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Pablo Manríquez, alcalde de Juan Fernández: “Todavía no tenemos equidad territorial” PAÍS

Pablo Manríquez, alcalde de Juan Fernández: “Todavía no tenemos equidad territorial”

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Héctor Cossio López
Por : Héctor Cossio López Editor General de El Mostrador
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A 800 kilómetros del continente, Juan Fernández aún espera completar su reconstrucción y carece de servicios básicos. Pero su alcalde reivindica el arraigo y una cultura de conservación de 150 años: “Prefiero estar mil veces acá que ir al continente”


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A más de 800 kilómetros del continente, Juan Fernández convive con una realidad tan dura como persistente. A más de 16 años del tsunami de 2010, cerca de la mitad de la reconstrucción sigue pendiente; el 100% de la población carece de agua potabilizada y alcantarillado, y hasta el consultorio funciona bajo esas condiciones. Una emergencia médica puede exigir un traslado en bote, luego en camioneta y finalmente en un avión pequeño, siempre que el clima lo permita. “Hoy Juan Fernández es el territorio más aislado de Chile después de la Antártica”, resume su alcalde, Pablo Manríquez.

Ese aislamiento también encarece cada obra y condiciona la vida cotidiana. Levantar un colegio para 187 alumnos puede costar lo mismo que construir un liceo para 2.000 estudiantes, porque entre el 50% y el 60% del presupuesto se destina al traslado de materiales. El buque de abastecimiento que debería llegar dos veces al mes, a veces lo hace solo una, y la comuna ha enfrentado periodos de hasta seis meses sin vuelos comerciales. Detrás de cada avance —una escuela, una calle, una micro o una conexión aérea— hay años de gestiones para convencer a un Estado cuya lógica sigue pensada desde el continente.

Pero el relato de Manríquez -quien está en su segundo periodo como alcalde- no se reduce al abandono. También está atravesado por el orgullo de vivir en un territorio de una belleza natural excepcional y por una identidad construida en torno al cuidado de sus recursos.

Desde hace unos 150 años, explica, los isleños entendieron que proteger la langosta y el mar era también una forma de asegurar la supervivencia de la comunidad, porque de esos recursos dependían la llegada de embarcaciones, el abastecimiento y la economía local. Esa cultura de conservación sigue viva en las áreas marinas protegidas y en la defensa del archipiélago como reserva de la biosfera. “Prefiero estar mil veces acá que ir al continente”, afirma el alcalde, en una frase que resume el arraigo de un pueblo que exige mejores condiciones sin renunciar a su forma de vida.

—A más de 16 años del tsunami de 2010 y ya en su segundo periodo como alcalde, Juan Fernández mantiene pendiente cerca de la mitad de su reconstrucción. ¿Por qué el proceso ha avanzado con tanta lentitud y cuáles han sido los principales obstáculos para concretar obras esenciales, como el colegio y la infraestructura municipal?

El principal desafío que hemos abordado como administración municipal durante estos dos periodos que llevo como alcalde de Juan Fernández ha sido la reconstrucción. Uno podría preguntarse por qué en 2021 todavía seguíamos hablando de reconstrucción, si el tsunami ocurrió en 2010. La respuesta es que construir en Juan Fernández es muy difícil. La logística es extremadamente compleja y resulta difícil justificar grandes inversiones para un territorio de apenas 1.100 habitantes dentro de una política pública centralizada.

Uno de los mejores ejemplos es el colegio. ¿Cómo construyes un establecimiento en Juan Fernández para apenas 187 alumnos y 30 profesores y asistentes de la educación? Es complejo. La política centralista del país hace que este tipo de proyectos no se justifique fácilmente. Por eso tuvimos que golpear muchas puertas y priorizar la construcción del colegio. De otra manera, tampoco habríamos podido avanzar posteriormente con el gimnasio, la municipalidad, la biblioteca y otras obras.

