Opinión
La deuda olvidada de la educación médica en Chile
La historia sanitaria de Chile demuestra que los mejores avances en educación médica han ocurrido cuando universidades y sistema público han trabajado en estrecha colaboración. Preservar y fortalecer esa alianza constituye una tarea urgente.
La calidad de los futuros profesionales de la salud depende tanto de las universidades como de la fortaleza de los hospitales públicos donde se forman.
Es una paradoja poco discutida. Mientras el país debate sobre la falta de médicos, la necesidad de más especialistas y la apertura de nuevas escuelas de medicina, rara vez se aborda con la misma intensidad el estado de los hospitales y centros de salud que constituyen el principal escenario formativo de esos mismos profesionales. Sin embargo, la historia de la educación médica chilena demuestra que ambos procesos son inseparables.
Durante más de un siglo, la formación médica ha evolucionado de la mano del desarrollo de la red pública de salud. Desde los primeros cursos de medicina impartidos por la Universidad de Chile, los establecimientos asistenciales del Estado se transformaron en las verdaderas aulas clínicas donde generaciones de estudiantes adquirieron conocimientos, habilidades y vocación de servicio.
Hoy, con más de treinta facultades de medicina y miles de estudiantes de diversas profesiones sanitarias, la mayor parte de la formación clínica continúa realizándose en hospitales, consultorios y centros dependientes de los Servicios de Salud. Esta realidad obliga a una reflexión mayor: la educación médica no es responsabilidad exclusiva de las universidades. Es también una responsabilidad estratégica del Estado.
No basta con diseñar buenos programas académicos ni aumentar las vacantes de formación. La enseñanza clínica requiere hospitales resolutivos, infraestructura moderna, tecnología adecuada, equipos de salud comprometidos y una actividad asistencial capaz de ofrecer experiencias de aprendizaje significativas. Allí donde el sistema sanitario presenta déficits, la formación también los resiente. Cuando un hospital carece de recursos, no solo se afectan los pacientes; también se empobrece la calidad de la educación de quienes deberán atender a las futuras generaciones.
La creciente complejidad de la medicina contemporánea hace aún más evidente esta realidad. La innovación tecnológica, la medicina de precisión, la digitalización de los procesos clínicos y el envejecimiento de la población exigen entornos asistenciales cada vez más sofisticados. Pretender formar profesionales preparados para esos desafíos en instituciones limitadas por carencias estructurales constituye una contradicción que el país ya no puede ignorar.
Además, el Estado no solo proporciona los campos clínicos donde se forman los futuros médicos. También financia una proporción significativa de los programas de especialización y determina, a través de sus políticas, la distribución territorial de especialistas. En consecuencia, hablar de educación médica es también hablar de planificación sanitaria, equidad territorial y desarrollo nacional.
La deuda pendiente radica precisamente en no haber reconocido suficientemente esta relación virtuosa entre formación y asistencia. Durante décadas se ha considerado la docencia como una actividad complementaria de los hospitales, cuando en realidad constituye una de sus funciones estratégicas. Los centros asistenciales que forman profesionales generan conocimiento, impulsan la innovación y contribuyen a la sostenibilidad futura del sistema de salud.
Por ello, Chile debiera avanzar hacia una política de Estado que integre explícitamente la formación de recursos humanos con el desarrollo de la red asistencial pública. Fortalecer hospitales regionales, consolidar una carrera académica-asistencial, incorporar indicadores docentes en la gestión hospitalaria y planificar conjuntamente las necesidades futuras de especialistas son medidas que ya no admiten postergación.
La educación médica no comienza ni termina en las aulas universitarias. Se construye diariamente en los pabellones quirúrgicos, en los servicios de urgencia, en las consultas ambulatorias y en las salas de hospitalización donde estudiantes y docentes enfrentan la realidad de la enfermedad y el cuidado de las personas. Allí se transmiten conocimientos, pero también valores, criterio clínico y compromiso social.
La historia sanitaria de Chile demuestra que los mejores avances en educación médica han ocurrido cuando universidades y sistema público han trabajado en estrecha colaboración. Preservar y fortalecer esa alianza constituye una tarea urgente.
Porque, en definitiva, la fortaleza de un sistema de salud no depende únicamente de los hospitales que construye, sino también de su capacidad para formar dentro de ellos a los profesionales que liderarán la medicina del futuro. Y esa sigue siendo, quizás, la deuda más olvidada de la educación médica en Chile.
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