Opinión
AgenciaUno
La crisis climática avanza sin pedir permiso: ahora nos tocó a nosotros
¿Hasta cuándo tendremos que esperar para tener una verdadera política de precaución, prevención y adaptación ante la emergencia climática?
Lo que sucedió con los aluviones que afectaron a las quebradas aledañas a la zona de San Carlos de Apoquindo nos han hecho vivir lo que hasta ahora solo presenciábamos por la TV y que ocurría en Nepal, Barcelona o Valencia. Hoy nos tocó a nosotros.
¿Por qué ocurren estas tragedias? La respuesta la conocemos: los océanos han absorbido aproximadamente un tercio del dióxido de carbono emitido por la humanidad y cerca del 90% del calor adicional atrapado por los gases de efecto invernadero. Es hora de disminuir drásticamente nuestro consumo de combustibles fósiles y parar sus dañinas emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero.
El calor que los océanos absorbieron en 2025 superó todos los registros históricos. Esa acumulación de energía es una de las causas de fondo que está magnificando los efectos del fenómeno climático periódico que conocemos como El Niño. La incorporación de calor al sistema oceánico fue casi 40 veces mayor que toda la energía utilizada por la humanidad durante ese año, y lo más inquietante es que hoy está ocurriendo en medio de transformaciones profundas en los grandes cuerpos de agua que sostienen la vida marina y regulan el clima del planeta.
La conclusión científica es inequívoca: los océanos se están transformando aceleradamente y no existen esfuerzos políticos, económicos ni institucionales a la altura de la emergencia que ya tenemos encima. No, en el reducido y poderoso mundo de la ultraderecha y, en particular, mucho menos en nuestro país. Los océanos ya no amortiguan, nos están devolviendo la mano.
Para dimensionar esa energía se utiliza una unidad llamada julio: la electricidad necesaria para hacer funcionar un dispositivo de un vatio durante un segundo. Un zettajulio equivale a mil millones de billones de julios. En 2025, un récord de 23 zettajulios de calor se incorporó a los mares del mundo, dejando aguas más calientes, más elevadas y peligrosas. Según la décima edición del informe sobre el estado del océano de Copernicus, el nivel medio del mar aumentó cerca de 3,8 milímetros por año entre 1999 y 2025, y aceleró a 4,2 milímetros anuales entre 2012 y 2025. El mismo informe concluye que el océano global se ha vuelto aproximadamente un 17% más ácido en las últimas cuatro décadas.
Estas cifras descomunales deberían ayudar al Gobierno de Kast a entender el origen de los desastres climáticos que estamos sufriendo en Chile durante este año. Lo sorprendente no es solo la magnitud del fenómeno, como el de San Carlos de Apoquindo, con vehículos arrstrados, personas en peligro de muerte y barro acumulado en las grandes avenidas, sino la persistencia de quienes todavía ponen en duda el cambio climático y sus efectos
En Chile, América Latina, Estados Unidos y otros lugares, líderes políticos, autoridades, empresarios y analistas han preferido hasta ahora mirar hacia otro lado, como si negar la evidencia pudiera detener el ascenso del mar, la acidificación de los océanos o la violencia creciente de los eventos extremos. Para un país con más de 4.500 kilómetros de costa, esa ceguera es una forma mayúscula de irresponsabilidad.
En el Pacífico ecuatorial, El Niño se ha fortalecido con rapidez durante 2026. Los indicadores no miden todo el océano por igual, sino zonas específicas: la región Niño 3.4 —la referencia más usada para seguir la intensidad del fenómeno— llegó en septiembre a anomalías cercanas a +2 °C y en octubre superó los +2,5 °C; la zona Niño 3 alcanzó alrededor de +3 °C, y la región Niño 1+2, frente a las costas de Sudamérica, se acercó a +4 °C.
Dicho en simple: una franja enorme del Pacífico tropical está mucho más cálida de lo normal y ese exceso de calor altera la circulación atmosférica, aporta más humedad y favorece que sistemas frontales y ríos atmosféricos lleguen con mayor energía al territorio chileno. Estos datos son los que el gobierno debe meterse en su cabeza.
Definitivamente, los temporales devastadores de octubre 2026 no pueden leerse como accidentes aislados. El Niño no “crea” por sí solo cada lluvia, cada desborde o cada aluvión, pero sí aumenta la probabilidad de eventos más intensos al aportar calor, vapor de agua y condiciones atmosféricas favorables para precipitaciones extremas.
