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No mires hacia arriba Opinión

No mires hacia arriba

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Matías Valenzuela, Ricardo Ávila y Claudio Aránguiz
Por : Matías Valenzuela, Ricardo Ávila y Claudio Aránguiz Abogados patrocinantes de la causa Recurso de Protección sobre Basura Espacial.
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Las fortunas que concentran la mayor parte de los lanzamientos sostienen que regular frena la innovación, y ofrecen su propia eficiencia —cohetes reutilizables, buenas prácticas voluntarias— como si fuera política pública. No lo es. Es un modelo de negocio.


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En la película de Adam McKay —No mires hacia arriba— el peligro trae fecha. Un cometa, seis meses, una colisión. Esa nitidez es una licencia narrativa. Los problemas ambientales no llegan así. No caen, se acumulan.

En septiembre la Agencia Espacial Europea acortó su proyección orbital de doscientos a cien años porque las cifras se volvieron inmanejables. Aun así la curva sube más rápido que antes. Hay más de cuarenta mil objetos catalogados y doscientos treinta millones de fragmentos bajo el centímetro.

Ninguno es noticia por separado, y ese es el problema. Cada choque genera residuos que aumentan la probabilidad del siguiente, hasta que ciertas órbitas dejan de servir. Lo llaman síndrome de Kessler. El riesgo de colisión en órbita baja creció veinte por ciento en dos años.

El 5 de agosto una etapa de cohete de SpaceX, propiedad de Elon Musk, abandonada diecinueve meses antes, se estrelló contra la Luna. Su trayectoria se conocía hacía once meses y nadie estaba obligado a desviarla, porque para esa órbita no hay regla. Solicitamos que dos ministerios se pronunciaran.

La acción fue declarada inadmisible; repusimos y hoy está en la Corte Suprema. Reclamamos por la basura espacial y por la omisión estatal, y esperamos con atención, porque lo que allí se resuelva excede nuestro caso. Si nadie tiene legitimación, el asunto queda sin sede. No nos parece óptimo que un problema de esta escala no tenga puerta de entrada a tribunal alguno en Chile.

Exigir que los acuerdos internacionales se cumplan y que las autoridades competentes se pronuncien es un derecho irrenunciable. En cincuenta años quizá sea tarde.

A los tratados que el país ratificó se suma algo más concreto. Chile no es espectador aquí. En nuestro territorio está cerca del cuarenta por ciento de la infraestructura mundial de observación astronómica, y las proyecciones la llevan más arriba esta década. El cielo del norte es el instrumento con que la humanidad mira el universo, y no se puede trasladar. Fue Paranal el que midió el impacto del 5 de agosto. Aportamos el dato que el mundo no tenía.

Las fortunas que concentran la mayor parte de los lanzamientos sostienen que regular frena la innovación, y ofrecen su propia eficiencia —cohetes reutilizables, buenas prácticas voluntarias— como si fuera política pública. No lo es. Es un modelo de negocio. El vacío normativo no es un descuido que alguien corregirá, sino una ventaja competitiva que nadie resigna por convicción. Los beneficios se privatizan y la basura queda en lo que es de todos.

No alegamos daño, sino una omisión. El Estado firmó y después prefirió no enterarse. Con el plomo en la bencina el derecho tardó noventa y siete años; con el ozono llegó a tiempo y funcionó. La diferencia nunca estuvo en la ciencia. El espacio ya es una nueva frontera, y las fronteras se administran o se pierden.

La película termina con el cometa cayendo. Acá no hay cometa ni fecha, y por eso cuesta más. Mirar hacia arriba no sirve si, cuando bajamos la vista, nadie toma nota.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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