Opinión
Nuestra democracia anoréxica y bulímica, veinte años después
Porque, como bien lo resume el propio PNUD, las formas de cambiar importan tanto como los cambios mismos. Veinte años después, ese sigue siendo el tratamiento pendiente: ¡Más democracia!
Hace veinte años escribí una columna donde señalaba que nuestra democracia estaba anoréxica y bulímica, hacía un análisis a nuestro sistema político, si bien durante estos años han existido varias reformas aún podemos encontrar que la metáfora, prestada de la clínica para hablar de política, tiene asidero en nuestra actual realidad. Aunque de una forma distinta y con nuevos ingredientes, observamos que no basta con reformas al sistema político, sino que es necesario avalar que mejoren el desempeño de este.
Una democracia anoréxica nos evoca a un Estado y unas instituciones que se autolimitan, que se vacían de sustancia, que sostienen la forma democrática, Congreso, partidos, pero con escasa capacidad real de nutrir a la ciudadanía con lo que la democracia promete entregar. Mientras, una democracia bulímica presenta un sistema que produce en excesos: anuncios, reformas, promesas de cambio, pero que no logra digerirlas ni convertirlas en resultados concretos; las “vomita” antes de que se conviertan en políticas públicas efectivas. Mucha oferta, poca absorción.
Veinte años después, con la evidencia que hoy tenemos a la mano, esas dos metáforas no solo siguen vigentes y encuentran un respaldo empírico. El componente bulímico de nuestra democracia tiene hoy nombre técnico que suena mucho mejor. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en su reciente publicación “Deudas del cambio y democracia en Chile” lo denomina de esta forma. Las deudas de cambio son aquellas transformaciones prometidas en derechos y protección social que, desde la perspectiva de las personas, resultaron insuficientes o simplemente no ocurrieron. El propio estudio muestra el síntoma del atracón y el vómito con crudeza estadística: más de la mitad de la población evalúa que la democracia funciona regular, y casi tres de cada diez creen que funciona mal o muy mal. No es que falten anuncios de cambio, se producen con generosidad; lo que falta es la capacidad de “delivery“, de procesar esa oferta y convertirla en algo que la ciudadanía pueda efectivamente incorporar a su vida cotidiana. Son falsas promesas.
El componente anoréxico también tiene su correlato en los datos. La confianza en el Congreso y en los partidos políticos, las instituciones llamadas a nutrir la representación democrática, se mantiene persistentemente baja, y la evaluación positiva del funcionamiento de la democracia no ha vuelto a acercarse al máximo histórico registrado en 2010. Es el mismo cuadro clínico de hace veinte años: instituciones que conservan la apariencia de funcionar, pero cuya capacidad real de respuesta se ha ido adelgazando.
¿Cambió algo en dos décadas, entonces? Sí, y es una buena noticia con matices: la enfermedad no ha sido terminal. El mismo estudio del PNUD muestra que en Chile persiste una base cultural y subjetiva ampliamente favorable a la democracia, y que la ciudadanía, pese al desencanto, sigue prefiriendo que los cambios se hagan con gradualidad, con inclusión social y bajo liderazgos que respeten la ley y busquen acuerdos, antes que por la vía de atajos autoritarios. Al parecer el paciente sigue débil, pero no ha perdido la voluntad de sanar por las vías correctas. Sin embargo, el propio informe advierte que las deudas del cambio pueden abrir la puerta a liderazgos populistas y antielitistas, el equivalente político a una dieta milagro.
Si algo queda claro mirando el panorama mundial es que estos déficits se curan reconstruyendo, paciente y persistentemente, la capacidad de digerir, de representar, de procesar, de participar, de colaborar: instituciones que efectivamente entreguen lo que prometen, ciudadanía activa, espacios de participación y una sociedad civil organizada con redes, agrupaciones territoriales, organizaciones sociales, partidos políticos capaces de sostener la demanda ciudadana sin que esta se convierta en frustración acumulada. Porque, como bien lo resume el propio PNUD, las formas de cambiar importan tanto como los cambios mismos. Veinte años después, ese sigue siendo el tratamiento pendiente: ¡Más democracia!
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