Opinión
La demora en el cambio de gabinete: no es un capricho presidencial
Cualquier modificación se hará probablemente preservando los sellos reformista y personalista que la Presidenta ha estimado necesarios para asegurar el éxito de sus principales promesas de campaña y de su administración.
No hay cientista político (tampoco periodista) de la plaza que, con cierto aire de médium, creyéndose poseedor de una bola de cristal o intentando, tal vez, jugar a ser una especie de psicoanalista de la Mandataria, no ofrezca entre los principales motivos que retardan el esperado, anunciado y predicho cambio de gabinete, el siguiente y repetido argumento: “Es que a la Presidenta no le gusta que la pauteen” (se lo acaba de volver a preguntar la revista Capital). Esto, en medio del culto al secretismo que, según los periodistas, ha vuelto a florecer en La Moneda, en especial luego del Día de las encuestas que no trajon ninguna buena nueva, explicaría el retraso en la concreción del esperado cambio. Pero una mandataria tan astuta y flexible como ella y en una actividad donde impera el más crudo realismo, ¿va a dejarse atrapar por un capricho o una convicción que ya no se sostiene? Creo que no. La respuesta de fondo la dio la propia Michelle Bachelet entrelíneas en esa difundida entrevista: “Cambiar equipos es tal vez una de las decisiones más difíciles”.
Con ello abrió la posibilidad para que la postergada modificación de su elenco gubernamental pudiese encontrarse en su dramática experiencia anterior con los relevos de sus secretarios de Estado, reiterados y producidos a lo largo de todo su gobierno. Estos no sólo significaron una evidencia de una cierta pérdida de poder sino, además, la prueba más concreta del viraje de su administración desde un sello inicial transformador a uno de tono conservador que, incluso, como ocurrió en educación por ejemplo, concluyó haciendo lo inverso de lo que había pedido el movimiento pingüino de 2006. Su administración se fue pareciendo cada vez más a aquellas que hubo durante la vieja y oligárquica republica parlamentaria con su constante rotativa ministerial.
Si consideramos cada una de las mutaciones de sus equipos de trabajo –desde el más insignificante cambio de ministro hasta aquellos que simbolizaron transformaciones importantes en su hoja de ruta, como los de julio de 2006, marzo de 2007 o enero de 2008– contamos 12 modificaciones en su gabinete: una en 2006, dos en 2007 (marzo y diciembre), cuatro el 2008 (enero, abril, octubre y diciembre), tres en 2009 (marzo, octubre y diciembre) y dos en 2010 (enero y febrero) . Según esta perspectiva, el temor de la Presidenta de que se repita el fenómeno de su anterior mandato, en particular cuando su actual gabinete de tinte personalista fue hecho a su imagen y semejanza y donde veinte de sus ministros, de un total de veintitrés, nunca habían ocupado un cargo similar anteriormente, explica su decisión de postergar y tomarse todo el tiempo que sea necesario para llegar a una decisión tan difícil. Un eventual cambio no solo significaría el fracaso del diseño personal de su principal equipo de asesores, sino, también, la posibilidad de que con ello comience a desdibujarse el sello reformista de su gobierno.
Volviendo al pasado
El primer gabinete de Michelle Bachelet en su mandato anterior tuvo impresos dos sellos: el gobierno ciudadano –con muchos secretarios de Estado que eran caras nuevas en la política y donde sobresalía más de algún rostro televisivo– y la paridad de género –10 ministros varones y diez ministras–. Sin embargo, al concluir su mandato campeaban en su último elenco de secretarios de Estado –que aumentó a veintidós como resultado de la creación del Ministerio de Medio Ambiente y Energía– una leve mayoría de hombres –12 (55%) contra 10 mujeres (45%)– y donde abundaban los habituales rostros de la élite concertacionista, como René Cortázar (ya había sido ministro en 1990 con Aylwin), José Viera-Gallo (subsecretario de Allende durante la UP), Francisco Vidal, Edmundo Pérez Yoma, Sergio Bitar, Mariano Fernández o Marigen Hornkohl, todos quienes habían sido ministros o desempeñado cargos relevantes en las distintas administraciones de la coalición del arcoíris.