Hasta hoy, solo se ha reconstruido alrededor del 50% de lo que se perdió. Lo primero fueron las viviendas de las personas afectadas y víctimas del tsunami, porque era lo más urgente. La recuperación económica también fue abordada por Desafío Levantemos Chile y, específicamente, por Felipe Cubillos, una persona muy querida por nuestra comunidad debido a lo que representó y al legado que dejó tras el accidente de 2011.

Después llegó el momento de preocuparnos de los niños, de la educación y del único colegio de la comuna. Golpear todas esas puertas permitió que existiera la voluntad del entonces Presidente Gabriel Boric, de sus ministros y también un trabajo colaborativo, con representantes de todos los sectores políticos en la Cámara de Diputados y el Senado.

Fue difícil alcanzar un consenso. Uno podría preguntarse cómo puede ser tan difícil ponerse de acuerdo para construir un colegio, pero estamos hablando de una inversión superior a los $20 mil millones.

—Usted señala que entre el 50% y el 60% del costo de una obra puede corresponder únicamente al traslado de materiales. ¿En qué medida la falta de un muelle adecuado y la aplicación de estándares diseñados para el continente encarecen proyectos como la construcción del nuevo colegio

—La logística incide muchísimo. En cualquier construcción, independientemente de su envergadura, entre el 50% y el 60% del costo puede corresponder solamente al traslado de los materiales. Nosotros no tenemos un gran muelle, como el puerto de Valparaíso. Contamos con una muy buena bahía, pero no existe la capacidad logística, las grúas ni un muelle que permita recibir buques de gran envergadura. Por eso, todo traslado encarece mucho más las obras.

Además, la política nacional exige construir un colegio de acuerdo con la misma metodología utilizada en el continente, lo que eleva todavía más los costos. Finalmente, construir este establecimiento termina costando lo mismo que levantar un liceo para 2.000 alumnos. Nadie iba a aprobar eso. Por eso fue necesario establecer un régimen especial, mediante una fórmula público-privada, para comenzar las licitaciones, contratar posteriormente a una empresa y construir el establecimiento.

Esa fórmula fue diseñada para Juan Fernández y creo que nos entrega una pauta respecto de cómo avanzar con el resto de la reconstrucción. Esta ha sido nuestra obra principal, aunque ni siquiera se trata de una infraestructura municipal, porque actualmente el colegio está desmunicipalizado. Pero aquí todos tenemos alguna relación con ese establecimiento. Mis hijos estudian ahí, también mis primos y sobrinos, y los compañeros de trabajo tienen a sus hijos en el colegio. Era fundamental solucionar el problema. Los estudiantes estaban hacinados en un colegio de contenedores, sin patio, con humedad y malos olores. No era razonable que continuaran en esas condiciones.

—Cuando asumió su primer periodo como alcalde afirmó que Juan Fernández estaba abandonado por el Estado. ¿Cómo se explica que una comuna ubicada a 800 kilómetros del continente todavía no cuente con agua potable ni alcantarillado, incluso en su centro de salud?

—Efectivamente, lo señalé en mi primera entrevista, que fue con El Mercurio de Valparaíso. Era impresentable que nuestros niños no tuvieran ni siquiera un lugar donde practicar deporte, considerando que, proporcionalmente, Juan Fernández es la comuna de la Región de Valparaíso donde más actividad deportiva se realiza. Aquí no hay centros comerciales ni teatros. La gente practica deporte: juega fútbol y vóleibol, nada, hace trekking o sale a trotar. Eso es parte de la vida de nuestra comunidad.

En ese sentido, estábamos abandonados por el Estado. Sin embargo, tampoco se puede ser completamente castigador, porque tenemos subvencionado el transporte de nuestro abastecimiento, lo que ha sido fundamental para vivir aquí. Sin ese apoyo, los precios estarían por las nubes. Pero también hemos sufrido abandono en materias básicas. Por ejemplo, no tenemos agua potable. Juan Fernández es la única comuna de Chile donde el 100% de su población no cuenta con agua potabilizada. Tampoco tenemos alcantarillado.

