Opinión
Izquierda Católica: de Marx al Papa, del Che a Pepe Mujica
Pero este regreso a los valores contiene también un riesgo: la moralización de la política.
La izquierda se acerca hoy a la Iglesia no porque crea más en Dios, sino porque cree menos en la Historia.
Durante mucho tiempo, una parte importante del marxismo pensó que la emancipación no era simplemente un ideal moral. Debía estar inscrita en las contradicciones de la propia sociedad. Marx y Engels podían decir que el comunismo no era un ideal al que la realidad tuviera que ajustarse, sino el “movimiento real” que supera el estado existente de cosas.
Eso hacía sospechosos los valores formulados desde fuera de la historia. Igualdad, libertad o fraternidad podían convertirse, vistos desde ese materialismo, en abstracciones idealistas o incluso en ideología burguesa si ocultaban las relaciones sociales de las que surgían.
Pero algo cambia cuando deja de creerse que la historia, por sus propias contradicciones, empuja hacia una sociedad superior; cuando la izquierda se vuelve postprogresista, aunque siga llamándose progresista.
Entonces los valores quedan solos. La igualdad sigue siendo valiosa aunque nada garantice que vayamos hacia ella. La dignidad no necesita demostrar que coincide con una tendencia histórica. La fraternidad puede defenderse incluso cuando la realidad parece moverse exactamente en sentido contrario.
Los valores ganan autonomía porque pierden garantía. Ese giro ayuda a comprender mejor una cercanía que suele explicarse de manera demasiado simple: la simpatía de sectores de izquierda por Francisco y la atención que hoy prestan al lenguaje social de la Iglesia. No basta decir que Francisco era un Papa “progresista”. El marxismo y el cristianismo ya habían dialogado antes: cristianismo social, sacerdotes obreros, teología de la liberación. Pero allí se trataba, en buena medida, de reconciliar dos doctrinas. Lo de ahora es distinto.
Una izquierda que desconfía de su antigua filosofía de la historia descubre una tradición que nunca necesitó probar que el progreso conduciría hacia el bien para hablar de justicia, dignidad o fraternidad. La Iglesia no necesita deducir sus valores del curso de la historia. Los sostiene aunque la historia los contradiga.
Ahí está la cercanía. Y también la distancia. El cristianismo puede perder toda confianza en el progreso y conservar intacta la esperanza. Puede aceptar fracaso, injusticia o catástrofe sin perder su horizonte último: dispone de un “más allá”. La izquierda secular no. Su problema es más difícil: defender valores sin garantía histórica y producir esperanza sin promesa.
Quizá por eso también han cambiado sus figuras admiradas. Pensemos, como tipos ideales, en el Che Guevara y Pepe Mujica. El Che representa una izquierda orientada hacia adelante: juventud, ruptura, revolución, hombre nuevo, futuro por construir. Mujica pertenece a otra sensibilidad: finitud, austeridad, reconciliación, desapego y, especialmente, cierta coherencia entre aquello que se proclama y la manera de vivir.
Del héroe que encarna el futuro al testigo de valores en el presente. Ese desplazamiento es más importante de lo que parece. Una izquierda convencida de conocer el sentido de la historia concedía autoridad a quien sabía interpretarla: descubrir sus contradicciones, comprender la coyuntura, acelerar el proceso. Cuando esa confianza disminuye, aparece otra fuente de autoridad. Del “sé hacia dónde vamos” se pasa al “trato de vivir según aquello que digo que vale”. Por eso Mujica puede ejercer una autoridad casi pastoral sin religión. Y por eso Francisco podía resultar políticamente legible para quienes no compartían su fe. En ambos casos, palabra, gesto y forma de vida se refuerzan mutuamente. El cuerpo y la biografía se vuelven argumentos.
Pero este regreso a los valores contiene también un riesgo: la moralización de la política. La vieja izquierda podía concebirse como vanguardia porque creía comprender mejor que otros el curso de la Historia. Una izquierda postprogresista puede sustituir esa pretensión por otra: sentirse vanguardia moral. Ya no “sabemos hacia dónde va la historia”, sino “sabemos mejor qué es justo, digno o bueno”. El problema no está en tener convicciones morales. Toda política las tiene. Surge cuando esas convicciones se convierten en un título de superioridad. Quien discrepa ya no aparece simplemente como alguien que defiende otros intereses, valores o soluciones; puede ser leído como menos consciente, menos solidario, menos sensible o moralmente atrasado.
La superioridad histórica corre así el riesgo de transformarse en superioridad moral. Y precisamente por eso aparece una segunda dificultad. Cuanto más funda una política su legitimidad en los valores que proclama, mayor importancia adquiere la relación entre esos valores y la conducta de quienes los representan. Hablar de igualdad y reproducir privilegios; de cuidado y humillar; de austeridad y vivir pendiente del estatus; de democracia y reproducir pequeñas oligarquías deja de ser solamente una inconsistencia personal. Golpea la fuente misma de legitimidad.
No se trata de exigir santos. La política supone conflicto, negociación, poder y compromisos; en términos weberianos, obliga también a pactar con fuerzas poco celestiales. Nadie puede encarnar perfectamente aquello que defiende. Por eso mismo Mujica resulta una figura tan significativa. Su autoridad no provenía de una pretendida pureza, sino de una coherencia suficientemente visible entre palabra y vida.
Tal vez ahí resida una de las ironías mayores de la izquierda postprogresista. Al perder la pretensión de ser vanguardia de la Historia, puede intentar compensarla presentándose como vanguardia moral. Pero cuanto más reclama esa posición, más queda sometida a una prueba que ninguna filosofía de la historia puede resolver por ella: si quienes proclaman esos valores logran vivir, gobernar y ejercer el poder de una manera reconociblemente compatible con ellos.
La izquierda se libera así de una vieja obligación: demostrar que la Historia está de su lado. Pero adquiere otra bastante más pesada, cercana y difícil: mostrar que sus propios valores están de su lado cuando gobierna, organiza y vive. Y eso raramente ocurre.
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