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Opinión

¿Estará presente la democracia económica en el debate programático del PS?

por 26 marzo, 2017

¿Estará presente la democracia económica en el debate programático del PS?
En cuanto al planteamiento que sobre esta materia tienen las precandidaturas presidenciales del PS, lo manifiesto es que la Democracia Económica apenas ha sido tratada. Así, en la propuesta de Insulza (“Devolver el verdadero sentido y dignidad a la política”, de diciembre de 2016 y “Un Chile de todos y para todos”, de enero de 2017), nada se señala, y su promesa se queda solamente en la negociación colectiva por ramas. A su turno, Atria (Intervención en pleno del comité central del Partido Socialista”, de noviembre de 2016) despacha brevemente el tema con la aspiración a la “distribución del poder en la empresa”. Posteriormente (“Debemos reformular la idea socialista”, de diciembre de 2016 y especialmente en “La vigencia histórica del Partido Socialista”, de enero de 2017), pareciera que lo reconsidera y también se posiciona solamente en el campo del fortalecimiento de la negociación colectiva por rama de actividad.
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Decía Olof Palme, el desaparecido y gran político socialdemócrata sueco que,  “si se camina hacia adelante con la nariz pegada al suelo… y sin levantar la mirada hacia el futuro que vaya más allá del próximo trimestre, no se podrá nunca transformar la sociedad”. La reflexión de Palme adquiere para el Partido Socialista y la discusión programática que está llevando a cabo con miras a la Conferencia Nacional del Programa del PS de abril del 2017, una notable radicalidad, ya que le recuerda, definitivamente y con precisión que, desde el retorno de la democracia, el PS ha vivido en el corto plazo, caminando y “con la nariz pegada” a la tierra húmeda del consenso neoliberal, sin una mínima aspiración utópica, atrapado también en el maridaje que le propuso la Tercera Vía, sin poder mirar el horizonte y sin alentar –hasta ahora- reflexión alguna que se inscriba en una verdadera propuesta de cambio para el Chile del siglo XXI.

Así, de frente al Chile de hoy, que reclama por avanzar en una perspectiva posneoliberal, razón tiene el documento partidario oficial llamado” El programa del Partido Socialista de Chile de cara a la discusión presidencial: una discusión colectiva, inclusiva y fraterna, de noviembre de 2016”, sobre aquello que se empiezan a forjar “expectativas” sobre el nuevo programa del Partido Socialista.

En efecto, el PS, un partido con un pasado apreciable, pero con un débil presente y un futuro francamente incierto, ya no puede continuar con la política paradojal que hasta ahora ha sustentado: inmolar su ideario y proyecto político en aras de mantener un orden neoliberal que ya no se sostiene. Así, deshabitado de impulso ideológico socialista, y adaptado sistémicamente, se ha situado paradójicamente en contra de su propia historia y de sí mismo, afectando a la misma razón de ser del partido y a los elementos más sensibles de su función política y sus modos de relacionarse con la sociedad. Se mimetizó de tal manera con el paisaje neoliberal que, durante todo este tiempo, solo ha ofrecido un proyecto desilusionante para quienes aspiran a una sociedad auténticamente democrática, desistiendo incluso de su vocación de cambio y de la capacidad de construir un modelo avanzado de sociedad. Como bien lo caracterizó  Gonzalo D. Martner, ex presidente del PS: “...el socialismo sufrió una pérdida de identidad en pos de llegar al poder gubernamental” y “renunció progresivamente a rasgos centrales de su propio programa (…), “perdió raigambre en la sociedad y capacidad de propuesta y de acción contra las desigualdades.” Lo que quedó fue sólo “pragmatismo burocrático”.

Claro está que este argumento permanece invisible en el documento del PS, pero ese servicio que ha prestado a un proyecto ajeno, se ha destilado a partir de un cuerpo probatorio amplio, pero que todavía permanece silenciado. La actitud nos remite al recuerdo de aquellas memorables frases que se espetaron en el fragor de la controversia revisionista de la II Internacional sobre reforma o revolución: Eduard Bernstein, apoyándose en estas palabras de Schiller le decía a la reformista socialdemocracia alemana: “Tenga el valor de mostrarse como lo que es” y, desde la secretaría general del SPD le retrucaban: “Eduardo, eres un asno; esas cosas se hacen, pero no se dicen.”

Con la discusión programática que inició el PS, queremos creer que empieza a salir de su largo letargo y se despereza tomando nota que debe volver a ser aquella piedra arrojada en 1933 contra la injusticia social, económica y política que campeaba  en el Chile de entonces,  y que  debe principiar a saldar cuentas con un realismo acomodaticio que lo privó –más bien lo hizo huir- de la ilusión de imaginar un proyecto con resultados emancipadores.

Ahora que Estados Unidos y Europa empiezan a exhibir el avance de una marea de ultraderecha nacionalista y xenófoba –aunque por ahora las elecciones austriacas y holandesas han dado un respiro-, y que la socialdemocracia atraviesa por una grave crisis de identidad y un declive de adhesiones, que han hecho de ella, según  Ernst Hillebrand, “una fuerza debilitada, lejana de la hegemonía  política y cultural que consiguió durante largos tramos del siglo XX”, dando por descontado la propia responsabilidad que a ésta le asiste en el surgimiento del populismo de derechas; y que América Latina inicia a dar  muestras del “agotamiento”, al decir de Pablo Ospina Peralta, de los “progresismos”, y un regreso de la derecha (Macri, PPK, Temer); y mientras la situación socioeconómica y política enfrenta nubarrones y desencanto, se vuelve imprescindible formular una alternativa socialista y democrática. Hay que ofrecer respuestas capaces de movilizar a los trabajadores y sectores populares hacia la igualdad, la justicia social, la solidaridad y la confianza mutua.

Así, el PS debe imponerse recuperar la iniciativa y marcar agenda con una programática que le demuestre al mundo del trabajo (clases medias y populares), sectores precarizados y excluidos de Chile que, mediante una política transformadora se puede cambiar al país más allá del neoliberalismo y empezar a reivindicar una agenda socialista democrática . El PS debe ser capaz de crear una agenda post-Tercera Vía convincente, debe desahuciar a ésta, por su incapacidad de diferenciarse del campo político neoliberal que la ha subsumido por completo. Debe abandonar el fiasco de la Tercera Vía.

El PS, aprovechando los diagnósticos que hacen corrientes internas del fracturado PSOE –su símil español-, debe ser capaz de reconocer, como lo hace el sector vinculado al documento “Por una nueva socialdemocracia, de febrero 2017” que, cuando “la socialdemocracia renunció a desarrollar un nuevo proyecto propio alternativo, quedó anclada en la inercia de que lo importante era mantener esferas de gestión desde el gobierno, para intentar obtener reformas menos negativas que aquellas que perseguían los grupos más poderosos revestidos del manto del neoliberalismo.” Y para salir de ese estado de cosas y avanzar, “la socialdemocracia necesita urgentemente una renovación y una adecuada puesta al día de su estrategia para superar al neoliberalismo y sus efectos, formulando un nuevo proyecto válido y eficaz…” Por su parte, otro sector del PSOE, en el documento “El proyecto socialdemócrata: una sociedad justa en una democracia fuerte, de enero 2017”, propone que el socialismo democrático tiene la necesidad de replantearse y hacer una distinta “oferta a la sociedad”, y que ello “exige un nuevo proyecto político.”

Lo patente entonces es que el PS –al igual que el socialismo español- vació y agotó su talante de izquierda democrática, al no poder resolver la contradicción interna existente entre sus credenciales socialistas y democráticas y su apoyo a unas políticas económicas neoliberales.

