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Aysén, abierta al futuro

Aysén, abierta al futuro

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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Aysén defiende una forma de vida marcada por el arraigo, la autonomía y el respeto por la naturaleza. Frente al centralismo y las grandes intervenciones, la región apuesta por un desarrollo propio, con el turismo sustentable como principal esperanza.


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Si todos fuéramos como los ayseninos, tan apegados a su tierra y a su modo de vivir, estaríamos en otro Chile. Tomando mate, hablando más pausado, en una vida de otro sabor.

Como son pocos habitantes, aislados, y el Estado chileno ha tenido una presencia débil y lenta, se acostumbraron a depender de sí mismos. En caso de emergencia, solo podían recurrir a uno o dos vecinos. Nadie más.

En muchas regiones, el que no emigra a la gran ciudad siente que no ha logrado nada importante. Aquí es al revés, triunfa el que permanece.

Son tenues las huellas de los indios que cruzaron desde las estepas orientales, y también las de los canoeros, habitantes  de un tiempo lejano, quienes exploraron y supieron habitar la fragmentada costa. Cada vez más, Aysén los recuerda, porque supieron permanecer y arraigarse; ellos demostraron que era posible superar los desafíos del clima y el aislamiento.

Mucho más cercana es la llegada de los colonos chilotes y europeos, hacia el 1900, los que comenzaron a marcar  presencias en la soledad del vasto paisaje, con sus cabañas y fogones. Entre los primeros estuvieron los balmacedistas derrotados, que aquí se refugiaron para salvar sus vidas.

Lejos de todo, los colonos se acostumbraron al comercio con lo más cercano, que resultó estar en Argentina: Chubut, Neuquén, Río Negro… No hay rivalidad entre los dos lados. Hay una vecindad que atraviesa la frontera, costumbres que cruzan a uno y otro lado, como el mate o el baile del chamamé. El acento local, al hablar, también es distinto al chileno del Valle Central.

Aisén fue parte del Territorio de Magallanes hasta 1928, año en que inicia su historia independiente, el último sector de la Patagonia en desarrollarse. Recién en 1937 evidencia el Estado de Chile su presencia, al construir el primer camino ripiado de Aisén continental. Desde entonces, aumentaron las carreteras y los aeródromos, el turismo de aventura y la pesca deportiva, el trekking y el turismo termal, la llegada de viajeros seducidos por la inesperada riqueza de bosques, lagos, ventisqueros, valles de montaña y fiordos.

¡Aysén no!

Tal vez por el mismo aislamiento, aquí se desconfía de las intervenciones ajenas, sean del Estado, o de privados.

En todo Chile importa la búsqueda de una modernidad apropiada, pero aquí es más intensa. Es tal la pureza de los paisajes, y son tan escasas las huellas humanas, que todo incita a cuidar este territorio tan deshabitado. Es uno de los últimos rincones remotos de la Tierra y es por ello que el turismo, aquí, se ha transformado en la principal esperanza para el futuro regional; el mundo quiere saber cómo era el mundo de antes.

Los visitantes se conmueven ante un territorio que permaneció por siglos al margen de la historia; así era el planeta antes de que la tecno-industria lo avasallara. Sus paisajes poderosos han movilizado en las últimas décadas al Estado chileno, y a privados como Douglas Tompkins, para transformar reservas forestales y valles completos en parques que ya suman más de un millón de hectáreas: Patagonia, Cerro Castillo, Melimoyu, Isla Magdalena, Queulat…

Así se potencia el ecoturismo como viga central de la economía local, favorecida por el prestigio mundial del nombre con que se identifica a todo ese sur que se extiende más allá de Puerto Montt: Patagonia.

Hay resentimiento con el gobierno central. Aunque se valora la vida lenta, provinciana –“El que se apura en la Patagonia, pierde su tiempo”-, se considera que hay aspectos importantes que, en sus ciudades –Coyhaique, Puerto Aysén- no debieran avanzar tan lento: salud, educación, transporte… Recuerdan que fue el Ejército, con su cultura geopolítica, el que unió esta región al resto del país, primero en la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo -cuyo nombre es el apellido de la región-, cuando se fundaron esas ciudades, y luego en la dictadura de Pinochet, con la construcción de la Carretera Austral. La sociedad chilena, el ciudadano común, no tenían conocimiento de este territorio. Los aiseninos celebraron estar conectados, pero hubo consecuencias.

El costo que se pagó fue altísimo, una de las catástrofes ambientales más agresivas de América del Sur, y es que el mismo Ibáñez, para poblar y controlar este territorio, incentivó el “desmonte” de la selva fría, lo que llevó a incendios gigantescos que destruyeron cerca de 3 millones de hectáreas.

Fue un doloroso ejemplo para el país de la necesidad de modelos de crecimientos diferenciados, para territorios tan dispares como el Altiplano, Atacama, Rapa Nui y la Patagonia.

Estar en otra

Aysén no quiere dejar de ser Aysén. Con una vida más lenta, menos orientada al consumo como distracción, con más espacios y tiempos para la vida familiar y entre amigos, en medio de su poderosa y bellísima geografía, posee una calidad de vida superior.

Están conscientes del privilegio de contar con una cordillera viva y sorprendente, la que no sigue la matriz lineal de más al norte; tiene fiordos y canales creadores de rincones prístinos, con ríos caudalosos como el Baker –el más caudaloso de Chile-, con lagos glaciares como el General Carrera, que se prolonga en Argentina -es el segundo más grande de Sudamérica-, un ícono turístico como la Laguna de San Rafael, y los mayores  reservorios de agua dulce de Sudamérica –los Campos de Hielo-, en un tiempo como el actual, de sequías y menos acuíferos.

La sociedad civil se organizó – más que en otras regiones- ante los desafíos del aislamiento, el frío, las lluvias, y ha sabido responder al sentirse amenazada por intervenciones a gran escala. Aunque pequeña –unos 100 mil habitantes, la menos poblada del país-, cuenta con un centro de educación superior, la Universidad de Aysén, cuyo primer Barómetro Regional –2025-, aspira a fortalecer la toma de decisiones públicas desde una perspectiva más territorial. En las encuestas del estudio, un 57% declaró que el centralismo ha aumentado y la mayoría opinó que la región está estancada. Esperan que el turismo, la ganadería, la agricultura y las energías renovables –en ese mismo orden- sean las palancas para avanzar hacia un futuro donde se viva, y trabaje, a su propia manera.

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