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Opinión

Crónica de un país sin erótica

por 21 marzo, 2016

Crónica de un país sin erótica
Esta obsesión colectiva, esta “irrealización” de la sexualidad, proviene probablemente del peso de la Dictadura sobre la moral sexual de los chilenos. Eso, combinado con la estrategia del Vaticano de Juan Pablo II, generó cierto nivel de hipocresía cultural muy arraigada en las elites transicionales. Nos cuesta hablar de políticas públicas sobre sexualidad, ni hablar de educación sexual, al mismo tiempo que cantamos 'sin censura' sin parar.
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Para quien se ausenta de Chile durante el tiempo suficiente, el regreso permite observar el país con otros ojos, menos adiestrados por la rutina. Al bajar del avión, la publicidad recibe con furiosa intensidad. No es cualquier publicidad. Son los senos de una voluptuosa mujer, a todas luces producto de un software de edición mezclado con pocos gramos de realidad. Quien recorra la ciudad capital encontrará afiches, avisos, propaganda de toda índole, cuya característica fundamental es el uso de imágenes de evidente connotación sexual para la promoción de alcoholes, celulares, bebidas, casas, departamentos, televisores, sillones, automóviles e incluso universidades.

Allí están los abdómenes perfectos, los glúteos tersos y las piernas eternas, los “six-packs” de hombres musculosos, las narices y los ojos de modelos que en realidad no existen. Es un fenómeno mundial el que las grandes agencias de publicidad utilicen la manipulación digital del cuerpo humano; sin embargo, en Santiago esto toca bordes obsesivos sin comparación. ¿De dónde sacamos los chilenos, mezcla de mapuches y españoles, esta obsesión con la belleza irreal?

Quizás la explicación radique en que los medios de comunicación y las webs chilenas están recargadas de contenidos similares. En las pantallas de todos los formatos se repite la escena. En los matinales, a temprana hora de la mañana, se observan desfiles de ropa interior femenina y masculina. Ya a tempranas horas se adivina la estrategia, que se repetirá todo el día en diversos envases.

Al caer la noche, se propagan los late shows con mujeres en poca ropa hablando de temas subidos de tono. Todo esto impensable hace diez o quince años. En las revistas se vende con las mismas estrategias, en las teleseries se repiten los guiones. En Chile se observa el uso del sexo y de lo sexual como táctica de fidelización de los usuarios, como señuelo de atracción para consumidores. También como pauta de prensa cuando no hay otra cosa que publicar, todo vale en búsqueda de los clics. Ya lo decía Jorge González hace más de treinta años: “El mejor gancho comercial, apela a tu liberalidad, toca tu instinto animal, rozando la brutalidad”.

Dictadura freudiana: ¡sin censura!

Durante más de un mes, la opinión pública ha debatido sobre las rutinas de humor en el Festival de Viña del Mar. El humor es un objeto de estudio de larga data, ya desde Aristófanes, pasando por emperadores romanos, hasta los bufones de las cortes medievales. Allí están los testimonios antropológicos de la tensión entre el humor y el poder.

En el siglo veinte, el Doctor Freud consagró al psicoanálisis como la principal herramienta para entender el humor. En su famoso ensayo El chiste y su relación con el inconsciente, este autor propuso una teoría donde el humor representa un poderoso mecanismo de relación entre los niveles de la consciencia. Los tres niveles que describe Freud son el Ello, esos deseos profundos e innegables que habitan en nosotros; el Super-yo, la represión y la racionalización de esos deseos; y el Yo, el resultado de esa tensión entre deseo y represión. En el humor, según Freud, estos tres niveles entran en diálogo pues el Super-yo aparece como fuerza benevolente que permite que el yo ría o se burle de ciertos temas que se vinculan con el Ello. Los chistes xenófobos, machistas, homofóbicos, son maneras en que nuestros deseos reprimidos encuentran una salida benevolente.

Llama la atención entonces que el foco de la discusión chilena sobre el humor se centre en el humor político, como si esta fuera la novedad o la gran catarsis. Sin embargo, se pasa por alto que el centro de gravedad de las rutinas humorísticas del Festival de Viña del Mar estaba no en la política, sino en lo sexual.

Incluso en las rutinas más rupturistas de la secuencia, en todas hubo una sobrecarga sexual que podría resumirse en el siguiente grito: “Sin censura, sin censura”. Es lo que gritaba el monstruo desesperado, es lo que se repite en los estelares de televisión, también en los late shows y en algunos matinales. Sin censura repetimos todos en el carrete, sin censura. ¿Qué quiere decir sin censura? En este caso lo que quiere es decir es “más explícito, más explícito”.

De ahí que el humor “sin censura” se trate básicamente de sobrepasar los límites de lo explícito para hablar directamente del pene, la vagina o el ano. Es muy sintomático que en un país donde no existe la educación sexual, en un país donde en los colegios no se pueden usar esas palabras, en ese mismo país todos gritamos “sin censura” para que se hagan chistes explícitos, cada vez más explícitos.

El humor sería un tema secundario en un país ordenado. Si se ha transformado en un tema central es porque el orden está en disputa y los significantes culturales están en disputa como hace mucho no ocurría. Del mismo modo, hay una explosión sexual, a ratos pornográfica, visible a toda hora y en todas partes.

El humor sería un tema secundario en un país ordenado. Si se ha transformado en un tema central es porque el orden está en disputa y los significantes culturales están en disputa como hace mucho no ocurría. Del mismo modo, hay una explosión sexual, a ratos pornográfica, visible a toda hora y en todas partes.

