Publicidad
La crisis intelectual de las izquierdas Opinión Archivo (AgenciaUno)

La crisis intelectual de las izquierdas

Publicidad
Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
Ver Más

No basta prometer derechos: hay que crear las capacidades materiales e institucionales que los sostienen. Urge una izquierda transformadora, que asuma su papel histórico: una izquierda fabiana, reformista, que vuelva a hacerse cargo de su tarea.


El Mostrador Fuente Preferida

En las izquierdas no faltan dirigentes ni declaraciones. Falta una comprensión del país que permita conducirlo. Conviene distinguir cuatro núcleos, aunque se superpongan: la antigua Concertación, el socialismo democrático junto a la DC, el PC y el Frente Amplio.

La Concertación fue derrotada por sus éxitos. No advirtió que sus logros modificaban las condiciones de su vigencia. El Chile de 2019 no era el de 1989: democracia consolidada, pobreza reducida, educación superior masificada. Los avances no borraban las injusticias, pero volvían insuficiente la agenda inicial. No bastaba ampliar el acceso: había que mejorar aprendizajes, productividad y condiciones de vida. No es exigible a esa generación otra transición. Sí,  aprender de su capacidad reformadora.

El socialismo democrático y la DC heredaron ese desgaste. En torno a Tohá y Elizalde, Micco o Landerretche hay capacidades políticas e intelectuales. Falta convertirlas en una alternativa reconocible. Ser socialdemócrata o fabiano no consiste en corregir los excesos del radical mientras se le entrega la iniciativa. Es defender un rumbo propio, proponiendo los cambios y acuerdos capaces de abrirlo. La autonomía no exige necesariamente romper con las otras izquierdas, pero sí al menos redefinir los términos del vínculo, especialmente respecto de quién tiene la iniciativa.

El PC pasó de la gravitación cultural de Víctor Jara, Teiltelboim, Lipschutz o Ramírez Necochea a la esterilidad. Aquella riqueza no lo libraba del dogmatismo; hoy predomina el dogma sin la riqueza. Son marginalidad, culturalmente hablando. La reivindicación del violento Lenin y la indulgencia con cuanta autocracia marxista emerge en el planeta revelan una adhesión democrática condicional, subordinada a lealtades ideológicas. Cuesta construir futuro con semejantes adhesiones y estreñimiento intelectual.

El Frente Amplio fue la promesa: la generación de 2011, influyente en 2019 y en el primer proceso constituyente. La derrota contundente de septiembre de 2022 dejó a la vista la distancia entre las pretensiones de representación frenteamplista y el pueblo efectivamente existente.

Jackson y Atria exhiben dos caras del fracaso. Jackson aseguró que su generación tenía estándares morales superiores. Democracia Viva y el turbio episodio del tobo de la caja fuerte desde la propia oficina del otrora ministro dieron cuenta de la fragilidad de aquella confianza en la cabeza del seguidor de Atria.

En este último, el rigorismo es doctrinarismo. Pretende prohibir el mercado en áreas enteras de la vida; intervenir las intenciones individuales y avanzar así hacia el comunismo. De paso, decretando “inaceptable” al que ose dudar de la verdad deliberativa (dejo el pdf de un libro que escribí sobre este asunto, que se puede descargar aquí). El desacuerdo es tenido, así, ansiosamente, por una insuficiencia a superar.

Una comunidad política no es una escuela de conversión. El que discrepa no es alguien por re-educar. Mientras el FA no acepte que el país excede sus fórmulas, seguirá confundiendo sus derrotas con defectos del electorado.

De la antigua Concertación queda el ejemplo; del PC, sectarismo; del FA, maduración pendiente. La posibilidad más plausible reside hoy en una centroizquierda socialdemócrata que deje de pedir permiso para existir.

Su labor no es administrar la nostalgia ni acomodarse a la derecha. Tampoco subyugarse al PC o avergonzarse ante sus hermanos menores del FA. El desafío es recuperar la capacidad de conducción y el poder imaginativo: elevar la productividad, ligar educación y trabajo, garantizar seguridad, poblar y conectar el territorio, fortalecer la defensa y en todos estos asuntos operar con la seriedad de Estado que ha venido faltando.

No basta prometer derechos: hay que crear las capacidades materiales e institucionales que los sostienen. Urge una izquierda transformadora, que asuma su papel histórico: una izquierda fabiana, reformista, que vuelva a hacerse cargo de su tarea.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad