Opinión
Después de los 50 años: trabajo, empleabilidad y ¿reinvención?
La cesantía post 50 años cobra especial interés en sociedades que envejecen, como la nuestra, donde prolongar la vida laboral, reconocer el talento de las personas mayores y generar nuevas oportunidades de participación productiva, constituye tanto un desafío individual como una responsabilidad cole
Perder el trabajo es una experiencia difícil de afrontar que, en la actualidad, vive más de un millón de chilenos. Según los recientes resultados de la Encuesta Nacional de Empleo del INE, correspondientes al trimestre julio-septiembre de 2026, la tasa de desocupación nacional subió al 9,8%, lo que representa un aumento de 1,3 puntos porcentuales en doce meses. La desocupación afecta más a las mujeres, con una tasa del 10,5%, frente al 9,3% de los hombres.
Son muchas las variables que afectan la vida de una persona que queda desempleada y muchas, también, las consecuencias que eso significa en su cotidianidad y en la de su entorno más directo. Si bien no hay una edad en la que estar cesante sea una opción deseada, perder el trabajo después de los cincuenta años entraña un remezón que puede ser devastador. Y si además le añadimos la condición de género -ser mujer y jefa de hogar, por ejemplo- tenemos elementos que solo contribuyen a que la complejidad sea mayor; a la incertidumbre económica se suman también las dudas sobre lo inmediato, como la pérdida de confianza en uno mismo, porque el futuro deja de verse como un asunto lejano; es hoy.
Cuando se busca trabajo, a cualquier edad, generalmente se concentran nuestros esfuerzos en identificar ofertas disponibles, enviar currículums, preparar entrevistas y responder a los requisitos de los empleadores, pues el objetivo inmediato es conseguir una contratación y un sueldo a fin de mes. Sin embargo, este enfoque puede volverse reactivo: se depende, en gran medida, de las vacantes disponibles y, sobre todo, de las decisiones de quienes contratan.
Buscar empleabilidad supone ampliar esa perspectiva. Significa mirar más allá de la próxima vacante, reconocer nuestras fortalezas, actualizar conocimientos, cuidar las redes de contacto y explorar dónde podemos aportar. También implica asumir las transformaciones del mercado laboral, anticiparse a ellas y construir un proyecto profesional que no dependa exclusivamente de una oportunidad inmediata.
Pero para las personas mayores de cincuenta años, este desafío presenta una característica particular: de acuerdo con el análisis del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales, difundido en octubre de 2026, se estima que este grupo tarda, en promedio, 11,4 meses en encontrar un nuevo empleo. En otras palabras, el 26,9% de las personas desocupadas de 50 años o más lleva al menos un año buscando trabajo, frente al 18,9% del total de personas desocupadas.
Estos antecedentes muestran que el problema no puede analizarse exclusivamente a partir de la tasa de desempleo. Al parecer, la edad también influye. En buen chileno, el tiempo de espera para encontrar trabajo de personas desocupadas de 50 y más años es muy superior al porcentaje que ocupan en total de personas cesantes. Y esto aumenta la desazón, porque detrás de estos números hay miles de personas que deben reorganizar sus economías familiares, enfrentar la incertidumbre y, muchas veces, preguntarse si su experiencia sigue siendo valorada por el mercado debiendo a aprender a lidiar con la genuina sensación de haber sido marginadas antes de tiempo.
En ocasiones, quienes enfrentan una desvinculación laboral concentran sus esfuerzos en encontrar un puesto similar al que desempeñaron durante años. Sin embargo, su experiencia puede tener un valor que trasciende una ocupación específica: capacidad para resolver problemas, gestionar equipos, negociar, formar a otros, administrar recursos o comprender organizaciones complejas. La pregunta «¿dónde encuentro trabajo?» puede acompañarse de «¿qué sé hacer bien?», «¿dónde más podría aportar?» y «¿qué necesito aprender?». Y en este punto, es recurrente escuchar una frase que no se sabe muchas veces qué implica: “hay que reinventarse”.
Reinventarse puede sonar a una exigencia de cambiarlo todo para seguir siendo relevantes, como también una solución de libro de autoayuda. Algunos dicen que se trata de mirar la experiencia con otros ojos y encontrar nuevas maneras de utilizar lo aprendido, sin desconocer lo que hemos construido y lo que somos. Sabemos hacer más de lo que indica nuestro último cargo.
Para algunas personas, la reinvención puede ser posible, pero no es una solución para todos. Cada reinvención es personal y depende de las motivaciones, las necesidades económicas y las oportunidades disponibles, tanto individuales como sociales. Y aquí es donde surge la gran diferencia entre poder reinventarse (privilegio) o estar obligados a hacerlo (imposición).
Desde esta perspectiva, buscar trabajo, construir empleabilidad y reinventarse son tres procesos complementarios pero diferentes. Buscar trabajo permite responder a una necesidad inmediata; construir empleabilidad ayuda a ampliar las posibilidades laborales a lo largo del tiempo, y reinventarse puede redefinir el rumbo profesional cuando las circunstancias, los intereses o las oportunidades cambian. Estos tres procesos están supeditados, por cierto, a las condiciones socio económicas de cada persona.
La cesantía post 50 años cobra especial interés en sociedades que envejecen, como la nuestra, donde prolongar la vida laboral, reconocer el talento de las personas mayores y generar nuevas oportunidades de participación productiva, constituye tanto un desafío individual como una responsabilidad colectiva.
La experiencia (los años) no tiene por qué ser el final de una trayectoria, puede ser el comienzo de algo nuevo, en la medida en que las instituciones, empresas y las políticas públicas contribuyan a hacerla realidad.
Porque a los 50 y más años estamos más grandes, pero también más vivos.
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