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Chile canta CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo (referencial)

Chile canta

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Alejandra Urrutia
Por : Alejandra Urrutia Directora del Gran Concierto por la Hermandad, fundadora de Vibra Clásica.
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Hay una energía disponible, generosa, viva que el país haría bien en escuchar y cuyo poder político debería dar el lugar que merece.


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Hace unos días abrimos las postulaciones para el coro del Gran Concierto por la Hermandad. Era una convocatoria abierta, sin requisitos técnicos ni filtro académico, movida por una sola condición, las ganas de cantar en un gran evento ciudadano. En poco más de una semana llegaron cerca de 150 solicitudes. Personas de distintas edades, oficios, trayectorias y comunas enviaron sus videos porque querían ser parte de una experiencia que cada año reúne a miles de personas en torno a la música clásica.

La escena coincide con un momento elocuente. La conversación pública está centrada en seguridad, empleo y ajuste fiscal, todo ello posiblemente necesario, sin embargo, la cultura queda entonces en los márgenes del relato. En medio de esta señal política, la respuesta ciudadana muestra otra cosa. Cuando la cultura convoca con calidad, acceso y sentido, las personas llegan.

Durante seis ediciones, el Gran Concierto por la Hermandad ha reunido a más de cinco mil personas cada año. Familias completas, niños, jóvenes, adultos mayores, músicos profesionales, coros ciudadanos y públicos que muchas veces se acercan por primera vez a la música clásica han llenado un espacio que confirma una intuición simple. En Chile existe un deseo cultural mucho más amplio del que suele reconocer la citada conversación pública.

El problema con recortar lo que parece prescindible es que rara vez se mide todo lo que se pierde. Se mide el ahorro, pero quedan fuera los vínculos que dejan de formarse, los talentos que pierden continuidad, los niños que quedan lejos de una experiencia artística, las comunidades que tienen menos espacios para encontrarse y los públicos que nunca llegan a descubrir una obra, una orquesta, un coro, una forma de belleza que podría pertenecerles.

La cultura suele aparecer como un lujo cuando se la mira desde lejos. Vista de cerca, es más bien sentido de pertenencia, disciplina, memoria, vínculo y escucha. La música tiene una capacidad particular para suspender el ruido y reunir a personas distintas en una misma respiración en un marco que despierta emociones. En tiempos de miedo, fragmentación y polarización, cantar juntos expresa una forma concreta de convivencia.

Por eso la experiencia del Gran Concierto por la Hermandad importa más allá de la música. Las postulaciones de este año, las seis ediciones anteriores y las más de treinta y cinco mil personas que han asistido, muestran que hay públicos, talento, interés y una ciudadanía dispuesta a cruzar esa puerta cuando la puerta se abre.

Una sociedad necesita trabajo, salud, vivienda y seguridad. También necesita símbolos, relatos, belleza y espacios donde reconocerse con otros. La cultura pertenece a esa conversación mayor sobre la vida que queremos construir. Cuando queda fuera del discurso público, el país pierde una parte de su imaginación.

Chile tiene talento y públicos. Lo muestran las personas que se graban cantando para postular a un coro ciudadano. Lo muestran las familias que llegan cada año al Gran Concierto por la Hermandad. Lo muestran los niños que cantan, los jóvenes que se forman, los asistentes que escuchan y los nuevos públicos que descubren una música que también puede ser suya. Hay una energía disponible, generosa, viva que el país haría bien en escuchar y cuyo poder político debería dar el lugar que merece.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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