Opinión
Ucrania: los rostros de la guerra
Estas historias deberían impedir que nos acostumbremos a la guerra de Ucrania. La reiteración de las noticias, el paso del tiempo y la acumulación de conflictos internacionales han terminado por producir una peligrosa indiferencia.
Leí esta semana en el diario italiano La Repubblica una conmovedora crónica de Elena Stancanelli, escritora florentina, autora de numerosas novelas, entre ellas La mujer desnuda, finalista del prestigioso Premio Strega. Su relato, titulado Viaje a Ucrania, la sombra y la gracia, recoge las experiencias de un recorrido por un país que lleva más de cuatro años resistiendo la invasión rusa. Es un texto que merece ser leído, especialmente por quienes, desde la comodidad de países alejados de la guerra, discutimos sobre el conflicto en términos geopolíticos, estratégicos o ideológicos, olvidando con demasiada frecuencia a sus verdaderas víctimas. Como escribió León Gieco en una hermosa canción (Solo le pido a Dios): “Que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte”.
Stancanelli viaja a Kiev en un tren nocturno desde Varsovia. El trayecto, previsto para quince horas, termina prolongándose por treinta, entre interrupciones provocadas por las alarmas aéreas. En el compartimento conoce a Kyrylo Perevozchykov, un ucraniano nacido en Donetsk, cuya historia personal resume buena parte de la tragedia de su país. Cuando comenzó la invasión, en febrero de 2022, se encontraba de vacaciones con sus dos hijos pequeños. Debió conducirlos hasta la frontera y entregarlos a su madre, que atravesó a pie desde Eslovaquia para recogerlos. Él permaneció en Ucrania.
Kyrylo recuerda también a Anastasiia Yalanskaya, una joven voluntaria de 26 años, asesinada en marzo de 2022 mientras llevaba alimentos a un refugio de animales en Bucha. Su muerte lo llevó a replantearse su propia vida. Abandonó su trabajo en el sector de los programas informáticos bancarios y comenzó a colaborar con una empresa ucraniana dedicada a fabricar prótesis para militares mutilados. Sueña con regresar algún día al Donbass y mostrar a sus hijos la tierra donde nació.
Ese deseo sencillo, regresar al lugar de origen, revela una dimensión fundamental de esta guerra. Los ucranianos están defendiendo algo que constituye el patrimonio más elemental de cualquier ser humano: la posibilidad de vivir en su país, conservar sus recuerdos y decidir libremente su destino.
La crónica describe una Kiev donde las sirenas interrumpen las noches y los habitantes deben elegir entre descender a los refugios o permanecer en sus camas, confiando en que los misiles caerán en otra parte. Durante el día, sin embargo, las calles recuperan su actividad, funcionan los restaurantes, circulan los automóviles y las personas continúan trabajando. La vida se empeña en seguir su curso, aun bajo la amenaza permanente de la muerte.
Una de las escenas más sobrecogedoras transcurre en Yahidne, una pequeña localidad del norte de Ucrania. Allí, durante la ocupación rusa de marzo de 2022, 368 personas, entre ellas niños, ancianos y recién nacidos, fueron encerradas durante casi un mes en el sótano de una escuela. Los soldados utilizaron los pisos superiores como posición militar y mantuvieron a los civiles como escudos humanos. El hacinamiento impedía incluso acostarse para dormir. Diez personas murieron durante aquel cautiverio.
En las paredes del sótano permanecen escritos los nombres de los prisioneros. También se conservan dibujos infantiles de animales, árboles y corazones. Resulta difícil imaginar una expresión más brutal de la guerra que esos niños obligados a pasar sus días bajo tierra, mientras sobre sus cabezas los soldados disponían de la vida y la muerte de sus familias.
Hay otra dimensión de esta tragedia que Stancanelli observa con particular sensibilidad; es la destrucción de la cultura y los esfuerzos por preservarla. En Kiev continúa organizándose el festival literario Book Arsenal, mientras escritores, editores y artistas trabajan para mantener viva la actividad cultural. Los bombardeos han destruido depósitos de libros y numerosas instituciones culturales. Una organización distribuye literatura entre los soldados del frente y prepara relatos infantiles que los padres movilizados pueden leer por teléfono a sus hijos.
