágil. En un último ejemplo de empatía, mi papá me susurró, con lo que le quedaba de voz: “Ganamos, hijo, ganamos. No quiero que sufra lo mismo que yo, pero quiero que sí escuche todo lo que hizo”.
Comparto este relato porque las palabras de mi padre me han servido mucho cuando he trabajado en lugares con guerras y conflictos. He recogido heridos, ayudado a sobrevivientes.
Una y otra vez las víctimas me han hecho la misma pregunta: “¿Por qué nos hicieron esto, si éramos tan cercanos?”. No les he podido responder. La reconciliación no es fácil ni rápida, porque las memorias son emociones, con nombres, imágenes, sonidos. Cada país es distinto. En el nuestro podemos seguir dando vueltas en el mismo lugar, o hacer algo diferente, como escuchar las historias que nos faltan. No es fácil, y son muchas las memorias. Pero creo que tenemos que romper ese círculo y escucharnos, aunque duela.
Y me permito decir: feliz aniversario, papá. No ha sido en vano.
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