«Mundo de derechos humanos tiene enormes esperanzas en Michelle Bachelet»
Quien fuera por casi cinco años representante regional del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de ONU, estima que los desafíos de la futura mandataria serán la ratificación del TPI y luchar contra la discriminación hacia los pueblos indígenas y las mujeres. No obstante, destaca que en los últimos años se avanzó en el esclarecimiento de los abusos cometidos en dictadura.
Aunque el abogado y ex representante regional del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Roberto Garretón reconoce los avances que ha tenido Chile en esta materia, señala que aún hay tareas pendientes como en el ámbito de los pueblos originarios. "Los gobiernos de la Concertación han tratado de hacer avances, pero el pinochetismo se ha opuesto a cosas esenciales y que para ellos significan mucho", sostiene.
Garretón dejó en diciembre pasado las funciones que cumplió por casi cinco años para la ONU y ahora aspira a retomar una de las áreas que más lo apasiona: la defensa de los derechos humanos en Chile, ya que fue uno de los primeros abogados que tuvo la Vicaría de la Solidaridad durante la dictadura.
El abogado está esperanzando en lo que pueda realizar Michelle Bachelet en esta área y en otras, como la reconciliación definitiva entre la sociedad civil y los uniformados. "Creo que todos los enfoques que se han hecho de la reconciliación desde el año 90 hasta ahora han estado profundamente equivocados, porque sólo responde a una necesidad de quienes nunca hablaron de reconciliación", afirma.
– ¿En qué consiste el cargo de representante regional para América Latina y el Caribe del alto comisionado para las Naciones Unidas en los Derechos humanos?
– La oficina del Alto Comisionado se crea en la Conferencia Mundial de Viena, después de muchas discusiones, como parte de la secretaría de las Naciones Unidas. Es el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en materia de derechos humanos. Pero no tiene la función de fiscalizar su cumplimiento, eso lo hacen los relatores.
Es una oficina relativamente nueva, creada el año 1994 y ha ido creciendo con dificultades, porque hay Estados a los que no les gusta una especialización en los derechos humanos. Coincide con los países que más los pasan a llevar, los que tienen los peores estándares, los que menos ratifican los tratados y los que no aceptan que los visiten los relatores.
– ¿Cuáles son las funciones de la Oficina del Alto Comisionado?
– La promoción de la cultura de los derechos humanos en el mundo entero; la asistencia técnica a los estados que quieren progresar en materia legislativa, de educación, etc; y preocuparse por la ratificación universal de todos los instrumentos de derechos humanos, la gran mayoría de países latinos han ratificado, prácticamente, todas las convenciones.
– ¿En qué condiciones está Chile?
– A Chile le faltan tres (instrumentos), porque el pinochetismo no las quiere. El de la Corte Penal Internacional; el Protocolo Adicional para la Convención para la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer; y la Convención sobre los pueblos indígenas y tribales.
– Tras su salida como representante del alto comisionado, ¿cuál es el balance que hace?
– En Latinoamérica se usa poco el sistema de protección de los derechos humanos de Naciones Unidas, porque tenemos un excelente sistema interamericano, tanto la comisión como la Corte. Entonces, normalmente, si a una persona la torturan, la discriminan o le censuran la prensa, antes de ir a Naciones Unidas va a ir al sistema interamericano.
Yo me empeñé durante mi función en que se hiciera más conocido el sistema de Naciones Unidas, porque en la dictadura fueron un aporte enorme, la dictadura los odiaba e incluso el año ’78 se hizo un plebiscito contra las Naciones Unidas, una cosa demencial y paranoica.
Por lo que, dentro de los principales éxitos están el conocimiento y utilización del sistema internacional que ha aumentado en estos cinco años. No hay estadísticas, pero si me dicen en Ginebra que ellos nunca habían recibido tantas reclamaciones y tantas quejas de América Latina como en los últimos años.
Además, creo haber contribuido a un acercamiento del sistema interamericano con el sistema universal o internacional, de hecho se han organizado muchas actividades en común y no se han hecho más porque todavía no se han tomado decisiones en Ginebra.
Se han establecido programas de cooperación técnica con El Salvador, Bolivia, Argentina Perú, Uruguay, algunos están funcionando, otros ya terminaron y hay muchos en trámite.
Y la notoriedad del sistema, yo cada vez que visitaba un país tenía audiencias con altas autoridades del gobierno, pero también cobertura de prensa que era algo que nunca había tenido el sistema universal o de Naciones Unidas.
– Dentro de sus funciones, ¿cuál fue el momento más complicado que tuvo?
– Ninguno. Yo he vivido momentos críticos antes (años 1997 y 1998), cuando fui relator sobre el Zaire. Me tocaron dos guerras, tres millones de muertos y en un momento se me trató de sacar del cargo, diciendo que yo había faltado a la verdad, porque había dicho que en la primera guerra del Congo las fuerzas ruandesas y las congolesas habían cometido masacres.
Tuve una presión enorme para que me retirara del cargo y de países muy importantes. En el Consejo de Seguridad se discutía si Garretón era mentiroso o no. Yo me mantuve siempre firme y exactamente lo que dije en el informe. Ahí tuve presiones fuertes.
