Opinión
Archivo (imagen generada con IA)
¿Máquinas cada vez más inteligentes, humanos cada vez más tontos?
La paradoja de nuestro tiempo podría terminar siendo extraordinaria: mientras construimos máquinas que necesitan ser cada vez más inteligentes, construimos un mundo en el que los seres humanos necesitamos ejercitar cada vez menos nuestra inteligencia.
Dos hechos ocurridos hace poco, aparentemente desconectados, merecen ser considerados en conjunto.
El primero son los nuevos resultados de PISA. Entre 2015 y 2025 el rendimiento promedio de los estudiantes de los países de la OCDE cayó 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas, alcanzando en ambas áreas los niveles más bajos registrados por esta evaluación. En Chile, apenas el 41% de los estudiantes alcanza el nivel mínimo esperado en matemáticas y el 62% lo hace en lectura.
Esto no significa que nuestros jóvenes sean menos inteligentes. PISA no mide algo semejante. Pero sí muestra que están aprendiendo menos en ámbitos fundamentales.
Y eso importa, porque aprender no consiste simplemente en acumular información. Leer textos difíciles, escribir, calcular, argumentar o resolver problemas son también actividades mediante las cuales desarrollamos nuestras propias capacidades cognitivas. Aprender no solo produce conocimiento. También nos transforma a nosotros.
El segundo hecho proviene del mundo de la inteligencia artificial. Jacob Coxon, investigador que trabajó en OpenAI y Anthropic, renunció a esta última empresa advirtiendo sobre los riesgos de la carrera hacia sistemas de inteligencia artificial superiores a los humanos. Su advertencia no quedó aislada. Días después, Dario Amodei, CEO de Anthropic, llamó públicamente a desacelerar el desarrollo de los sistemas más avanzados para permitir que las medidas de seguridad puedan seguirles el ritmo. Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis respaldaron, con distintos matices, ese llamado.
Donald Trump respondió desde la posición contraria: Estados Unidos no puede permitirse desacelerar mientras compite con China. Su argumento puede resumirse en una frase: “quien gane la IA, gana”.
El debate es importante. Pero hay algo todavía más interesante para quienes nos preocupamos por la educación.
En el centro de las advertencias sobre el desarrollo futuro de la IA aparece un concepto: la automejora recursiva. La hipótesis es que sistemas suficientemente avanzados podrían contribuir al desarrollo de sistemas todavía más capaces, acelerando así el propio proceso mediante el cual aumenta la inteligencia artificial. La lógica es inquietante: más capacidad permite producir más capacidad.
Pero quizá deberíamos mirar también hacia el otro lado de la relación.
Mientras las máquinas podrían entrar en un proceso de automejora recursiva, los seres humanos podríamos entrar en otro de signo contrario: una suerte de dependencia cognitiva recursiva. Cuanto más capaces sean los sistemas de inteligencia artificial, más actividades podremos delegar en ellos. Cuanto más deleguemos, menos necesitaremos ejercitar ciertas capacidades. Y si ese menor ejercicio termina debilitando nuestra posibilidad de realizar esas actividades autónomamente, aumentará todavía más nuestra necesidad de delegarlas.
Dicho de otro modo: cuanto más capaces sean las máquinas, más tareas cognitivas podremos delegar en ellas; cuanto más deleguemos, menos ejercitaremos nuestras propias capacidades y, cuanto menos capaces nos volvamos de realizar autónomamente esas tareas, más necesitaremos volver a delegarlas.
No sabemos si este proceso ocurrirá ni en qué magnitud. Tampoco sería serio atribuir a la inteligencia artificial la caída observada por PISA. El deterioro de los aprendizajes comenzó antes de la explosión de la IA generativa y seguramente responde a múltiples factores: teléfonos móviles, redes sociales, transformaciones culturales, cambios en los sistemas educativos y pérdida de determinados hábitos de lectura, entre otros.
Pero precisamente por eso la pregunta resulta inquietante.
Si algunos aprendizajes fundamentales ya venían deteriorándose antes de que dispusiéramos de máquinas capaces de leer, resumir, escribir, calcular y resolver problemas por nosotros, ¿qué ocurrirá cuando delegar esas actividades sea cada vez más fácil y eficaz?
PISA 2025 aporta aquí antecedentes especialmente sugerentes. La propia OCDE advierte que la tecnología y la IA pueden fortalecer el aprendizaje, pero solo cuando no sustituyen la atención, el esfuerzo y la comprensión. También informa que los estudiantes que no utilizaron IA para realizar tareas de escritura obtuvieron mejores resultados que quienes sí lo hicieron, aunque quienes aprendieron a utilizarla críticamente mostraron mejores desempeños que otros usuarios de estas herramientas. Son asociaciones, no pruebas de causalidad, pero muestran que la cuestión no puede reducirse a estar a favor o en contra de la IA.
La pregunta es qué decidimos delegar, porque algunas de las actividades que ahora podemos externalizar no son solamente medios para llegar a un resultado. Son también procesos formativos. Escribir un ensayo no sirve únicamente para producir un texto. Sirve para ordenar ideas, relacionarlas, argumentar y descubrir lo que realmente pensamos. Resolver un problema no sirve solamente para obtener una respuesta: desarrolla recursos para enfrentar el siguiente.
La educación ha consistido, en buena medida, en lograr que alguien haga hoy con esfuerzo aquello que mañana podrá hacer con mayor autonomía. La inteligencia artificial altera esa ecuación porque permite evitar el esfuerzo antes de que este haya cumplido su función formativa.
Y aquí es donde los dos hechos con que comenzábamos terminan encontrándose.
Mientras PISA muestra un deterioro prolongado de aprendizajes fundamentales, las capacidades de las máquinas avanzan a una velocidad extraordinaria. Por un lado, discutimos si debemos frenar ese avance por temor a que algún día perdamos el control sobre sistemas demasiado poderosos. Por otro, prestamos mucha menos atención a la posibilidad de que ese control se pierda de una manera infinitamente más cotidiana.
Podemos entregarlo nosotros, no de una vez, sino poco a poco. Una tarea delegada tras otra. Una pequeña decisión eficiente tras otra. Frente a la posibilidad de una automejora recursiva de las máquinas, quizá deberíamos comenzar a pensar también en nuestra propia dependencia cognitiva recursiva.
La paradoja de nuestro tiempo podría terminar siendo extraordinaria: mientras construimos máquinas que necesitan ser cada vez más inteligentes, construimos un mundo en el que los seres humanos necesitamos ejercitar cada vez menos nuestra inteligencia.
La pregunta no es solo qué ocurrirá si las máquinas llegan a ser cada vez más capaces. También es qué ocurrirá con nosotros si, cuanto mejores sean ellas, menos necesario nos parece seguir desarrollando nuestras propias capacidades.
Quizá las máquinas no tengan que quitarnos el control. Tal vez baste con que nosotros dejemos de ejercerlo.
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