No está de más señalar que, de los veinte ministros originales con que asumió Michelle Bachelet, solo llegaron hasta el final tres (el 15%, con Andrés Velasco, la actriz Paulina Urrutia y Patricia Poblete), en tanto el 85% restante fue quedando a la vera del camino por distintos motivos: pérdida de confianza (Zaldívar o Belisario Velasco), deficiente gestión (Sergio Espejo o Isidro Solís), problemas con la agenda legislativa del gobierno (Paulina Veloso), crisis sectorial (María Soledad Barría y Martín Zilic), “mantener los equilibrios de la coalición” (Clarisa Hardy) , efectos de líos de familia (Vivianne Blanlot), destitución por el Congreso (Yasna Provoste), opción por una carrera parlamentaria (Ricardo Lagos Weber y Osvaldo Andrade), o reforzar la alicaída campaña de Frei Ruiz-Tagle (Laura Albornoz y Carolina Tohá). No hubo un solo año en que no se cambiasen ministros.
[cita]Bien sabemos que su sello ministerial actual de corte personalista y con ministros hechos a su imagen y semejanza –sólo tres de ellos: Eyzaguirre, Heraldo Muñoz y José A. Gómez habían sido ministros antes– fue una respuesta concreta a las dificultades que tuvo en la composición de su elenco gubernamental anterior y que fueron desdibujando el ethos inicial de su gobierno ciudadano. Su decisión, muy entendible, resultó ser también muy arriesgada, pues el nombramiento de un equipo de esta naturaleza, sin mucha visibilidad pública y sin respaldo partidario, supuso la decisión presidencial de cargar sobre sus propios hombros el peso y destino de su administración. El desgaste del gabinete es ahora directamente su desgaste.[/cita]
El sello ciudadano murió apenas transcurridos los primeros meses de ejercicio cuando, como resultado de la irrupción de los pingüinos y de la descoordinación gubernamental, un conocido de siempre (Belisario Velasco), tomó las riendas del Ministerio del Interior en julio de 2006, oportunidad en que también fueron reemplazados los titulares de Educación y Economía, esta última salida del entorno mismo de la Presidenta, aunque no sería la primera vez ni la última (Camilo Escalona o Jupi Álvarez) en que la Presidenta, por motivos de la realpolitik, tuviera que darle la espalda a un estrecho colaborador. Marcelo Schilling, con su ironía de siempre, simbolizaría en la comisión política del PS del 25 de julio el fenómeno producido: “¡Que más ciudadano que un gobierno cuyo jefe de gabinete es Belisario!”.
Un segundo ajuste ministerial, producido en marzo de 2007, puso también fin a su segunda novedad, la equidad de género, que se desbalanceó en favor de los varones al salir Paulina Veloso y Vivianne Blanlot, e ingresar en su reemplazo el ex senador Viera-Gallo y José Goñi. De ahí en adelante la vorágine de cambios no se detendría más: diciembre de 2007 (Lagos Weber), otro ajuste grande en enero de 2008, luego en abril Mónica Jiménez reemplaza a una destituida Yasna Provoste; en octubre cae la ministra Barría y en diciembre se va Osvaldo Andrade; en 2009, en tanto, los cambios empiezan con el año escolar: en marzo Tohá deja la Cámara para asumir la Segegob, y Vidal, quien se había transformado en vocero tras la salida del actual senador por Valparaíso, se traslada a Defensa; en octubre de nuevo mudanzas: Laura Albornoz abandona el Sernam para irse a la campaña de Frei y es reemplazada por Carmen Andrade, pero las rotativas están lejos de detenerse: en diciembre Carolina Tohá sale a reforzar el comando de Frei y la reemplaza Pilar Armanet. Parece que Bachelet podrá descansar el verano antes de abandonar su mandato, pero no es así y los cambios continuarán en enero y febrero de 2010: durante el primer mes del año, Jacqueline Weinstein sucede a Romy Schmidt en Bienes Nacionales y en febrero Marcelo Tokman es nombrado ministro de la recién creada cartera de Energía.