– ¿Si tuviera que decir qué cargo le gustó más por cuál se inclina ¿relator o representante regional?
– Yo soy relator. La verdad es que el compromiso con los derechos humanos lo puedes demostrar en cualquier actividad, pero lo puedes ejercer más desde el punto de vista de la abogacía en el defensa de los derechos humanos o en la denuncia, que es lo que hace el relator. Donde informas de hechos graves que constituyan una situación persistente de violaciones sistemáticas de los derechos humanos, pero los progresos también. Es más apasionante ser relator que ser representante, que es un cargo más burocrático.
Derechos humanos en Chile
– ¿Qué le parece que durante el año pasado Chile haya tenido 94 condenas a militares por causas de Derechos Humanos?
– A mí me parece espectacular el avance que se ha ido produciendo. La investigación de esos casos, probablemente, la iniciamos los abogados de la Vicaría de la Solidaridad y no se avanzó nunca. En el fondo todo ese trabajo -con el cual yo me identifico- sólo tiene un impulso el 16 de octubre del año 1998, cuando al gran criminal lo tomaron preso en Londres. Y en la Mesa de Diálogo porque, a pesar de los errores y omisiones, hubo información. Pero con Pinochet en Londres a los jueces les pasó que se dieron cuenta que podían hacer justicia.
– ¿Qué le parecen las críticas sobre la tardanza de las condenas?
– Yo valoro que hayan estas 94, pero no me puedo sumar a esa crítica que dice hasta cuándo estamos con procesamientos queremos condenas ¡ya!. Las condenas tienen que ser después de un debido proceso, con todas las garantías, ojalá que sea ya, pero no me gusta decir no hay nada porque sólo hay procesamientos.
Hay mucho porque los procesamientos ya son muchos, falta lo otro, no hay que olvidar que los juicios comenzaron de verdad el año 98, con jueces dispuestos a investigar, antes sólo hubo pocos jueces que avanzaron, como el caso degollados.
– ¿Cuáles son la falencias que quedan?
– A mí no me entra en la cabeza que para reprimir delitos de daños o manifestaciones públicas se recurra a la Ley Antiterrorista como ocurre con las organizaciones mapuches. Eso es un retroceso en materia de derechos humanos. Pero en general entre el año 1989 y hoy la realidad es 100% distinta.
– ¿En su opinión cómo ve la labor que podrá hacer Michelle Bachelet en este tema?
– (Suspira y responde) Los de derechos humanos tenemos enormes esperanzas. Creo que hay temas donde también se ha avanzado, pero Michelle le puede dar un poco más fuerte, específicamente, en la discriminación contra la mujer y ya ha dado manifestaciones de ello en su gabinete y ojalá que siga en eso. Pero también queremos esperar progresos en los pueblos indígenas, porque su problema es que no tienen tierras, no se les respeta su cultura y son muy pobres.
– A su juicio, ¿es uno de los temas débiles?
– Yo encuentro que estamos muy débiles, los gobiernos de la Concertación han tratado de hacer avances, pero el pinochetismo se ha opuesto a cosas esenciales y que para ellos significan mucho.
Reconciliación
– ¿Qué cree que es lo que le falta a Chile para alcanzar la «políticamente recurrente» reconciliación?
– Justicia, tanto en las violaciones pasadas de derechos humanos como justicia distributiva, en la equidad de las relaciones sociales y económicas. Creo que todos los enfoques que se han hecho de la reconciliación desde el año 90 hasta ahora han estado, profundamente, equivocados, porque sólo responde a una necesidad de quienes nunca hablaron de reconciliación.
¿Usted oyó a los pinochetistas decir reconciliación el 12 de septiembre del 73, el 78? Nunca nadie los escuchó, es una hipocresía absoluta. Somos partidarios de la reconciliación ahora, después que mataron, no antes. Esa es la hipocresía.
La reconciliación lo que quiere es colocar un manto sobre una muralla tremenda que divide a los chilenos: cinco mil muertos y desaparecidos, ésa es la muralla que nos está separando. ¿Por qué el pinochetismo dice olvídense de esos muertos y ahí vamos a quedar reconciliados? Es inaceptable como planteamiento es una inmoralidad. Las víctimas corren con los muertos y además, si no olvidan, también son los responsables.
Todos los que están hablando de reconciliación son los que pedían mano dura, los que celebraban el estado de sitio, los que aplaudían los consejos de guerra, los que callaban frente a la DINA, los que sabían que se torturaba y decían que no. Esos son los responsables de la desconciliación.
– ¿Qué espera para este año en esa materia?
– Tienen que avanzar. Yo creo que este año viene una cantidad enorme de resoluciones que tendrán que ser sentenciadas por la Corte Suprema. ¿Alguien se acuerda que en 1970 ó 1980 se hubiera dicho "queremos justicia", "juicio y castigo" o "nunca más"? ¡Jamás! Ese progreso existe ahora, y en este último tiempo los jueces lo han empezado a entender.