ANÁLISIS
BBC
Lo qué hay detrás de la visita de Xi Jinping a Corea del Norte
La visita de Xi Jinping adquiere un significado especial. No representa únicamente un gesto de amistad hacia un viejo aliado. Constituye también una demostración de que incluso entre socios estratégicos la influencia debe ser permanentemente cultivada, protegida y reafirmada.
En una semana marcada por la incertidumbre que ha dejado la segunda presidencial en Perú; el inicio del controvertido Mundial de Fútbol en Canadá, Estados Unidos y México; y la enésima declaración de Donald Trump sobre el esperado acuerdo de Washington con Teherán para terminar la actual guerra en el Golfo Pérsico (que ya se extiende por más de 100 días), la visita del presidente chino, Xi Jinping, a Corea del Norte, tuvo un inmerecido bajo perfil noticioso.
Y es que su encuentro cara a cara con Kim Jong-un no es solo un episodio protocolar. Ambos representan una relación que se mide en décadas. En octubre de 1950, cuando las fuerzas de Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos avanzaban hacia el río Yalu, en la frontera entre Corea y China, Mao Zedong tomó una de las decisiones más trascendentales de la Guerra Fría: cientos de miles de soldados chinos cruzaron la frontera para intervenir en la Guerra de Corea y evitar el colapso del régimen de Kim Il-sung (abuelo del actual gobernante). Aquella decisión no sólo cambió el curso de la guerra. También estableció una realidad geopolítica que perdura hasta nuestros días: para Beijing, la existencia de Corea del Norte constituye un asunto de seguridad nacional.
Cuando Ucrania llegó a Pyongyang
Más de 70 años después, Xi Jinping llegó a Pyongyang en circunstancias muy distintas, pero impulsado por una preocupación que tiene raíces históricas similares. La visita fue interpretada por muchos como una nueva demostración de la alianza entre China y Corea del Norte. Sin embargo, detrás de las ceremonias, las declaraciones conjuntas y las fotografías oficiales se esconde una pregunta más interesante: ¿por qué Xi sintió la necesidad de viajar ahora?
La respuesta no se encuentra en la península coreana, sino a más de siete mil kilómetros de distancia, en los campos de batalla de Ucrania.
Desde el fin de la Guerra Fría, China se consolidó como el principal sostén externo de Corea del Norte. Beijing se transformó en su principal socio comercial, en su mayor fuente de apoyo económico y en el actor diplomático con mayor capacidad para influir sobre las decisiones de Pyongyang. Y a pesar de las tensiones periódicas provocadas por los ensayos nucleares y lanzamientos de misiles norcoreanos, la relación bilateral descansaba sobre una lógica estratégica relativamente estable.
Para China, Corea del Norte ha sido mucho más que un aliado ideológico. Ha funcionado como una “zona de amortiguamiento” (buffer zone) entre territorio chino y las fuerzas estadounidenses desplegadas en Corea del Sur, ha contribuido a evitar la aparición de una Corea unificada y alineada con Washington en la frontera del río Yalu, y ha proporcionado a Beijing una profundidad estratégica que sigue siendo considerada esencial por los planificadores chinos.
Durante años, esa posición pareció incuestionable, pero la guerra en Ucrania comenzó a modificar gradualmente el panorama, porque la invasión rusa de febrero de 2022 desencadenó una transformación geopolítica cuyos efectos se han extendido mucho más allá de Europa. ¿La razón? Porque a medida que el conflicto se prolongó y Moscú enfrentó crecientes necesidades de municiones, proyectiles de artillería, misiles y otros sistemas de armas, Corea del Norte pasó de ser un actor periférico a convertirse en un socio cada vez más relevante para el esfuerzo bélico ruso.
Lo que inicialmente parecía una cooperación limitada evolucionó hacia una relación estratégica mucho más profunda. Rusia encontró en Pyongyang una fuente de suministros militares en momentos de intensa presión sobre su industria de defensa, mientras que Corea del Norte obtuvo algo igualmente valioso: acceso a tecnología, cooperación militar, respaldo diplomático y una relación privilegiada con una potencia que sigue siendo miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y el resultado ha sido un fortalecimiento sin precedentes de los vínculos entre Moscú y Pyongyang.
El nuevo margen de Kim Jong-un
Para Kim Jong-un, esta nueva situación representa una oportunidad extraordinaria. Durante décadas, la dependencia económica y política respecto de China limitó considerablemente sus opciones estratégicas. Hoy, en cambio, Corea del Norte dispone de un margen de maniobra mucho mayor, porque una relación cada vez más estrecha con Rusia le permite diversificar apoyos, aumentar su capacidad de negociación y reducir parcialmente su dependencia de Beijing.
Y es precisamente ahí donde comienza la verdadera importancia de la visita de Xi Jinping. China no observa con inquietud la cooperación entre Rusia y Corea del Norte porque tema una ruptura de la relación bilateral con Pyongyang. Tampoco porque considere a Moscú un adversario estratégico. Por el contrario, la asociación sino-rusa sigue siendo uno de los pilares de la política exterior de Xi Jinping y uno de los principales factores de presión sobre el orden internacional liderado por Occidente. La preocupación de Beijing es más sutil.
Por primera vez en muchos años, Corea del Norte dispone de alternativas. Y por primera vez en mucho tiempo, Rusia posee una capacidad real para aumentar su influencia sobre un país que China considera parte fundamental de su entorno estratégico inmediato.
Desde esta perspectiva, el viaje de Xi puede interpretarse como una reafirmación de liderazgo. Un mensaje dirigido tanto a Kim Jong-un como al resto de la región. Beijing busca recordar que, pese al acercamiento entre Moscú y Pyongyang, Corea del Norte continúa ocupando un lugar central dentro de la arquitectura estratégica china.
Más que inaugurar una nueva etapa en las relaciones bilaterales, la visita parece orientada a consolidar una realidad que Beijing ya no puede dar por garantizada.
La preocupación de Beijing
La importancia de este episodio trasciende ampliamente a la península coreana. Durante los primeros años de la guerra en Ucrania, gran parte de la atención internacional se concentró en Europa, la OTAN y la confrontación entre Rusia y Occidente. Sin embargo, a medida que el conflicto se prolonga, comienzan a aparecer consecuencias indirectas que afectan a otras regiones del mundo.
Una de ellas es la consolidación de redes de cooperación cada vez más estrechas entre Rusia, Corea del Norte e Irán. Otra es la necesidad de China de administrar las nuevas dinámicas que emergen dentro del espacio euroasiático. Porque lo que observamos hoy, no es simplemente una coordinación entre países que comparten intereses frente a Occidente, sino también un proceso de reajuste de influencias y jerarquías entre los propios integrantes de ese bloque.
En ese contexto, la visita de Xi Jinping adquiere un significado especial. No representa únicamente un gesto de amistad hacia un viejo aliado. Constituye también una demostración de que incluso entre socios estratégicos la influencia debe ser permanentemente cultivada, protegida y reafirmada.
Cuatro años después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, el conflicto continúa transformando el sistema internacional de maneras inesperadas. Ha redefinido la seguridad europea, ha revitalizado a la OTAN, ha acelerado la cooperación entre Moscú, Teherán y Pyongyang y ha obligado a China a recalibrar algunas de sus prioridades estratégicas.
Por eso la imagen de Xi Jinping en Pyongyang posee una relevancia que va mucho más allá de la península coreana. Es la evidencia de que las ondas expansivas de la guerra siguen propagándose a través del sistema internacional. Y es también un recordatorio de que, en la geopolítica contemporánea, los efectos de un conflicto rara vez permanecen confinados al lugar donde comenzaron.
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