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Opinión

¿Autónomo o loco como cabra?

por 23 mayo, 2016

¿Autónomo o loco como cabra?
En esta línea, la Izquierda Autónoma “ruizista” está logrando configurar, más que un discurso o una narrativa, una idea de la historia presente de Chile que resulta interesante y relevante para la sociedad que busca interpretarse a sí misma desde lo cotidiano que no le hace sentido, a pesar de que el mercado (becerro de oro de los Brunner) se lo haya prometido en el pasado y en plétora de sentido.
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Si nos proponemos dibujar un simple borrador del mapa del campo intelectual de la izquierda chilena actual, una buena hoja en blanco debiese partir por considerar los dos libros que dibujan las orientaciones –antagónicas la una de la otra– que vemos hoy en el pensamiento de izquierda en las librerías nacionales.

Por supuesto que no estoy hablando de Pretextos de la Revolución Democrática de Juan Andrés Lagos, un libro prescindible por su falta de ideas o por su argumentación trasnochada en un pensamiento que llama estratégico-táctico. Lagos es un comunista y, como tal, uno siempre espera, cuando compra un libro de un comunista, algo inteligente, bien escrito, un texto elaborado críticamente para iluminar la praxis. La verdad es que se echa de menos, en un partido que se dice “comunista”, una mente y una inteligencia más sutil. Tomás Moulian –hoy erredista– es tal vez el último pensador comunista chileno.

No obstante, que no exista un pensador comunista hoy en Chile, no significa que no haya pensamiento de izquierda. Por de pronto, en dos de las izquierdas que han sido desplazadas o que no están presentes hoy en el Gobierno de Michelle Bachelet, hay a su haber un par de fuentes de pensamiento que se cristalizan en dos producciones que nos dicen todo, o casi todo, de lo que necesitamos para dibujar un mapa de su campo intelectual: por un lado, José Joaquín Brunner con su Nueva Mayoría. Fin de una Ilusión (Ediciones B) , y por otro, Carlos Ruiz con su De Nuevo la Sociedad (Lom).

Hoy la cartografía de la izquierda, de norte a sur, se mueve entre las coordenadas de un Brunner o un Ruiz. Son quienes mejor reflejan las ideas que están detrás de dos modos opuestos de entender el rol del pensamiento crítico intelectual, pero que mejor intentan hacer que en su pensamiento exista un efecto hegemónico y estructural, un efecto de largo plazo.

Contra estas dos izquierdas vemos reacciones de fuerzas que no quieren aceptar sus planteamientos. Contra Brunner, obvio, y contra la Izquierda Autónoma –debo decir– no tan obvio. Pero ocurrió, y fue debido a la presencia de los Autónomos de Nodo XXI en un diálogo con la ministra de Educación para poner sobre la mesa sus planteamientos sobre la educación verdaderamente pública.

Para Brunner hay una izquierda que lo critica y para Ruiz también, solo que es una crítica en ambos casos desde las lógicas del Homo Academicus que, comprometido con la política, comprometido con la sociedad y comprometido con los movimientos sociales, cree al mismo tiempo en la fuerza de las ideas, pero también en la ética de la democracia, las instituciones y el diálogo deliberante en vistas a una superación transformadora, de cara a la sociedad. Sin embargo, hay lamentablemente en Chile unas izquierdas que también producen una crítica, que también tienen una lógica de Homo Academicus, pero que muy poco han reflexionado sobre lo que el siglo XXI espera del pensamiento verdaderamente crítico, inteligentemente crítico.

Son izquierdas que envejecen rápidamente e incluso izquierdas que demuestran desapego a la democracia y sus instituciones. Izquierdas que buscan más manipular o cooptar; izquierdas concentradas en crear narrativas y relatos, antes que análisis y comprensiones a partir de los hechos. Izquierdas que se sienten gustosas más con el asistencialismo que con la transformación social. Izquierdas que se apegan al poder, que son incompetentes en la gestión o que lo único que hacen es acaparar las instituciones desde las cuales poder generar transformaciones. Estas fuerzas de izquierda que reaccionan al pensamiento que se cristaliza en un Brunner o en un Ruiz, son las típicas fuerzas que combaten las ideas con un dogmatismo estrecho que, para lo único que sirve, es para acusar al otro de “entreguista” o “traicionero”.

 ¿Profetas, sacerdotes o brujos?, ¿qué son los intelectuales de izquierda?, ¿legisladores, jueces o interpretes? En cualquiera de los casos, y más aún en su calidad de Homo Academicus, su prurito está en hacer de su reflexión un asunto público, y cada vez más público, en todas las esferas e instituciones que la democracia tiene, no se va a negar ni a la radio, ni a la televisión, ni a El Mercurio, ni menos a La Moneda o su Ministerio de Educación: va de suyo.

A Brunner y lo que represente en cuanto pensamiento neoliberalizado, hay que deconstruirlo a partir de una producción intelectual coherente con un pensamiento de izquierda que lo supere precisamente en lo que el neoliberalismo enarbola como sus mejores consecuencias. Creo que los que hoy pueden hacerlo son precisamente quienes, como Ruiz, son capaces de producir hegemonía intelectual –guste o no guste– donde se debe producir efectivamente, es decir, de donde el poder, el prestigio y la influencia ganan en verosimilitud y argumentación. No lo hará y no lo puede hacer de otra manera el que es verdaderamente Homo Academicus, lo exige el propio campo intelectual.

La lectura que Brunner y Ruiz hacen del malestar que hoy vivimos como sociedad chilena, nos sirve para entender los discursos de ambas y dicotómicas izquierdas que hoy nos jalonan en la opinión pública. Mientras uno (Brunner), pone en jaque el torpe diagnóstico de la Nueva Mayoría y sus ideólogos del “otro modelo” que terminaron en un “realismo sin renuncia” ampliamente discutible, el otro (Ruiz) pone en tela de juicio no solo al diagnóstico del “otro modelo”, sino que a toda su genealogía sociológica que lo hizo posible, Brunner inclusive o Brunner sobre todo.

En esta línea, la Izquierda Autónoma “ruizista” está logrando configurar, más que un discurso o una narrativa, una idea de la historia presente de Chile que resulta interesante y relevante para la sociedad que busca interpretarse a sí misma desde lo cotidiano que no le hace sentido, a pesar de que el mercado (becerro de oro de los Brunner) se lo haya prometido en el pasado y en plétora de sentido.

¿Profetas, sacerdotes o brujos?, ¿qué son los intelectuales de izquierda?, ¿legisladores, jueces o interpretes? En cualquiera de los casos, y más aún en su calidad de Homo Academicus, su prurito está en hacer de su reflexión un asunto público, y cada vez más público, en todas las esferas e instituciones que la democracia tiene, no se va a negar ni a la radio, ni a la televisión, ni a El Mercurio, ni menos a La Moneda o su Ministerio de Educación: va de suyo.

En esto el pensamiento de izquierda presente en los movimientos sociales tiene que madurar su propia autoconciencia y sentido. La crítica al autonomismo de Nodo XXI fue francamente desconcertante, pero no necesariamente novedosa.

Ya lo advertía Charles Tilly, a veces “los movimientos sociales minan la democracia cuando reducen el espectro de participantes en la política pública, aumentan las desigualdades entre los participantes en la política pública, plasman de un modo más claro las desigualdades categóricas existentes en la política pública o alejan a las redes de confianza de la política pública”.

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