Es decir, desde apenas transcurridos cuatro meses de su administración (julio de 2006) y hasta apenas un mes antes de cerrar su mandato (febrero de 2010), la Presidenta Bachelet estuvo sometida a una vorágine de transformaciones en sus secretarios de Estado que, en la medida en que se produjeron, fueron en detrimento de su inicial autonomía y en favor de los jefes de partido o de los fácticos de su gobierno (Andrés Velasco). Fue tan así que, el por entonces diputado Esteban Valenzuela, acuñó la frase: “La Concertación no puede ser una Junta… comienzan a dar miedo las reuniones de los cuatro presidentes de partidos de la Concertación los días lunes. La Concertación como pluralidad de fuerzas progresistas de centro-izquierda no puede reducirse a la voz, y lógica, de la junta de sus cuatro presidentes”, queriendo referirse con ello a que las decisiones significativas fueron saliendo de La Moneda y radicándose en los jefes de partido de la Concertación y, muy en particular, en uno: Camilo Escalona, quien, incluso, para aguantar la presión y la crítica para que renunciara a la presidencia del PS por su pésimo papel en la campaña del candidato DC (uno de los requisitos que además había pedido ME-O para apoyar a Frei en segunda vuelta), tuvo que ser defendido por la propia Presidenta para evitar su salida, cuando ya Pepe Auth en el PPD y José Antonio Gómez en el PR habían abandonado su cargo para, de ese modo, presionar a Escalona y Latorre para que siguieran el ejemplo. En entrevista publicada el último día de ese año en La Segunda, la Presidenta señaló: “Él (Escalona) ha tenido una actitud que me deja con una deuda de gratitud para siempre». Nadie volvió a pedir la renuncia de Camilo, sino hasta después de producida la derrota de Frei en manos de Piñera.
Volver al presente
Bien sabemos que su sello ministerial actual de corte personalista y con ministros hechos a su imagen y semejanza –sólo tres de ellos: Eyzaguirre, Heraldo Muñoz y José A. Gómez habían sido ministros antes– fue una respuesta concreta a las dificultades que tuvo en la composición de su elenco gubernamental anterior y que fueron desdibujando el ethos inicial de su gobierno ciudadano. Su decisión, muy entendible, resultó ser también muy arriesgada, pues el nombramiento de un equipo de esta naturaleza, sin mucha visibilidad pública y sin respaldo partidario, supuso la decisión presidencial de cargar sobre sus propios hombros el peso y destino de su administración. El desgaste del gabinete es ahora directamente su desgaste.
Le queda sólo la estrategia de una oportuna modificación de su principal equipo de asesores –por eso ella misma dijo que es una de las tareas más difíciles–, a estas alturas caracterizado como el Gabinete Fantasma –siete ministros tienen un bajísimo nivel de conocimiento y el ejemplo concreto es el vocero, quien, según Adimark, pese a su permanente exposición mediática, sólo es conocido por un 56% de los encuestados–, pero al parecer sin alterar, como en 2006, su sello reformista –ya dijo en días pasados que “había que reforzar las reformas”–, ni que signifique su pérdida de poder en favor de los partidos.
Cualquier modificación se hará probablemente preservando el sello reformista y personalista que la Presidenta ha estimado necesarios para asegurar el éxito de sus principales promesas de campaña y de su administración. Ello explica el respaldo permanente que ha ofrecido tanto al ministro Eyzaguirre como a dos de sus más leales escuderos, Rodrigo Peñailillo y Alberto Arenas, y también el retraso en la modificación de su principal elenco de asesores. La Presidenta ha decidido tomarse su tiempo para no tropezar dos veces con la misma piedra.