Alguien podría decir que existen otros poblados de mil habitantes sin agua potable ni alcantarillado. La diferencia es que nosotros estamos a 800 kilómetros de distancia, mar adentro. Ni siquiera el consultorio tiene agua potabilizada. Y esperamos que no nos lo cierren por eso, porque el centro de salud más cercano está a 800 kilómetros.

—Ese aislamiento adquiere una dimensión crítica durante las emergencias médicas: los pacientes deben ser trasladados por mar y tierra hasta un aeródromo que solo recibe aviones pequeños. ¿Qué riesgos enfrenta actualmente la comunidad y qué avances se han logrado para mejorar las evacuaciones?

El aislamiento se vuelve especialmente evidente durante una emergencia médica. Para trasladar a un enfermo hay que llevarlo en bote hasta el otro lado de la isla, subirlo en camilla a una camioneta 4x4, trasladarlo hasta el aeródromo y después subirlo a un avión pequeño. Nuestro aeródromo solo puede recibir aeronaves de hasta 15 pasajeros.  Una de las peticiones que trabajamos entre 2021 y 2022 fue la iluminación de la pista aérea. Antes, si una persona se enfermaba durante la noche, debía esperar hasta la mañana siguiente para ser evacuada, siempre que las condiciones meteorológicas fueran favorables.

Actualmente, en medio de los temporales que han afectado al continente y a Juan Fernández, si tuviéramos una emergencia, con suerte podría llegar un helicóptero Super Puma de la Armada. Otra alternativa sería un buque de la Armada, con capacidad para 18 pasajeros, que demoraría unas 18 horas.

Hoy Juan Fernández es el territorio más aislado de Chile después de la Antártica.

—Desde hace casi dos siglos, el abastecimiento de Juan Fernández depende de embarcaciones provenientes del continente. Hoy el buque contratado debería llegar dos veces al mes, pero a veces lo hace solo una vez. ¿Cómo se organiza la comunidad frente a esa incertidumbre y qué relación existe entre el aislamiento y la histórica vocación conservacionista de los isleños?

—Mi abuelo y mi madre me contaban que antiguamente llegaba un buque cada seis meses. Las personas debían acostumbrarse a vivir con lo que llegaba y conservarlo durante ese periodo. Después la frecuencia aumentó: cada cuatro meses, luego cada tres meses y así sucesivamente, a medida que hubo más recursos.

La mayoría de los buques venía a buscar langosta y aprovechaba de traer abastecimiento. Si no existía ese recurso, tampoco llegaban los barcos. Eso explica una característica importante del fernandeciano: ha aprendido a manejar el aislamiento y, al mismo tiempo, a conservar sus recursos. La comunidad sabe que, si cuida un recurso, también podrá sobrevivir. No se trata solamente de vivir de su extracción, sino de que ese recurso atraía a los barcos que traían alimentos y permitía generar ingresos.

Actualmente tenemos un buque de abastecimiento que, por contrato, debería venir dos veces al mes, pero con suerte llega una vez. Esto se debe a las condiciones climáticas y también a que el servicio no siempre es bueno. La embarcación tiene capacidad para apenas 12 pasajeros y existen limitaciones para transportar carga general, materiales de construcción o artículos para el hogar.

Sin embargo, permite traer alimentos congelados y productos de abastecimiento, y agradecemos que el Estado mantenga ese servicio.

—La llegada de la primera micro fue celebrada como un avance histórico. ¿Puede hablarse de equidad territorial cuando cada mejora básica requiere años de gestiones extraordinarias?

—El nivel de aislamiento es tal que, sí, celebramos mucho la llegada del primer transporte público terrestre a Juan Fernández: una micro (del tipo transporte escolar). Cuando comenzamos las gestiones con el Ministerio de Transportes, hace dos años, algunos vecinos nos preguntaban para qué necesitábamos una micro. Yo les respondía que era necesario contar con transporte público local, especialmente para los adultos mayores que viven en las zonas más altas de los cerros.

