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Bitácora Robinson Crusoe: la comunidad oceánica que defiende su mar Juego Limpio El Mostrador

Bitácora Robinson Crusoe: la comunidad oceánica que defiende su mar

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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Una investigación desde Juan Fernández expone la preocupación por el retiro de la protección a un corredor biológico marino. Además, relata el arribo al archipiélago y el valor de una biodiversidad única resguardada por la comunidad pesquera.


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Han pasado varios días desde que desembarqué en la isla Robinson Crusoe. Ahora mismo llueve con gran intensidad, como si el cielo se fuera a caer de golpe o, al menos, el techo del hostal de donde me estoy quedando. Hace apenas cinco minutos, sin embargo, estaba parcialmente despejado. Rayos de sol iluminaban el verdor del Yunque, el monte más alto de la isla, y la mitad del cielo estaba decorado por nubarrones grises entre un azul muy vivo; tal vez el más vivo que he visto.

Así es la isla, me dicen. “Puede llover, salir el sol, llover y salir el sol nuevamente, todo en un mismo día”.

Antes de entrar en los detalles de la isla principal del archipiélago, que fue descubierta por el navegante español Juan Fernández en 1574, conviene regresar al punto en que habíamos quedado:

…tras 54 horas de navegación a abordo del buque de carga Antonio llegamos a la isla. Pero no pudimos desembarcar. Para capear las marejadas que trajo el frente de mal tiempo que acabábamos de atravesar en el alta mar -el mismo que días más tarde azotara con fuerza el centro norte y sur del continente- debimos guarecernos en el sector de Tierras Blancas, donde la nave podía protegerse de los vientos.

Fue en este sector, que está atrás de la bahía de Cumberland, donde se levanta el pueblo San Juan Bautista, en el que en septiembre de 2011capotó el Casa 212 de la Fuerza Aérea de Chile.

Después de varios días de náuseas por el movimiento incesante del barco, sentir que dejara de moverse fue un gran alivio. Antes de que despuntara el sol, un pescador artesanal que viajaba conmigo me instó a subir a cubierta. Afuera podían verse ya las siluetas del archipiélago: la isla Robinson Crusoe y Santa Clara.

Lo que más impresionó fue el recibimiento.

El foco de luz de la popa iluminaba el mar y, bajo él, podían verse cientos de peces atraídos por la claridad. Parecían ansiosos y despreocupados. Perseguían a unos pequeñitos peces voladores que saltaban sobre el agua, y con ese frenesí se cruzaban entre ellos a distintas profundidades. La transparencia de las aguas me permitía ver con una nitidez sorprendente. Había llegado a Juan Fernández.

Esa bienvenida comenzó, desde el primer día, a darle sentido al propósito del viaje: conocer una biodiversidad cuya tasa de endemismo supera el 65 % de las especies marinas y comprender las razones del compromiso de sus habitantes —fundamentalmente pescadores artesanales— por proteger el corredor biológico único que une los parques marinos que van desde las islas Desventuradas, por el norte, hasta Robinson Crusoe, por el sur.

Un corredor que hoy corre peligro, porque el decreto supremo que le dio protección a esta área marina que conecta ambos parques y sus montes submarinos, fue retirado desde Contraloría por el gobierno de José Antonio Kast, sin ninguna explicación pública ni criterio científico.

Los pescadores temen que responda a por presiones de la pesca industrial y la flota bacaladera. Razones para sospechar no les faltan. Alberto Vergara, pescador artesanal de la langosta, y a quien seguiremos durante esta historia, me lanza de entrada un recuerdo que mantiene muy fresco.

“Antes que la comunidad lograra que se protegiera la primera área marina, la pesca industrial de arrastre arrasaba con todo el fondo marino, capturando todo lo que hubiera en la columna de agua. Y lo que no le servía, los votaban al mar. Eran cientos sino miles de pescados flotando muertos en el océanoNo queremos que esa historia vuelva a repetirse”.

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