Ya es hora que el PS – y no obstante que en su interior se condensen  diferentes identificaciones, pertenencias y  distintos saberes técnicos-   abra la puerta para que entren, para  recuperar  e incorporar, medidas programáticas transformadoras que debieran formar parte de su naturaleza socialista y democrática, y dejar de ser mera táctica coyuntural y burocratización partidaria. De la declaración principista del PS se infiere que su objetivo no consiste en ocupar el poder sin más –aunque hay algunos que parecieran querer demostrar lo contrario-, ya que se concibe asimismo como un “instrumento de los cambios profundos” que el país requiere, y su papel entonces es “ofrecer a Chile un proyecto nacional que convoque a los más diversos sectores de la sociedad que aspiran a un mundo más humano y solidario, de progreso y de paz.” En consecuencia, el PS debe ponerse en curso, siguiendo a Eugenio González, en el preámbulo del Programa de 1947, de servir a “los intereses superiores del hombre y de su vida. Estos intereses no pueden ser otros que aquellos que miran al pleno desenvolvimiento de la personalidad humana, dentro de condiciones justas de vida y de trabajo....”

Así las cosas, el socialismo chileno ha de obligarse entonces a que su acción política esté siempre encaminada por tres grandes principios de la esencia del socialismo democrático: la igualdad entre los ciudadanos, el bienestar material de la sociedad y la democracia. Aquí es donde el partido tiene deberes ingentes.

El PS debe articular su pluralidad interna mediante pactos o alianzas en torno a un programa común capaz de suscitar las adhesiones necesarias para respaldar alternativas transformadoras. El PS tiene que, siguiendo el buen criterio de Justin Reynolds, “redescubrir la intuición fundacional de la socialdemocracia: la fe en la capacidad de un Estado democrático de utilizar su poder para el bien de todos.” Ahí es donde debería estar el grueso del debate en el socialismo chileno.

En esa perspectiva, acierta Agustín Basave, el ex presidente del  Partido de la Revolución Democrática mexicano, cuando  invita a romper con el paradigma de la “tercera socialdemocracia” (la Tercera Vía), “cada vez menos social y más liberal”, proyecto que, con la aceptación plena del capitalismo, sin ya la menor intención de corregirlo más allá de la retórica, ha renunciado a ofrecer una alternativa y una visión de un futuro distinto, y  promueve avanzar en la construcción de una “cuarta socialdemocracia”, porque si se “aspira a un buen futuro, la socialdemocracia debe transformarse a sí misma y transformar tanto el modelo económico como el sistema político.”

Es de lucidez plantearse la necesidad de rearmar ideológicamente una “cuarta socialdemocracia” como opción política imprescindible para hacer frente a los desastres del capitalismo neoliberal, y la emergencia de la ultraderecha nacionalista y xenófoba. El PS debe ser un impugnador del neoliberalismo y sus políticas, debe volverlo contencioso y resistirlo, y debe ofrecer plausibles soluciones socialistas y democráticas a los problemas de hoy, proponiendo un Chile desde la igualdad, la solidaridad, la libertad y la sustentabilidad. El PS ha de plantear, haciendo caso a Zygmunt Bauman, en su crítica a la socialdemocracia actual,  una “visión alternativa”, ya que el fin de las utopías lo ha dañado vitalmente: el futuro parece haber colapsado sobre el presente y apenas se nos representa como un lugar lleno de incertidumbres y peligros; ha perdido, en fin, el brillo de antaño. Más exactamente, lo que ha perdido es el brillo –el Socialismo- que lo convirtió en un extraordinario  interpretador  y movilizador de la sociedad chilena. Allí reside el enclave determinante del actual debate al interior del PS.

Para avanzar con éxito en dicha tarea, se requiere que el Partido Socialista empiece a tomarse en serio su Declaración de Principios, es decir,  ser el “instrumento privilegiado de la lucha de los trabajadores, de todos los que sufren algún tipo de opresión y del pueblo chileno en su conjunto, por abrir paso a una sociedad basada en la solidaridad, en la justicia social, en la más profunda democratización de todas las esferas de la vida de nuestro país y orientada, en definitiva, a la más plena y libre realización del ser humano, es decir, a la construcción de una sociedad socialista en nuestra patria.” Este es en definitiva el núcleo de la identidad socialista, que consiste en la defensa de ciertos valores cuyo fin es el rescate del ser humano de toda forma de opresión y la tesis de que su realización social resulta incompatible con el capitalismo.

Cabe tener presente la vieja y aún vigente exhortación de Norberto Bobbio: “Un partido socialista para sobrevivir y para mirar al futuro con confianza, necesita grandes ideales. Pero no hay que inventar nada nuevo. Solamente hace falta seguir siendo fiel a la propia historia.” También el planteamiento de de Eric Hobsbawm: “…reconocer la nueva situación en la que nos encontrábamos; analizarla y de manera realista y concreta; analizar las razones – históricas y de otro tipo- de los fracasos y de los éxitos del movimiento (…), y formular no sólo lo que nos gustaría hacer, sino lo que se puede hacer.”

Por último, para hacer del debate programático del PS – el que debe realizarse, dice el documento oficial,  “de cara a la ciudadanía”, y de frente a la “historia”  y  “futuro” del Partido Socialista de Chile-, un faro que guíe su navegar, el socialismo debe aceptar que la discusión no se agota en lo que dice el partido, sino que es también una cuestión de lo que es y lo que hizo  o dejó de hacer, y  principalmente, lo que ha dejado de ser.

Desde el punto de vista programático y compartiendo la opinión de Michael Brie, cuando señala que la  “democracia económica está en el centro de los conceptos de transformación socialista”, importa subrayar que, para una estrategia socialista y democrática, no solo se trata de repartir riqueza y garantizar el bienestar, también se trata de recuperar la decisión colectiva y compartida sobre la economía, en un equilibrio entre igualdad y libertad, cuestión que la Tercera Vía postergó completamente, al poner, como señala Joaquín Fernández,  “énfasis en un  discurso centrado en la economía del conocimiento y centrando sus discursos en la importancia de la formación de capital humano y la educación como motores, tanto del crecimiento económico como de la igualdad de oportunidades. En esta lógica, se sobredimensionó absolutamente la importancia y las posibilidades transformadoras de las instituciones y los procesos educativos. Así, la educación fue convertida en un conveniente sucedáneo de reformas estructurales en los ámbitos económico y sociolaboral.”

Sin democracia en la economía, no se impondrán los intereses comunes sobre los intereses económicos egoístas de unos pocos. La democracia quedaría imperfecta. La democracia económica es una piedra angular del socialismo democrático.

Lejos está 1992, y el Congreso Programático del PS del mismo año. Allí se resolvía que el partido promovería “la superación de las actuales formas predominantes de empresas autoritarias y su sustitución por un modelo de empresa participativa”. En 1996, en el XXV Congreso, el PS señalaba que estaba por “la superación de las relaciones patriarcales al nivel de la empresa y la participación de los trabajadores en éstas”. Ni en el Congreso Extraordinario de 1998 ni en el XXVI Congreso de 2001, hay resolución alguna sobre la materia. En el XXVII Congreso de 2005, se manifiesta que “La razón de ser del socialismo es luchar por una sociedad justa en la que prevalezca una plena democracia política, social y económica.” En 2008, en el XXVIII Congreso y, en 2011, en el XXIX Congreso, el asunto está preterido.

Respecto del documento “Hacia una estrategia de desarrollo inclusivo y sostenible”, presentado por la presidencia del partido en el XXX Congreso del Partido Socialista de Chile, de enero de 2016, se advierte que este tiene una muy demacrada preocupación sobre la Democracia Económica. En efecto,  en la “nueva arquitectura productiva” que se propone, se señala escuetamente que, se aspira “a un ejercicio empresarial responsable y con reglas justas, incorporando a los trabajadores en sus decisiones…”.

En definitiva, lo cierto entonces es que desde el Congreso Programático de 1992, la aspiración socialista a la Democracia Económica no tuvo ningún desarrollo ni iniciativa ulterior y, en todo este tiempo, ha dormido en una polvorienta gaveta.

En cuanto al planteamiento que sobre esta materia tienen las precandidaturas presidenciales del PS, lo manifiesto es que la Democracia Económica apenas ha sido tratada. Así, en la propuesta de Insulza (“Devolver el verdadero sentido y dignidad a la política”, de diciembre de 2016 y “Un Chile de todos y para todos”, de enero de 2017), nada se señala, y su promesa se queda solamente en la negociación colectiva por ramas. A su turno, Atria (Intervención en pleno del comité central del Partido Socialista”, de noviembre de 2016) despacha brevemente el tema con la aspiración a la “distribución del poder en la empresa”. Posteriormente (“Debemos reformular la idea socialista”, de diciembre de 2016 y especialmente en “La vigencia histórica del Partido Socialista”, de enero de 2017), pareciera que lo reconsidera y también se posiciona solamente en el campo del fortalecimiento de la negociación colectiva por rama de actividad.

Ahora bien, a nuestro entender, no es posible dejar escapar que uno de los problemas fundamentales de nuestro tiempo y  uno de los retos básicos del socialismo es  avanzar en la Democracia Económica. Un reto que tiene que resolverse muy especialmente en el terreno de la empresa, y particularmente en el de la gran empresa, convertida en nuestro tiempo en uno de los poderes fácticos esenciales y en un limitador drástico de la democracia, por “su capacidad –como dice el ya señalado ex presidente del  PRD mexicano- para capturar a la representación popular”. Es hora que el PS levante con decisión un pilar programático relacionado con la democratización de las empresas a través de la participación social en su sistema de gobierno corporativo. Es una importante asignatura pendiente y, para dicho fin, bien le vendría que empezara a tener presente experiencias históricas de Democracia Económica.

El partido debería proponer una política que impulse el desarrollo e implementación de la Democracia Económica en el ámbito de la producción e ir más allá del Tratado de Detroit de 1950 –que parece ser el paradigma predominante entre los socialistas-, que implicó renunciar a la Democracia Económica a cambio del reconocimiento oficial de los sindicatos en la negociación colectiva. Tal como lo explican Leo Panitch y Sam Gindin, este Tratado significó la dimisión de los sindicatos a “desafiar el derecho del capital a gestionar la producción, mucho menos a cuestionar el sistema capitalista…”

El PS debe proponer un reequilibrio democrático del poder económico, una “República laboral”. Como dijo alguna vez Ernst Wigforss, un prominente Ministro socialdemócrata de Finanzas de Suecia: “La democracia no debe detenerse a las puertas de las fábricas.”

El PS no puede renunciar ni liberarse de la obligación de estudiar, favorecer y proponer mecanismos de Democracia Económica. Para recuperar la idea socialista originaria, el partido tiene que, siguiendo a Antoni Domènech,  “pelear por la democracia económica, así como por recobrar las formas radicales de autoorganización democrática que mejor se compadecen con eso.” Probablemente así logrará recuperar afiliados, penetrar en las clases trabajadoras, en los sectores precarizados y ofrecer una esperanza en perspectiva socialista.

Así, en esta materia hay planos que describen caminos por donde transitar que eventualmente podrían considerarse, ya que representan un banco histórico de experiencias que deben analizarse, nutrir y enriquecer el debate sobre el nuevo programa del Partido Socialista. Es cierto, en esa planimetría habrá que considerar márgenes de errores, desenfoques, dudas, inactualidad, límites, desvaríos, amortizaciones y fatigas de los materiales de base, pero también habrá virtudes. Y es por ello que el “partido de los trabajadores manuales e intelectuales” debe detenerse a reflexionar seriamente en la ley de cogestión alemana de 1976,  “indispensable” o “fundamental” –como dice la socialdemocracia alemana en su Programa de Hamburgo- para la realización de la “democracia dentro de la empresa”; el Plan Meidner de la Suecia de los 70, que proponía una socialización democrática del capital; los fondos de inversión controlados por los trabajadores, que corresponden a la democratización del control sobre la inversión, tales como, los Fondos Colectivos de Inversión de los Trabajadores que se instauraron en Suecia en 1984 (Löntagarfonder), el Fondo de Solidaridad creado por la Federación de Trabajadores de Quebec en 1984 (Fonds de solidarité FTQ), o el fondo del petróleo de Noruega de los años 90 (Statens Pensjonsfond); la autogestión yugoeslava hasta 1980; ante los procesos de reestructuración y crisis empresarial, se debería tener presente la experiencia argentina de Empresas Recuperadas por los Trabajadores (ERT), que también ha tenido influencia en países como Uruguay, Brasil, Venezuela y en Europa;  el  fomento del cooperativismo, ese movimiento que Marx definía como “los primeros brotes de una forma nueva dentro de la antigua”, debería estar en el programa del PS, no olvidando que una parte significativa de la economía mundial funciona cooperativamente (hay 800 millones de trabajadores que trabajan directamente o indirectamente en cooperativas, más del 10% de la población mundial).

Nos parece que hay que promover la Democracia Económica en la gran empresa, con un amplio derecho a la información, consulta y control sindical de los procesos productivos, de inversión y posterior generación de empleo. Asimismo, un mayor control sindical de la producción y finanzas empresariales permitiría limitar los delitos económicos en que incurren estas empresas y su tremenda capacidad para corromper la política democrática –expresión de poderosos intereses minoritarios-, con impactos económicos, sociales y políticos demoledores.

Hace unos años atrás Immanuel Wallerstein se preguntaba si acaso “¿Tiene futuro la socialdemocracia?”, y el pesimismo inundaba su análisis y respuesta, y en nuestro medio, Daniel Grimaldi planteaba que las “ideas clásicas socialdemócratas no están en crisis, son los partidos socialdemócratas los que no aseguran poder representar fielmente estas ideas.”

Pues bien, esperamos que, si el PS aborda su trabajo programático de cara al siglo XXI, en busca de sí mismo, venciendo la postración ideológica, el vacío y el entumecimiento; teniendo como punto de partida una revisión crítica, basada en un debate franco, sin tomar atajos que lo supediten a la cuestión electoral que se avecina para este año; sin olvidar su historia, sus valores y sus propósitos; encarando la distopía que representa el capitalismo neoliberal que solo ha traído desigualdad, temor, incertidumbre presente y la falta de futuro; dejando atrás la “tercera socialdemocracia” y su sobriedad programática, basada en ideas defensivas y de repliegue; reaccionando frente a los sectores conservadores del PS, que mutaron al neoliberalismo con disciplina, y que en ocasiones migraron a mullidos sillones de directorios de empresas de grupos económicos, defensores del orden de la Concertación y de la Constitución de 1980, tapones de una auténtica alternativa;  proponiendo un programa de regeneración democrática que se basa en una nueva Constitución Política surgida de una Asamblea Constituyente que consagre calidad democrática, es decir, buenos y más derechos civiles y políticos, y un Estado Social y Democrático de Derecho en consonancia con nuestra realidad chilena y latinoamericana; aprestándose para un duro y difícil proceso de cambio constitucional que se viene; combatiendo la fuente estructural de la corrupción y su capacidad invasiva y de contagio; convencido que su proyecto social, económico y político es de izquierda, humanista, sustentable, alternativo, autónomo, creíble, deseable y no subordinado al del neoliberalismo, y que ambiciona una dimensión transformadora, y con ello dar sentido a la lucha electoral y política para formar gobiernos de cambio; persuadido que puede generar un horizonte de futuro esperanzador para amplias capas de la sociedad y ser fuerza hegemónica mayoritaria y luchar por sus ideas y valores en el campo de la representación y de la movilización social; siendo un partido útil para la mayoría social que aspira a representar y capaz de alimentar y alimentarse de las energías de la sociedad, de las organizaciones sociales, de las aspiraciones y luchas de las y los subalternos, se trata, como en su momento dijo Jorge Arrate, otrora secretario general y presidente del socialismo chileno, que el PS viva “en función de la sociedad y no de si mismo”; posiblemente entonces el partido pueda responder afirmativamente aquella incisiva pregunta de Wallerstein, de lo contrario, devendrá en obsolescencia, solo será una  máscara de futuro sin porvenir, de mañana sin progreso, y habrá adquirido con las clases trabajadoras (medias y populares) y sectores precarizados y excluidos chilenos una deuda imprescriptible.

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