La escritora italiana recuerda también a Victoria Amelina, novelista ucraniana que investigaba los crímenes de guerra y había recuperado el diario que otro escritor, Volodymyr Vakulenko, enterró en su jardín antes de ser detenido y asesinado por las fuerzas rusas. Amelina murió a consecuencia del ataque de un misil ruso contra un restaurante de Kramatorsk. Momentos antes del impacto se encontraba conversando y riendo con otros escritores, entre ellos el colombiano Héctor Abad Faciolince, sobreviviente del bombardeo. La imagen resulta desgarradora. Una escritora dedicada a rescatar la memoria de un colega asesinado termina convertida, ella misma, en otra víctima de la violencia que intentaba documentar.
Estas historias deberían impedir que nos acostumbremos a la guerra de Ucrania. La reiteración de las noticias, el paso del tiempo y la acumulación de conflictos internacionales han terminado por producir una peligrosa indiferencia. Los muertos se transforman en cifras; las ciudades destruidas, en nombres repetidos; los desplazados, en estadísticas. Entretanto, millones de personas continúan viviendo una tragedia que nunca eligieron.
Conviene recordar una cuestión esencial: Rusia invadió militarmente a un Estado soberano, violando su integridad territorial y el principio fundamental del derecho internacional que prohíbe la conquista por la fuerza. Ninguna consideración sobre las tensiones entre Moscú y Occidente, la ampliación de la OTAN o los errores diplomáticos del pasado puede justificar semejante agresión. Es legítimo discutir esos antecedentes. Lo inadmisible es utilizarlos para disminuir la responsabilidad del gobierno de Vladimir Putin.
Desde una perspectiva democrática y humanista, esta condena debería resultar inequívoca. Sorprende que todavía existan sectores de izquierda dispuestos a relativizar la invasión rusa, prisioneros de una antigua concepción del mundo que interpreta los conflictos internacionales exclusivamente a través de su antagonismo con Estados Unidos. Esa mirada termina negando a los pueblos pequeños el derecho a decidir su propio destino y tolerando, en nombre de supuestos equilibrios geopolíticos, las ambiciones imperiales de otras potencias.
Por supuesto, la guerra debe terminar. Cada día que se prolonga significa nuevas muertes, familias destruidas y generaciones marcadas por el sufrimiento. La búsqueda de una salida diplomática constituye una necesidad urgente. Sin embargo, una paz que simplemente consagre las conquistas territoriales obtenidas mediante la fuerza y deje a Ucrania expuesta a nuevas agresiones difícilmente podrá ofrecer estabilidad duradera. El propio Kyrylo advierte a Stancanelli que las ambiciones de Putin no desaparecerán mediante concesiones que le permitan recuperar su capacidad militar.
Al terminar la lectura, permanece una imagen de Kiev que la cronista describe: una plaza cubierta de fotografías de soldados muertos, pequeñas banderas ucranianas y flores. Cada fotografía corresponde a una vida interrumpida, a una familia que espera en vano, a una ausencia definitiva.
Tal vez ese sea el mayor mérito de la crónica de Elena Stancanelli. Nos devuelve los rostros y las historias de quienes han quedado ocultos tras los mapas militares y las declaraciones de los gobernantes. Nos recuerda que Ucrania es, ante todo, un pueblo que sufre, trabaja, educa a sus hijos, escribe libros y se resiste a desaparecer.
A cuatro años y ocho meses del comienzo de la invasión, el pueblo ucraniano merece algo más que nuestra compasión ocasional. Merece solidaridad, respeto por su independencia y una paz fundada en su derecho a existir libremente. Porque ninguna aspiración imperial, ningún cálculo estratégico y ninguna disputa entre potencias puede valer más que la vida y la libertad de millones de seres humanos.
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