Publicidad
La vida que no elegimos también merece ser vivida Opinión

La vida que no elegimos también merece ser vivida

Publicidad
Luis Araya Castillo
Por : Luis Araya Castillo Académico, Escuela de Negocios, Universidad Adolfo Ibáñez. PhD in Management Sciences, ESADE Business School. Doctor en Empresa, Universidad de Barcelona. Doctor en Ciencias de la Gestión, Universidad Ramon Llull. Posdoctor en Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires.
Ver Más

Una vida no pierde su valor porque haya tomado un rumbo diferente del que alguna vez imaginamos. Desde jóvenes proyectamos quiénes seremos, a quién amaremos y qué sueños conseguiremos realizar.


El Mostrador Fuente Preferida

 Confiamos en que ciertas decisiones nos conducirán a la felicidad, como si la existencia pudiera seguir un itinerario previamente establecido. Pero los años alteran nuestros planes y nos enfrentan a una pregunta difícil: ¿cuánto tiempo dedicamos a lamentar aquello que no ocurrió, sin reconocer lo que hemos vivido?

Parte del arrepentimiento nace de la distancia entre la persona que somos y aquella en la que esperábamos convertirnos. Alguien puede sentirse orgulloso de su trayectoria profesional y, al mismo tiempo, entristecerse por una relación que terminó, una familia que no llegó a formar o una oportunidad que dejó pasar. Lo que nunca sucedió adquiere entonces una presencia inesperada: ocupa nuestros pensamientos y, en ocasiones, ensombrece logros que antes nos parecían importantes.

La psicología llama pensamiento contrafactual a la capacidad de imaginar qué habría ocurrido si hubiéramos elegido de otra manera. Puede ayudarnos a aprender de los errores, pero también alimentar comparaciones imposibles de resolver. Tendemos a imaginar los beneficios del camino descartado sin considerar sus dificultades. Aquella relación quizá habría tenido otros conflictos; el empleo rechazado, nuevas renuncias; la ciudad donde soñábamos vivir, una soledad distinta. Desconocemos cómo habría sido esa existencia y, sin embargo, a veces la consideramos superior a la nuestra con una certeza que nunca podríamos demostrar.

Hay otra contradicción: creemos conocer de antemano las condiciones de nuestra felicidad. Nos decimos que estaremos satisfechos cuando alcancemos determinada posición, encontremos pareja o consigamos estabilidad económica. Pero nuestros deseos pertenecen a una etapa concreta de la vida. Cambian las prioridades, las convicciones y la forma de comprendernos. Quizá quien formuló aquellos sueños ya no sea exactamente la misma persona que hoy se reprocha no haberlos cumplido.

A esa exigencia personal se suma una presión colectiva. Nuestra sociedad suele presentar la realización humana como una sucesión de etapas: estudiar, trabajar, formar una familia, adquirir patrimonio y obtener reconocimiento. Todas esas aspiraciones pueden ser legítimas. El problema aparece cuando se convierten en una medida universal del éxito, como si existiera una edad correcta para amar, prosperar o encontrar nuestro lugar. Quienes recorren trayectorias diferentes pueden terminar sintiéndose rezagados, aunque hayan construido vidas llenas de afectos y significado.

Las investigaciones sobre el sentido vital muestran que una existencia valiosa no se explica únicamente por las metas alcanzadas. También importa la calidad de nuestros vínculos, aquello que entregamos a otros y la manera en que interpretamos nuestra historia. Con frecuencia, los recuerdos más significativos no corresponden a grandes logros personales o profesionales, sino a gestos discretos: alguien que nos acompañó durante una dificultad, una conversación que cambió nuestra perspectiva o una muestra de confianza cuando más la necesitábamos.

La noción de riqueza psicológica amplía esta mirada. Una buena vida no tiene que ser permanentemente feliz ni desarrollarse conforme a un proyecto inicial. Puede contener experiencias inesperadas que transforman nuestra comprensión del mundo, encuentros que modifican nuestras convicciones y aprendizajes que jamás habríamos anticipado. Esto no demuestra que el camino recorrido haya sido mejor que el imaginado, sino que posee un valor propio, imposible de medir exclusivamente por aquello que faltó.

Tampoco deberíamos romantizar el sufrimiento. No todas las pérdidas nos enseñan algo ni todas las heridas nos fortalecen. Hay ausencias que continúan doliendo después de muchos años y decisiones cuyas consecuencias no pueden repararse. Reconocer el valor de nuestra historia no exige agradecer cada adversidad ni encontrar una explicación consoladora para lo irreparable. Algunas experiencias simplemente duelen, y eso no disminuye la dignidad de nuestra existencia.

Quizá la reconciliación con nosotros mismos comienza cuando dejamos de exigirle al pasado la lucidez que solo adquirimos después. La madurez también implica entender que una vida no es un inventario de oportunidades perdidas ni una competencia contra la persona que imaginamos ser. Mientras perseguíamos determinados sueños, hubo encuentros que nos sostuvieron, afectos que dejaron huellas y momentos de alegría que jamás habíamos previsto. Y tal vez algún día comprendamos que, mientras lamentábamos los sueños que no se cumplieron, no supimos apreciar plenamente muchos de los momentos que hicieron valiosa nuestra vida.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad