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Patriotismo territorial, popular e industrial Opinión Archivo

Patriotismo territorial, popular e industrial

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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O unimos al pueblo mediante un territorio habitable y comunicado, que rinda frutos en toda su extensión y nos nutra de las bendiciones de la tierra, o seguiremos sentados sobre nuestras riquezas en desaparición, esperando que un extranjero venga a decidir qué hacer con ellas.


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Atendemos, con suerte, a las divisiones de nuestro pueblo: ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, educados y quienes apenas estudiaron. Importa. Bismarck, no los marxistas, comprendió que un Estado sólido necesita una nación integrada, atenta a las necesidades de todos. Sin esa unidad crecen el malestar, la envidia, los estallidos. No hay suelo para reformas de largo aliento. Tampoco patriotismo que sobreviva a una ceremonia.

Olvidamos, además, la otra mitad del asunto: el territorio. La tierra sostiene nuestras casas, ofrece un paisaje donde la existencia adquiere forma y devuelve frutos al trabajo. Pero hay que habitarla, cultivarla, comunicarla, recorrerla. Góngora comprendió lo que la ocupación de Chile debe al Estado; Turner, lo que Estados Unidos debe a su frontera. Aquí hemos olvidado ambas lecciones.

Nuestra institucionalidad territorial es un bodrio de atribuciones débiles y competencias confusas. Y parece no importarle a nadie.

El norte se entrega a la extracción, no al arraigo. La pujanza cultural que conoció en el siglo XIX es casi un recuerdo perdido. Chañarcillo hizo posible el ferrocarril entre Copiapó y Caldera, prolongado después hacia el mineral. Los rieles no llevaron sólo plata al puerto: ayudaron a levantar ciudades, comercio, talleres y vida cultural en Caldera. Hoy hasta los técnicos -probablemente lejanos al decoro cultural de los librepensadores decimonónicos- llegan por turnos y se marchan. Sin educación de excelencia ni condiciones atractivas para formar familias, ¿quién querrá quedarse? Y mientras disminuye la ley de los minerales, seguimos extrayendo y partiendo. Sale riqueza; van a quedar probablemente más pueblos fantasma.

En el centro pasamos de la desidia que nos secaba a la desidia que nos hunde en barro. Después -no hay que ser pitoniso- llegarán los incendios. ¿Quién piensa el Valle Central: aguas, bosques, ciudades y cultivos?

Las regiones y provincias padecen anemia institucional. Son pocas las universidades fuera de Santiago capaces de competir con las capitalinas. Así se empobrecen las capacidades humanas y las dirigencias. Se habla de descentralización, mientras el talento debe emigrar -arrancar- para desarrollarse.

El sur revela un abandono lindante lo patológico. Aysén y Magallanes siguen sin continuidad vial por suelo chileno. Para viajar por tierra dependemos de Argentina. En tiempos de renovadas tensiones soberanistas, es una vulnerabilidad estratégica. Tenemos agua dulce y paisajes que podrían rodear ciudades de latitudes similares y tan bellas como Heidelberg o Bilbao.

Sin embargo, confundimos protección -y desidia- con inmovilización: enormes extensiones quedan convertidas en parques donde el poblamiento y las actividades productivas se dificultan, mientras grandes fortunas adquieren territorios como refugio privado de magnates. Un sur casi vacío expone también la seguridad nacional. Cuidar la naturaleza no exige expulsar de ella la vida humana. Al contrario, cualquier cuidado de largo aliento impone poblar la tierra.

Frei Montalva impulsó la colonización en Palena; Melnick la combatió. Nos faltan caminos, carreteras de alta velocidad, puertos, buques, aviones, tanques, fábricas propias, centros de estudios y trenes y caminos, casi por todas partes. Esparciéndose por el paisaje.

Trenes hacia el norte, para ligar puertos, minas y ciudades; trenes hacia el sur, para unir valles y poblaciones; ramales que devuelvan la vida a pueblos hoy aislados. No basta una vía que transporte recursos: necesitamos una red que transporte personas, ideas, trabajo y oportunidades. El ferrocarril no sólo cruza la tierra: altera la concepción del espacio, la incorpora con hitos mayores a la nación.

¿Dónde está el patriotismo del gobierno cuando las obras cuestan y sus frutos los verá otra generación? ¿Dónde los proyectos para irrigar el desierto, industrializar las regiones, poblar el sur? La continuidad de Chile no puede depender del cálculo filisteo del balance fiscal mes a mes. ¿Quién tendrá las agallas para chilenizar el país implantando en cada macrozona una institución de educación superior comparable a las mejores de América, capaz de desplazar cuadros humanos que conviertan la aletargada provincia en vida cultural, humana, mental?

Juan Godoy se internó en Chañarcillo y enriqueció al país por cinco décadas; Cardoen creó una industria de punta en defensa y conjuró la amenaza peruana y argentina; los atacameños y los colonos de Aysén y Magallanes hicieron patria ocupando y transformando el medio. Chile no está terminado. O unimos al pueblo mediante un territorio habitable y comunicado, que rinda frutos en toda su extensión y nos nutra de las bendiciones de la tierra, o seguiremos sentados sobre nuestras riquezas en desaparición, esperando que un extranjero venga a decidir qué hacer con ellas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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