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Europa y su desafiada democracia liberal
Esto recuerda lo señalado hace varios años por el destacado politólogo francés Raymond Aron: “Quienes creen que los pueblos seguirán sus intereses en vez de sus pasiones, no han entendido nada del siglo XX”.
Ante la conmoción que continúa generando el éxito del partido de extrema derecha y de carácter antiestablishment Alternativa para Alemania (AfD) en las recientes elecciones regionales celebradas en ese país, así como el primer lugar que esa colectividad ocupa en las encuestas de intención de voto de cara a los próximos comicios parlamentarios federales —cuyo resultado será determinante para la conformación del próximo gobierno—, cabe hacer varias reflexiones.
Primero que todo, esta situación no comienza con la mayor economía de Europa. Desde hace casi una década, la democracia liberal característica de Francia ha sido puesta en tela de juicio por una parte importante de sus votantes, quienes han otorgado a la líder de Reagrupación Nacional, una formación de características similares a AfD, Marine Le Pen, el pase a segunda vuelta en las últimas dos elecciones presidenciales. De cara a los comicios de 2027, además, Le Pen encabeza los sondeos de intención de voto para suceder al centrista Emmanuel Macron como jefe de Estado de ese país.
Ni hablar del ascenso de la adhesión ciudadana al líder antisistema de extrema izquierda Jean-Luc Mélenchon, quien alcanzó un nada despreciable 21,95 % de los votos en las elecciones presidenciales de 2022 y actualmente ocupa el segundo lugar en intención de voto de cara a los comicios presidenciales del próximo año.
Todo esto deja en evidencia el progresivo distanciamiento de los ciudadanos respecto de las colectividades tradicionales que sustentaron durante décadas la democracia de la V República francesa, como el Partido Socialista de François Mitterrand y la centroderechista Unión por un Movimiento Popular de Jacques Chirac.
A las amenazas que están enfrentando estos dos pilares de la Unión Europea, en los últimos años se han sumado Reino Unido, España, Suecia y Dinamarca, cuyos partidos políticos antisistema, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, han ido ganando adhesión popular.
Mensajes cargados de contenido emocional e identitario, que responsabilizan en algunos casos a la integración política y económica con los países vecinos y con el resto del mundo y, en otros, a la inmigración, de los males que aquejan a los ciudadanos comunes —como el deterioro del nivel de vida, el aumento de la delincuencia y la creciente distancia respecto de las élites gobernantes tradicionales—, han creado las condiciones propicias para el avance de este tipo de corrientes populistas, cuyas propuestas, varias de ellas ajenas a los principios democráticos, están lejos de constituir soluciones efectivas.
Esto recuerda lo señalado hace varios años por el destacado politólogo francés Raymond Aron: “Quienes creen que los pueblos seguirán sus intereses en vez de sus pasiones, no han entendido nada del siglo XX”. Se trata de una advertencia sobre la necesidad de mirar los conocidos desastres del pasado y comprender que algunas prácticas que alguna vez fueron dadas por muertas pueden resucitar gracias a la indolencia de las élites tradicionales que han sostenido la democracia liberal.
Entonces, otra reflexión es: ¿qué hacer frente a este escenario?
Una de las respuestas posibles es que, “cuando los extremistas se postulan como serios contrincantes electorales, los partidos generalistas deben forjar una alianza común para derrotarlos”. Sin embargo, esta idea, planteada por los politólogos Daniel Ziblatt y Steven Levitsky en el libro Cómo mueren las democracias, está lejos de ser suficiente para proteger a la democracia liberal frente a las arremetidas populistas y extremistas en una región que, hasta hace no muchos años, era considerada un modelo a seguir por países de otras zonas del mundo.
Se trata, más bien, de un complemento al desafío más difícil que enfrentan los partidos políticos tradicionales y sus líderes: hacerse cargo, con urgencia y mediante medidas responsables y sostenibles de corto, mediano y largo plazo, de las necesidades cotidianas de los ciudadanos europeos, para evitar que estos se sientan atraídos por ofertas políticas que, finalmente, podrían deteriorar sus libertades sin brindarles las soluciones que demandan. Todo lo contrario.
No es necesario recordar el período comprendido entre 1920 y 1945. Basta observar lo ocurrido en algunos países de América Latina durante el siglo XXI.
Esta idea se encuentra alineada con el planteamiento del reconocido politólogo estadounidense Francis Fukuyama en su libro El fin de la historia, publicado en 1990, donde sostiene que “el Estado que emerge al final de la historia es liberal en la medida que reconoce y protege, a través de un sistema de leyes, el derecho universal del hombre a la libertad, y democrático en tanto existe sólo con el consentimiento de los gobernados”.
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