Juan Fernández tiene casas en las laderas, llueve prácticamente como en Puerto Montt y hay mucho barro. Nuestras calles no están pavimentadas. Tampoco tenemos áridos, arena ni gravilla, por lo que todo debe transportarse desde el continente para poder pavimentar. El Estado se ha ido haciendo presente poco a poco, pero cuesta muchísimo. Desde el continente alguien podría decir que nos están regalando todo, pero detrás de cada avance hay años de gestiones, de hacernos notar y de exigir que Juan Fernández no sea considerado el patio trasero del país.

Con todo respeto hacia nuestros hermanos de Rapa Nui, Juan Fernández también necesita apoyo. El terremoto y tsunami de 2010 dejaron una cicatriz profunda: perdimos entre el 50% y el 60% del poblado y fuimos el lugar más afectado, proporcionalmente, por el número de fallecidos. Lo único que pedimos es completar la reconstrucción y poder vivir de manera sostenible. Si nos entregan los recursos necesarios, podremos alcanzar la equidad territorial que buscamos. Hoy todavía no la tenemos.

—Juan Fernández cumple una función estratégica de soberanía oceánica, pero ha enfrentado periodos de hasta seis meses sin vuelos comerciales. ¿Cómo afecta esa desconexión a la pesca, el turismo selectivo, el empleo y la sostenibilidad económica del archipiélago?

Llevamos tres años teniendo periodos de hasta seis meses sin vuelos comerciales. Imagínese si algo así ocurriera en Rapa Nui, Punta Arenas o Puerto Natales, para quienes quieren visitar Torres del Paine. Sería una noticia mundial.

Nosotros no estamos pidiendo turismo masivo. Queremos un turismo selectivo y, al menos, uno o dos vuelos mensuales con capacidad para ocho pasajeros. Eso permitiría que la economía de Juan Fernández comenzara a funcionar durante una temporada que, naturalmente, es muy lenta. Actualmente tenemos buena pesca. Estamos en veda de la langosta, pero los pescadores capturan vidriola, breca y pulpo. Los operadores turísticos esperan el inicio de la temporada, porque durante el invierno no tienen actividad.

Quienes están sin trabajo han podido emplearse en servicios menores, pequeñas construcciones o en las obras del colegio, que han absorbido mano de obra que antes no estaba considerada. Eso me deja tranquilo porque permitió pasar este invierno de mejor manera.

Pero no podemos esperar que el próximo invierno, por cuarto año consecutivo, vuelva a ocurrir lo mismo. Por eso emplazo a las autoridades centrales a que nos ayuden a no permanecer desconectados del continente. De una u otra forma, necesitamos esa conexión.

—Pese a la falta de conectividad, servicios básicos y oportunidades laborales durante el invierno, usted afirma que prefiere “mil veces” vivir en Juan Fernández. ¿Qué explica ese arraigo y cuánto pesa la identidad isleña frente a las dificultades cotidianas?

Prefiero estar mil veces acá que ir al continente. Por supuesto, tengo que viajar y hay momentos en que no queda otra alternativa. A veces también les digo a los concejales que viajen y ayuden con las gestiones. Sé que no necesariamente es su función, pero, como alcalde, hay que estar presente. Si uno no está ahí, es difícil conseguir avances. Ahora la conciencia de conservación, de sustentabilidad, es parte de nuestra cultura, de nuestra identidad.  Nació, en principio, como una forma de supervivencia de los propios isleños. Si no cuidaban la langosta, dejaban de llegar las embarcaciones, el abastecimiento y otros productos. Así funcionó durante los últimos 150 años.

Hoy, ese legado cultural sigo muy vivo, muy arraigado, en cada cosa que hacemos en la isla, en nuestros pescadores artesanales. Por eso protegemos nuestros recursos, nuestras áreas marinas protegidas y el conjunto de nuestras islas que son patrimonio de la humanidad.

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