En algún momento la sociedad chilena se volvió explícita, cada vez más explícita y lo que hasta hace poco habitaba en la dimensión de los deseos reprimidos, hoy desborda la escena en forma brutal. Esta obsesión colectiva, esta “irrealización” de la sexualidad, proviene probablemente del peso de la Dictadura sobre la moral sexual de los chilenos. Eso, combinado con la estrategia del Vaticano de Juan Pablo II, generó cierto nivel de hipocresía cultural muy arraigada en las elites transicionales. Nos cuesta hablar de políticas públicas sobre sexualidad, ni hablar de educación sexual, al mismo tiempo que cantamos 'sin censura' sin parar.

Yendo un poco más allá, la Dictadura tuvo una dimensión “freudiana” muy interesante, pues asentó como únicos paradigmas culturales al “Padre” y la “Madre” sin más. Quizás sin saberlo, el universo simbólico del Padre y la Madre fue el tejido inconsciente que eligió a Lagos y a Bachelet y que está presente en toda la transición como canon de todos los cánones. Esto es profundamente freudiano y se suele presentar como única lectura cultural posible, condenados todos a Electra y Edipo. Sin embargo, esa condena no es tal, basta mirar la obra de Carl Gustav Jung, el discípulo díscolo de Freud, que construyó una teoría basada en los “arquetipos”, una idea más compleja de los imaginarios culturales.

Los arquetipos Jungeanos permiten superar el modelo binario de Padre-Madre de Freud. Por eso Jung estudió figuras como La Fortuna, El Mago, El Loco o La Justicia, como ideas colectivas que gobiernan nuestra vida en sociedad. De ahí su interés por el Tarot proyectivo, que no adivina ni anticipa, sino que proyecta la complejidad de la psiquis de las personas. Jung, sin embargo, no escribió una teoría específica sobre el humor, por lo cual en lo que respecta a ese tema específico, el sicoanálisis ostenta una dictadura freudiana.

La batalla de Chile: el otro

Una sociedad que supera el modelo binario de Padre y Madre es una sociedad que camina hacia la madurez espiritual. Una sociedad que supera el modelo Padre y Madre es una sociedad que se vuelve más compleja y, por ende, capaz de dialogar de forma más madura. Lo que está detrás del erotismo como forma de vida colectiva es que el “otro” no es necesariamente un otro sexual, ni un otro para ser conquistado como pareja sexual. Es esto lo que sorprende de la publicidad y de la televisión chilena: es que el otro es siempre un otro sexual. Esto se relaciona también con la innegable penetración de la pornografía. A este respecto, el filosófo coreano-alemán Byung-Chul Han escribió un best seller llamado La Agonía del Eros, donde argumenta que la influencia de la pornografía debe rastrearse a nivel biopolítico como una tecnología del saber sexual que está transformando la sexualidad y, en consecuencia, las sociedades.

Según la tesis del coreano, estas formas de sociedades-porno erosionan la noción del “otro”, pues ya no pueden sustraerlo del consumo. El otro, así, se vuelve un objeto de consumo más, en forma de cuerpo tonificado, de rostro simétrico, de pelo hidratado, de abdomen plano y glúteos redondos. Ya nada se coloca fuera de la dimensión del mercado, por ende, el otro es también un instrumento para inducir la compra, para entrar en un sitio, para participar de algo.

Es ahí como el “otro” deja de tener un espesor humano y pasa a ser una herramienta de publicidad, o bien un vehículo para canalizar técnicas de marketing. ¿Será que en Chile estamos matando a Eros con la hipersexualización de los contenidos? Un país puede estar sobreerotizado, aunque esto bien podría conducir a una lenta agonía de lo erótico. Este tipo de preguntas son interesantes, pues muestran que la transición chilena no tuvo un momento de liberación de la censura que impuso la Dictadura, ese momento recién vino en las fotografías de Tunick cuando miles de chilenos corrieron en pelota por las calles de Santiago. Allí sí hubo una muestra erótica de lo humano en cuanto tal, y no como un resultado digital de Photoshop. Lo interesante de Tunick es que fueron cuerpos sin Photoshop, sin embargo, desde entonces solo vemos Photoshop sin cuerpos (reales).

Hay quienes se ruborizan ante el humor político creyendo que en este está la semilla del desgobierno. Se equivocan. El ambiente de guillotina que un pequeño club cree percibir no es más que una reacción instintiva, trival, por impedir el cambio cultural. En vez de ruborizarse, deberían ver que en la sociedad sin erótica el otro siempre es peligroso, puede ser un delincuente, un portonazo, un político corrupto, un competidor, peor aún: un nadie.

En la sociedad sin erótica nadie confía en nadie, pues no hay nadie en quien confiar. El otro no es depositario de virtud alguna sino de puros males y enfermedades. Es un inmigrante de piel morena que quiere trabajar, es una amenaza latente, un peligro a custodiar. Quizás, después de todo, cuando miremos atrás veremos que en esta época encontramos un nuevo sentido para el otro y que el país logró madurar. Difícil pronosticarlo ante tanto agorero que ve que en estas discusiones solo habita el rupturismo y la terquedad.

El origen de Eros se debate intensamente en la Antigüedad. Hesíodo sostiene en Teogonía que Eros surge en el caos primordial junto con la tierra y el inframundo. De ser así, una nueva erótica habrá de nacer entre nosotros, para que la tierra y el inframundo también puedan crearse. En El Banquete de Platón se lee que Eros era hijo de Poros y Penia, la pobreza y la abundancia. Quizás por ahí venga la mano de cómo resucitarlo, llamando a su Madre y a su Padre y conversando con ellos. Aunque en otros mitos es hijo de Afrodita y Ares, la Belleza y la Violencia. Según Aristófanes, el primer gran comediante, Eros salió de un huevo que puso la Noche después de concebirlo con la Oscuridad. Sería interesante tomarse en serio a los humoristas.

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