Mientras el fenómeno persista —probablemente hasta comienzos de 2027, según las proyecciones disponibles— nos espera una primavera y un verano más inestables: lluvias fuera de temporada en algunas zonas, crecidas repentinas, mayor riesgo de aluviones donde suba la isoterma cero, olas de calor severas en el interior y un peligro creciente de incendios forestales cuando la humedad dé paso a temperaturas extremas.
Europa nos ofreció una advertencia clara. Pero no hicimos caso. El continente se está calentando al doble de la media mundial, mientras los mares Mediterráneo y Negro han sufrido olas de calor marinas récord, con temperaturas elevadas que persisten incluso bajo la superficie. En lo que va de 2026, algunos episodios de calor extremo se han prolongado por más de un mes.
En el Mediterráneo occidental, con el cual compartimos el mismo clima de tendencia mediterránea, se vivió un septiembre de 2026 inusualmente cálido, luego de un verano abrasador en que España y Portugal registraron temperaturas cercanas a los 40 °C. La aceleración del aumento del nivel del mar ya es evidente y el conjunto del mar se ha calentado alrededor de 0,32 °C por década, favoreciendo olas de calor marinas cada vez más frecuentes. En los últimos días han ocurrido lluvias torrenciales con inundaciones que marcan records históricos en varias ciudades y capitales.
Los efectos del calentamiento de los océanos igualmente se han hecho sentir en numerosos lugares del planeta durante los últimos meses. Se han reportado daños extensos a la vida marina causados por el calor. Entre enero de 2023 y septiembre de 2025, el 84% de los arrecifes de coral del mundo experimentó estrés térmico en niveles capaces de provocar blanqueamiento. En los últimos 30 años, casi el 5% del océano ha sufrido cambios persistentes en los patrones de crecimiento del fitoplancton, organismos diminutos que sostienen redes tróficas completas y ayudan a regular los flujos de carbono.
En otras regiones, episodios de calor extremo, incendios, polvo y contaminación han obligado a adoptar medidas de emergencia para proteger la salud pública. Nada de esto ocurre en compartimentos separados: clima, océano, biodiversidad y bienestar humano forman parte de una misma trama. Otro hallazgo preocupante muestra que el cóctel de calor extremo y aire contaminado expuso este año a más de un tercio de la humanidad a niveles peligrosos de ozono a nivel del suelo. Chile no está al margen.
El fenómeno, conocido como “penalización del ozono y el clima”, se produce cuando ciertos contaminantes reaccionan bajo altas temperaturas y radiación solar. En los primeros ocho meses de 2026, solo una pequeña fracción de la población mundial estuvo expuesta a niveles de ozono considerados buenos o aceptables según las directrices de la Organización Mundial de la Salud. El humo de incendios forestales, el ozono y el polvo pueden viajar miles de kilómetros e impactar a comunidades lejanas de su fuente de origen. En otras palabras, cambio climático, calidad del aire, salud pública y seguridad territorial están profundamente interconectados. Chile no puede seguir tratándolos como problemas separados ni responder solo después de cada desastre.
Concluyendo, las evidencias científicas nos muestran que se están profundizando procesos que nos acercan al borde del abismo: el calentamiento global, el aumento del nivel del mar y la degradación de los ecosistemas marinos y terrestres. Todas estas señales están interconectadas y anuncian cambios significativos, duraderos y, en muchos casos, irreversibles. Estamos hablando de problemas mayores que no se resolverán con un cambio a la Constitución, con un nuevo presidente ni con la próxima elección.
Frente a esta realidad, resulta alarmante y deprimente comprobar cómo la ciudadanía chilena parece dormida, atolondrada, incapaz de reaccionar con la urgencia necesaria. Al igual que otros países latinoamericanos, vive cubierta por problemas de corrupción, miedo, migraciones, epidemias, decadencia democrática, fanatismos, guerras lejanas prolongadas y crisis económicas artificialmente amplificadas por aranceles y disputas de poder, pero mientras esas urgencias ocupan la conversación pública, la crisis climática avanza sin pedir permiso. Eso quedó demostrado hoy con la tragedia provocada por el aluvión en San Carlos de Apoquindo. ¿Hasta cuándo tendremos que esperar para tener una verdadera política de precaución, prevención y adaptación ante la emergencia climática?
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.